Cuando la historia rodó por Bucaramanga: la leyenda del Oldsmobile Curved Dash.

El rugido de los motores antiguos volvió a tomar la carrera 27 de la capital santandereana, en la edición número 17 del ya tradicional Desfile de Carros Clásicos y Antiguos. Pero entre las más de 210 ‘joyas rodantes’ que desfilaron, hubo una que se robó todas las miradas: el Oldsmobile Curved Dash, considerado el carro más viejo que existe en Colombia. Llegó desde Pereira, cargado de historia, para recordarnos que la pasión por los autos no conoce fronteras ni tiempos.

Con su silueta menuda y sus líneas curvas, este modelo de 1903 evoca la época en que Estados Unidos empezaba a descubrir la magia del automóvil. En aquellos años, más de 900.000 familias preferían calesas y carruajes; apenas 4.000 se atrevieron a comprar este innovador coche que con el tiempo se convirtió en un símbolo de perseverancia.
El Curved Dash sobrevivió al incendio de 1901 que consumió la fábrica Olds Motor Works en Detroit, un episodio que pudo borrar su historia para siempre.

Ayer, en Bucaramanga, ese pedazo de memoria rodante no pasó desapercibido. “Verlo aquí es como viajar en el tiempo”, comentó emocionada Josefina Gutiérrez, una de las espectadoras que no pudo resistirse a sacarle fotos desde todos los ángulos.
Y no era para menos: su estructura simple, con su singular bocina y un diseño abierto, parecía un puente entre los carruajes tirados por caballos y los automóviles que conquistarían el siglo XX.
El responsable de traer esta joya es Jorge de la Cruz, un pereirano apasionado de los carros y coleccionista, quien llegó vestido a la usanza de la época, acompañado por su inseparable pareja, Liliana Noguera, y por Canny II, su mascota y cómplice en cada viaje.
“Este carro es mi orgullo. No solo por su valor histórico, sino porque me recuerda que cada máquina cuenta una historia de lucha y sueños”, dijo Jorge de la Cruz, con voz entrecortada, mientras el público aplaudía a su paso.
El Curved Dash desfiló lento, pero majestuoso. A su alrededor, otros vehículos deslumbraban: camionetas Ford de 1928 y 1929, un imponente Cadillac de 1959 y elegantes convertibles europeos. Sin embargo, el Oldsmobile fue la sensación indiscutida. Su rareza y el impecable estado de conservación lo convirtieron en la pieza más comentada de la jornada.
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Los asistentes no ocultaron su asombro. “Uno puede ver muchos carros antiguos en revistas o en internet, pero tenerlo enfrente es otra cosa. Es como si estuviera vivo”, afirmó Julián Quintero, un joven estudiante de ingeniería mecánica que sueña con restaurar vehículos en el futuro. Ese entusiasmo juvenil se mezcló con la nostalgia de quienes recordaban haber oído hablar de esos modelos en las historias de sus abuelos.
El detalle meticuloso en la conservación del Oldsmobile fue otro punto de admiración. Cada tornillo, cada curva del tablero, parecía contar con el cuidado de un guardián del tiempo. Es extraño ver estos modelos circulando por las vías del país, y más en Bucaramanga. Por eso, su presencia fue celebrada como un privilegio para los amantes de los clásicos.
Este coche, considerado un pionero del automóvil moderno, suele exhibirse en las principales ferias del país, donde aficionados y expertos se acercan para descubrir sus secretos. Pero en esta ocasión, la capital santandereana tuvo el honor de ser escenario de su desfile.
La ciudad, acostumbrada al tráfico cotidiano, se rindió ante la majestuosidad de un vehículo que es más que un auto: es un testimonio vivo del inicio de la industria automotriz.
Al final del recorrido, Jorge de la Cruz se detuvo un momento para recibir aplausos y fotos. Con una sonrisa sincera, confesó que la mejor recompensa para tanto esfuerzo en la restauración y cuidado de estos vehículos es ver el brillo en los ojos de la gente. “La emoción del público es lo que mantiene viva esta pasión. Estos carros son parte de la historia, y compartirlos es un deber con las nuevas generaciones”, expresó.
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Así, el Curved Dash no solo desfiló por las calles de Bucaramanga: desfiló por la memoria de todos los que lo vieron. Fue una lección de historia sobre ruedas, un homenaje al ingenio humano y un recordatorio de que cada auto clásico es una cápsula del tiempo que merece ser admirada y celebrada.
Porque en el fondo, como lo dijo Harold González, un espectador amante de los clásicos: “Estos carros no son máquinas, son corazones que laten con otro ritmo”.
















