En las aulas, varios habitantes en situación de calle están descubriendo que siempre existe un nuevo comienzo. Entre cuadernos y palabras de ánimo encuentran la fuerza para reconstruir su dignidad y sus sueños.

“La calle no es el final, es el inicio del cambio”, dice Andrés mientras acomoda en su cuaderno las notas de la clase que está por comenzar.
Él habla con una mezcla de nervios y emoción: “Hoy vine a estudiar porque quiero recuperar mi vida. A veces uno cree que ya no hay salida, pero aquí estoy, aprendiendo otra vez a creer en mí”.

Sus palabras, sencillas y firmes, resumen lo que está pasando con él y con muchos otros que, después de años en la calle, empiezan una nueva historia.
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Todo hace parte de una iniciativa de la concejala de Bucaramanga, Daniela Torres Zárate, autora del Proyecto de Acuerdo # 065 de 2025, que plantea una verdadera transformación en la vida de estas personas.
“La calle no es el final, es el inicio del cambio”, es un lema que dejó de ser aspiración para convertirse en una realidad concreta: la creación de la primera estrategia municipal que garantiza inclusión laboral real y acompañamiento integral para personas que han vivido procesos de habitabilidad en calle y hoy se encuentran en ruta de recuperación”, dijo Torres Zárate.

Pero el verdadero paso transformador llegó después de la aprobación del acuerdo. Y es que, en alianza con la Universidad Autónoma de Bucaramanga, UNAB, nació el programa “Universidad para la Esperanza y la Transformación: La calle no es el final, es el inicio del cambio”, un proceso formativo sin precedentes en nuestro país. Es un espacio que no solo abre un salón de clases, sino también un verdadero horizonte.
20 alumnos, 20 nuevas vidas
Son ya 20 participantes quienes, con disciplina y una valentía admirable, asisten cada semana a formarse en reconstrucción personal, habilidades socioemocionales, derechos humanos, ciudadanía, educación financiera, solución creativa de problemas, emprendimiento, empleabilidad digna, mentorías y actividades de cocina comunitaria que fortalecen la confianza y el sentido de pertenencia.
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Allí, entre cuadernos, historias compartidas y nuevas metas, se van tejiendo redes de apoyo que sanan.
El propósito central es que cada participante diseñe su proyecto de vida o su proyecto productivo, y que al finalizar este camino reciba una certificación oficial de la UNAB en una ceremonia que, más que una graduación, será la celebración de un renacer.
“Impulsar este programa ha sido para mí un orgullo. Creo profundamente en que la calle no es el final, y que cuando articulamos academia, Estado y comunidad, sí podemos abrir oportunidades reales para que estas personas reconstruyan su vida con dignidad y autonomía”, afirmó la cabildante Torres Zárate.
Hoy, en este salón donde la esperanza tiene nombre, cuaderno y asiento asignado, comienza una nueva forma de estudiar: una que también enseña a volver a creer.
















