Recordar el ayer de Bucaramanga es valioso: en sus memorias la ciudad se reconoce, comprende su presente y encuentra razones para no olvidar su esencia; por eso evocamos la historia del ya extinto Café Centenario. ¡Acompáñenos a este nuevo viaje por el túnel del tiempo!

En la sección del recuerdo de Vanguardia, le volvemos a abrir la puerta a la memoria -esa que produce un nostálgico latido en el corazón cuando se le exige demasiado al tiempo- para sacar de allí un lugar que aún huele a café recién colado y a tardes interminables: el Centenario.

Estaba allí, en la calle 33, entre las carreras 18 y 19, como quien se resiste a irse, en el costado suroriente del Parque Centenario, acompañado por la elegancia del Teatro Santander. Pero decir dónde quedaba es quedarse corto porque el Café Centenario era como una casona de amigos, una costumbre arraigada y una bella manera de vivir la ciudad.
Porque hubo un tiempo -y quienes lo alcanzaron a conocer lo saben— en que Bucaramanga se entendía mejor desde una de sus mesas. Allí, el tintinear de las tazas marcaba el compás de la conversación; el golpe seco de los billares parecía anticipar decisiones importantes; y en la barbería, entre navajas y espejos, se reflejaba una ciudad que crecía sin afanes. El café no era un servicio: era el imán de todo, un refugio donde cada quien encontraba algo de sí mismo.

El historiador y arquitecto Antonio José Díaz recuerda que aquella casa de dos pisos, antes de ser café, fue el hogar de una familia de antaño. Tal vez por eso nunca dejó de sentirse así, pues entrar al Centenario era como llegar a una casa grande, siempre abierta, donde nadie resultaba del todo extraño.

Y si ese lugar tuvo alma, fue porque alguien supo soñarlo. Vicente Díaz Romero, venido de Barichara, le dio vida a ese punto de encuentro y de tertulia en una ciudad que empezaba a reconocerse moderna. Amante del deporte y de las grandes obras, impulsó escenarios como el Estadio Alfonso López -hoy Américo Montanini-, pero hay quienes sostienen que su obra más entrañable fue ese café donde la vida cotidiana se volvió memoria.

Entre las mesas del Centenario nació la música. No cualquier música: la que se queda prendida al alma. El compositor Roberto Castellanos le dedicó un pasillo, como intentando atrapar en notas lo que allí se respiraba. Y no fue el único: de sus rincones surgieron agrupaciones como la Orquesta Aída, porque el Centenario parecía tener vocación de escenario, incluso cuando nadie lo advertía.

También fue cuna de pasiones más terrenales. En alguna de sus mesas -seguramente de madera gastada, marcada por los años- comenzaron a tomar forma los sueños del Atlético Bucaramanga. Allí se reunieron sus primeros socios, allí se vendieron boletas, allí empezó a latir esa fe amarilla que aún hoy convoca multitudes.

Y, como un detalle que muchos evocan con una sonrisa, a mediados de los años cuarenta el Café Centenario se convirtió, casi sin proponérselo, en la cafetería de los estudiantes de la Universidad Industrial de Santander. Jóvenes con libros bajo el brazo y el futuro en la mirada ocuparon sus mesas, mezclando discusiones académicas con sueños de país. Fue apenas un capítulo más, pero uno de esos que terminaron por darle al lugar un aire aún más entrañable.
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Pero ni siquiera los sitios más queridos logran escapar al paso del tiempo. A finales de los años noventa, el Café Centenario empezó a desdibujarse. Erwin Escobar, que lo vivió desde adentro, recordaba cómo la vida se le iba yendo de a poco, entre el deterioro y decisiones que nunca lograron sostener lo que allí había sido grande. Afuera, el parque también envejecía, como si ambos compartieran el mismo destino.

El edificio quedó, sí, pero transformado. Durante la administración del entonces alcalde Fernando Vargas Mendoza se pensó en recuperar la zona y, más tarde, en el gobierno del ya desaparecido Rodolfo Hernández, se proyectó integrar el lote como anexo del Teatro Santander. Bajo la gestión de la Fundación Teatro Santander y con el apoyo de la Empresa Electrificadora de Santander, sus espacios se adaptaron a nuevas necesidades: camerinos, salas de ensayo, escuela de artistas y áreas dedicadas a las artes escénicas.

Del Café, sin embargo, solo quedó el aroma del ayer: el de la tertulia, el de la historia compartida. Porque hay lugares que no desaparecen del todo, aunque ya no existan. Permanecen en la memoria como una luz tibia, como una conversación que nunca terminó. Y el Café Centenario es uno de ellos: un sitio donde Bucaramanga fue, quizá sin saberlo, más suya que nunca.

Quien se sentó allí alguna vez todavía lo busca en el recuerdo. Y quien no, siente que algo le falta, como si hubiera llegado tarde a una historia hermosa. El Café Centenario se fue. Pero hay tardes -y días como hoy, cuando Vanguardia lo recuerda- en que parece regresar.
















