En la sección de Bucaramanga, Ayer y Hoy, desempolvamos la historia de la casa natal de Custodio García Rovira, un predio que se cae a pedazos por culpa de la desidia.

En la esquina de la carrera 9 con calle 35 aún resiste un pedazo de la memoria más profunda de Bucaramanga: la Casa Natal de Custodio García Rovira. Declarada Monumento Nacional y Bien de Interés Cultural, esta casona no es solo una estructura de bahareque y tejas vencidas. Es el último respiro físico que queda del hombre que, con su vida y pensamiento, ayudó a forjar la libertad de una patria que aún no terminaba de nacer.

Allí, en ese predio ahora deslucido por la desidia, nació y creció José Custodio García Rovira: el general, el estadista, el académico y el soñador. Fue presidente de las Provincias Unidas de la Nueva Granada en medio del fuego de la Independencia, cuando la Nación apenas se esbozaba entre discursos y batallas. Como él, también Santander ha dado a la historia republicana otros hombres notables: Aquileo Parra Gómez, presidente constitucional, y Manuel María Serrano Uribe, presidente encargado.

Pero de Custodio, solo queda esa casa. Y ni eso, porque cada día se le cae un pedazo más de sus muros. Su Casa Natal se ha convertido en un símbolo triste: símbolo de lo que fue y ya no es; de lo que debió ser y nunca fue.
Décadas han pasado entre anuncios “con bombos y platillos” y promesas que se desvanecen con los pasos de los gobernantes de turno.
Sí, cada tanto, algún alcalde aparece entre cámaras y micrófonos prometiendo su restauración, soñando en voz alta con un museo, un espacio pedagógico, un homenaje digno. Pero nada se concreta. La madera se pudre, los muros se caen, el tiempo se cuela por las grietas, y la ciudad sigue su marcha, indiferente.

Es como si Bucaramanga quisiera dejar a su pasado hundirse en el olvido. La casa, el único vestigio físico del prócer, sobrevive rodeada de concreto, ruido y tránsito, aislada por la carrera 9, como si el presente hubiera querido cortar de tajo cualquier vínculo con sus raíces.
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Antonio José Díaz Ardila, urbanista y estudioso del patrimonio, ha reiterado una y otra vez la urgencia de integrar la casa al corazón urbano, de pensarla como un nodo de identidad. Existen diagnósticos, propuestas, normas y sugerencias para involucrar tanto al sector público como al privado. Pero todo queda en informes empolvados, en gavetas cerradas o en buenas intenciones que no se transforman en acción.
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Expertos han pasado, estudios han sido escritos, diagnósticos formulados, noticias publicadas… y, sin embargo, su deterioro avanza como si nadie la viera morir.
Este es un llamado urgente a recuperar esa casa antes de que una nueva lluvia la desmorone por completo y, con ella, se pierda un fragmento vital de lo que fuimos.

Aún hay tiempo para salvar algo más que los restos. Tal vez Bucaramanga pueda volver a entrar, con dignidad y respeto, por la puerta vieja de la casa donde nació uno de sus más grandes hijos.
















