Conozca el trayecto que siguieron las estatuas que viajaron del mármol al barro y encontraron su lugar en Bucaramanga.

En medio del trajín diario de la Plaza Cívica Luis Carlos Galán, dos siluetas femeninas imponen su presencia silenciosa y se ven eternamente erguidas. Quienes transitan frente al Palacio de Justicia de Bucaramanga quizás no reparan en ellas, pero allí están, dignas, señoriales, sosteniendo con firmeza el peso de un entablamento que parece símbolo de la misma ley.
Son cariátides, hijas del arte y de la historia del país, guardianas de una memoria que se remonta mucho más allá de nuestra ciudad.
Estas esculturas de piedra no nacieron para la ‘Ciudad Bonita’. Fueron concebidas hacia finales de la década de 1930 por el maestro Félix María Otálora, un escultor boyacense formado en la Escuela Nacional de Bellas Artes.

Pero la historia les tenía preparado otro rumbo. El 9 de abril de 1948, la Bogotá de entonces fue sacudida por la violencia. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán desató un estallido social que redujo a cenizas gran parte del centro histórico de la capital. Entre los escombros, el Palacio de Justicia también cayó, y con él, las dos cariátides quedaron atrapadas bajo ruinas, barro y olvido.
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Por decisión estatal, el edificio fue demolido. La empresa encargada de esta tarea rescató las esculturas y las vendió en $5.000, cifra considerable en la época, a la firma Macón Limitada. Así fue como las antiguas damas de mármol pasaron a vivir entre ladrillos y barro, en una finca-chircal de Suba, al norte de Bogotá. Durante una década, nadie las miró con reverencia. Se oxidaban en medio de la maleza, entre obreros que amasaban tejas con los pies descalzos, rodeadas de polvo y silencio.

El tiempo pasó, y con él la empresa quebró. Fue entonces cuando apareció en la historia Alejandro Galvis Galvis, fundador de la entonces Vanguardia Liberal. Las adquirió por $ 900.000, cifra que hoy podría parecer simbólica, pero que selló el destino definitivo de las esculturas. A petición de su hijo, el reconocido empresario Alejandro Galvis Ramírez, las figuras no fueron incluidas en la venta del predio, sino que emprendieron un nuevo viaje, esta vez hacia el oriente colombiano.

Las cariátides llegaron a Bucaramanga en 1971 como viajeras de una era distinta, sobrevivientes de fuego y abandono. El patriarca Galvis Galvis contrató un planchón, las hizo restaurar y las instaló con orgullo en la antigua sede de Vanguardia Liberal, en la esquina de la calle 34 con carrera 13.
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El 17 de febrero de 1974, las estatuas volvieron a su pedestal, ahora como emblemas de un periódico regional que crecía con ímpetu. Allí, de pie y con espadas en mano, comenzaron una nueva etapa: guardianas de la palabra escrita, del oficio periodístico.
Una década después, en 1983, la historia les dio otro giro. A solicitud de la Academia de Historia de Santander y de algunas entidades oficiales, Galvis Ramírez —ya al frente del diario— accedió a ceder las esculturas en calidad de comodato. Con un gesto de desprendimiento, las entregó en 1995 para que fueran instaladas en el Palacio de Justicia de Bucaramanga, donde aún hoy custodian la entrada como si siempre hubieran pertenecido allí.

La arquitectura del nuevo edificio estuvo a cargo de Mario Pilonieta Pinilla, quien supo rendirles homenaje. Diseñó un pórtico clásico que les devolvió el aire de templo que alguna vez conocieron.
Y allí siguen, firmes y bellas, como si el mármol, el barro y el tiempo se hubieran fundido en ellas para contar, sin palabras, esta crónica de memoria y dignidad.

















