Algunos sostienen que el mejor homenaje póstumo que podría darle el futuro papa a Jorge Mario Bergoglio sería el de escoger el nombre de Francisco II para su pontificado. ¿Usted qué opina?

En una singular escena de la controvertida película Cónclave, que se cuela con sigilo en los pasillos del Vaticano, uno de los cardenales lanza una frase entre sonrisas y miradas cómplices: “Todo sacerdote, mucho antes de ordenarse, ya sabe qué nombre se pondría si llegara a ser Papa”. Y no se necesita de un libreto fílmico para pensar que eso podría ser cierto. Porque, en el fondo, ese nombre no es solo una fantasía clerical: es un anhelo, una declaración de intenciones, un espejo del alma.
Elegir un nombre papal no debe ser tarea menor para quien acepta el papado. Es, de hecho, el primer acto soberano del pontífice, el instante en que el hombre se reviste de historia, símbolo y mensaje. Detrás de cada Juan, Gregorio, Clemente o incluso el recientemente fallecido Francisco, hay un gesto deliberado: un tributo, una señal, un rumbo.
De los que yo recuerdo, con gran nostalgia, fue el que seleccionara en 1978 Karol Wojtyła, al decidir llamarse Juan Pablo II, rindiéndoles homenaje a sus tres antecesores: Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo I.

Este texto es una travesía por los nombres que han marcado la historia del papado. Algunos se han repetido como letanías -Juan, con su linaje de 23 herederos, encabeza la lista-, mientras otros brillaron una sola vez, como estrellas fugaces en el firmamento vaticano. Aunque, en ese aspecto, habría que decir que el mítico Pedro y nuestro recién desaparecido Francisco marcaron sus propias eras y estilos.
¿Qué dicen esos nombres del tiempo en que fueron escogidos? ¿Qué querían decir sus portadores? Y, quizás lo más intrigante: ¿qué nombre vendrá después del de Francisco, tras terminarse su pontificado?
No es que ya estemos eligiendo, pero entre humo blanco y quinielas de sotana, vale la pena especular. Después de todo, si hay algo más misterioso que el Espíritu Santo entrando en cónclave, es el nombre que saldrá de él.

Si el próximo sucesor de San Pedro quiere ir a lo seguro, podría desempolvar el clásico entre clásicos: Juan. Con 23 papas llevando ese nombre, desde Juan I hasta el llamado “papa bueno”, Juan XXIII, es básicamente el “José” de los papas: siempre queda bien, combina con todo y nadie se queja. ¿Será el momento de un Juan XXIV?
Ambos con 16 ediciones, Gregorio y Benedicto son como esos equipos de fútbol que siempre llegan a semifinales: potentes, tradicionales y con peso en la historia. Gregorio XVII suena a alguien que viene con vara dura y reformas medievales. Benedicto XVII, en cambio, evoca teología fina, latín bien pronunciado y, quizás, algún tuit en latín.
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Con 14 y 13 papas, respectivamente, Clemente suena a alguien que va a perdonar hasta al portero del infierno. Inocencio, por otro lado, podría tener un marketing complicado. Imagina el titular: “Inocencio XIV habla sobre escándalos en la Iglesia”. Bueno, mejor no. ¿O sí?
Concluyamos con los únicos de su especie: nombres de colección. Aquí entramos al territorio de los unicornios papales. Un solo uso, nombres como Simplicio, Hormisdas, Telésforo y Dono.
¿Se imagina un Papa Agatón II? Y ojo con Papa Sotero... o un Papa Hilario. En lo personal, no me imagino un papa con el nombre de Eutiquiano II, por su parecido a Euclides. Pero claro, después de un Papa que se llama Francisco, como aquel santo de la sencillez y los animales, tal vez lo más grande sería escoger un nombre cercano a la gente. Recordemos que hasta él rompió con la racha de nombres reciclados.
Desde su perspectiva y obviamente pensando ya en el próximo cónclave, ¿cómo le gustaría que se llamara el próximo papa? Me gustaría leer su comentario.

















