El Mercado del Buen Vivir, que desde hace 15 años reúne cada quince días a campesinos y vecinos en la Comuna 5 de Bucaramanga, ha sido más que una plaza de ventas, se ha convertido en una comunidad de confianza donde los alimentos cuentan historias de esfuerzo, memoria y resistencia, y donde la solidaridad y el cuidado de la tierra se comparten.
La algarabía de las ventas, las sonrisas y los abrazos fueron los mejores testimonios del éxito del ‘Mercado del Buen Vivir’ que se cumplió en la Comuna 5. Allí, labriegos y vecinos del barrio La Joya volvieron a encontrarse en un sencillo, pero profundo diálogo entre campo y ciudad, donde el alimento fue puente, palabra y abrazo.
No fue un domingo cualquiera. Desde hace quince años, cada quince días, campesinos de los tres corregimientos de Bucaramanga llegan con sus canastos repletos de vida: piñas doradas, moras recién cortadas, huevos criollos, yuca, plátano, coco y mucho más. Cada producto no solo alimenta el cuerpo, también cuenta historias de madrugadas, de manos curtidas y de familias que han decidido apostarle a la agroecología como estilo de vida.
Claudia Ximena Roa recordó que este proceso nació como un festival de expresiones rurales y urbanas, algo parecido a un bazar, donde los campesinos empezaron a vender sus productos en el barrio. “Hoy ya no es solo un mercado, es un espacio de encuentro y de confianza”, dijo.
Doña Marta llega con sus arracachas frescas; don Elkin baja de la vereda con naranjas al hombro de su mula; y los jóvenes, que ya son ya parte del ‘mercado’, también aportan sus semillas.
La jornada de ayer dejó un protagonista especial: el ‘chachafruto’, al que muchos le atribuyen poderes medicinales y que se sirvió en jugo, sorprendiendo a más de un vecino curioso.
Martha Isabel Arciniegas, quien llegó desde La Corcova, trajo papas, coliflor, moras orgánicas y recordó que cada semilla lleva memoria de resistencia.
En estos 15 años, el ‘Mercado del Buen Vivir’ ha sido mucho más que un espacio de compra y venta. Ha sido una escuela sin pizarras, una comunidad sin fronteras y un puente de saberes.
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Los niños del barrio crecieron viendo cómo el campo se volvía cercano, y cómo los labriegos compartían recetas antiguas, secretos de plantas medicinales y consejos para cuidar la tierra.
Ayer, alrededor de la Parroquia del Inmaculado Corazón de María, se tejió una vez más la certeza de que la solidaridad es semilla fértil. En este diálogo de campesinos y citadinos, quedó claro que otra forma de relacionarse con la tierra es posible.
Y mientras los canastos se levantaban repletos de frutas y verduras frescas, de jugos y bebidas naturales, también se alzaba la esperanza: la de un futuro compartido entre barrio y vereda, limpio y justo, que sabe a cosecha y a confianza.
















