Recordemos la época en la que la capital santandereana estrenó su primer edificio comercial. Esa es la nueva historia de la sección de Bucaramanga, ayer y hoy. Veamos:

En la esquina donde la calle 35 se cruza con la carrera 12 de la capital santandereana, al lado del busto de Luis Carlos Galán Sarmiento, una fachada blanca y ventanas, color verde pino, han visto pasar más de un siglo de historias, amores y firmas solemnes.
#Bucaramanga | 🏠⏳ LA ESQUINA QUE RESISTE EL PASO DEL TIEMPO
— Vanguardia (@vanguardiacom) August 15, 2025
En la sección del recuerdo, nuestro periodista Euclides Kilô Ardila (@KiloArdila) evoca esa edificación de la esquina donde la calle 35 se cruza con la carrera 12 y deja ver una fachada blanca y ventanas, color verde… pic.twitter.com/2hcULJKAlq
Hoy, un letrero enorme anuncia sin rodeos que allí funciona la Notaría Séptima. Desde la Plaza Cívica se distingue con claridad, pero pocos transeúntes imaginan que esas paredes, erguidas hace muchos años, en junio de 1891, fueron testigo de una Bucaramanga que apenas dejaba de ser pueblo para volverse ciudad.
Fue el orgullo de un danés, Christian Peter Clausen, quien llegó atraído por el rumor de la quina, el árbol medicinal que prometía fortuna. La encontró, y no solo en la corteza de ese árbol: supo que el comercio era su verdadera veta de oro.

Fundó entonces la Ferretería C.P. Clausen, un negocio que importaba materiales desconocidos para la época y que se convirtió en el primer edificio comercial levantado en la ciudad con ese propósito. Nada de casas adaptadas: era un templo del comercio, construido desde sus cimientos para vender.
Los historiadores lo dijeron y lo sostienen aún: “Fue el mejor edificio de Bucaramanga de la época”. Su interior tenía pisos y enlosados hechos con cemento europeo, un lujo insólito para ese entonces. Las puertas de hierro, que aún sobreviven, se ocultan dentro de las paredes al abrirse, como si no quisieran interrumpir la conversación de la fachada blanca y el cielo. Arriba, tres pararrayos coronaban la estructura, un detalle tan moderno que en 1891 parecía cosa de otro mundo.
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El inmueble, que alguna vez albergó cajas y herramientas de ferretería, terminó por diversificar su historia. Allí se vendió cerveza de etiqueta propia -Clausen, Pilsen, Sol y hasta una llamada Chivo- antes de que la planta pasara a manos de Bavaria en 1958.
También hubo un café y, con el tiempo, la notaría que hoy ocupa el lugar. Desde afuera, la división entre negocios es invisible: la fachada, fiel a sí misma, se ha negado a envejecer con prisa.
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Entre los años 30 y 40, la ciudad vivió un aluvión de migrantes europeos, y Clausen, ya un comerciante establecido, se convirtió en referente. Su ferretería no solo era un negocio; era un punto de encuentro. Ubicada a pocos pasos del Parque Custodio García Rovira, atraía a los bumangueses que salían de misa, de tertulia o de paseo dominical.
La estructura, hecha en tapia pisada, con vigas de madera y techos de teja de barro, tiene dos volúmenes: el de la notaría, con cubierta a cuatro aguas para que la lluvia resbale con elegancia, y el del Café San Mateo, más bajo, con techo a dos aguas que dibuja un triángulo contra el cielo.
Escaleras de madera y concreto aún conectan los pisos; en ellas el crujido bajo los pies parece repetir los pasos de quienes, hace más de un siglo, subían a buscar clavos, cerraduras o una pieza importada para su casa.

En 1982, el Consejo de Monumentos Nacionales lo declaró Bien de Interés Cultural de la Nación. No era para menos. El Clausen, que vio pasar el siglo XIX al XX y ahora observa cómo avanza el XXI, sigue siendo un testigo de primera fila.

Hoy, mientras unos se casan y otros se divorcian, mientras alguien certifica un documento y otro espera que le autentiquen una firma, la historia del edificio murmura desde las paredes. Por fortuna, en la actualidad el predio vive un proceso de remodelación para preservarlo, mientras allí funciona la Notaría que lidera Héctor Elías Arias Velasco.
Tal vez no todos los que entran a este edificio lo noten, pero entre papeles y sellos, el espíritu de Christian Peter Clausen aún vigila, orgulloso, el legado que dejó en la esquina más europea que tuvo Bucaramanga.

















