En conjunto, las diez iniciativas que hoy presentamos dibujan un panorama desalentador: Bucaramanga sigue atrapada en gestiones que gastan a manos llenas, prometen transformaciones y entregan ‘humo’.

Los diez proyectos públicos que aquí se presentan no solo fracasaron: dejaron ver improvisación, despilfarro y falta de responsabilidad que golpea el bolsillo de los bumangueses. Son iniciativas mal planificadas y peor ejecutadas que desgastaron la confianza ciudadana y hundieron a la ciudad en resultados nulos y recursos tirados a la basura.

Los primeros reveses surgieron de estudios y planes que jamás pasaron del papel. El convenio catastral, que costó $7.200 millones, generó un incremento absurdo del Predial de hasta el 200%, provocando demandas, indignación generalizada y un quiebre profundo en la credibilidad institucional.
A la lista se suma el Plan Maestro de Espacio Público, otro derroche de $1.800 millones que no logró ordenar ni un centímetro del centro: el caos urbano sigue intacto. Grandes presupuestos, grandes titulares, así como actos oficiales… y cero resultados.
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El transporte público y la infraestructura urbana tampoco escaparon a esta lógica del desastre. Los $ 8.331 millones destinados a “rescatar” el SITM no lograron nada: el sistema sigue agonizando y los 12 buses alquilados prestan un servicio lamentable.

Las ciclorrutas, que deberían haber sido un avance sostenible tras una inversión de $ 12.778 millones, hoy están tomadas por motos, ventas informales y mercancía, convertidas en corredores inútiles sin autoridad que las proteja.

Y la lista continúa: el colegio Villas de San Ignacio agrietado pese a los $ 2.800 millones invertidos, las casetas del centro oxidadas y el puente de ‘la Jirafa’ demolido sin haber servido jamás a su propósito.
El panorama empeora al revisar otros proyectos igual de lamentables: pilonas electrónicas por $400 millones que nunca funcionaron, el urbanismo táctico de $ 4.000 millones que se deterioró y el Barrio Museo San Miguel, cuyos $ 800 millones desaparecieron en un ‘abrir y cerrar de ojos’.
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La factura la pagan siempre los mismos: los ciudadanos bumangueses que cumplen con sus impuestos y reciben, a cambio, abandono, improvisación y frustración. Veamos una pequeña sinopsis de esta decena de fracasos:
1. Proyecto ‘Castastró...fico’

- Empecemos por el convenio de $7.200 millones -más una adición de $199 millones- firmado entre el Municipio, el Área Metropolitana y el IGAC con la Universidad Distrital para ejecutar el polémico proceso de actualización catastral aplicado entre 2017 y 2018. Ese estudio, cuya transparencia y rigurosidad siguen en entredicho, fue el que hizo que las tarifas del Impuesto Predial se dispararan sin control, con incrementos del 70 % hasta un inaceptable 200 %. Las consecuencias no tardaron: demandas, cuestionamientos públicos y una profunda pérdida de confianza ciudadana. Hoy, ese catastro sigue en el ‘ojo del huracán’.
2. Otro millonario estudio

- En esos mismos años, el Municipio presentó con bombos y platillos el estudio del Plan Maestro de Espacio Público realizado por la UPB, diseñado para resolver el problema de los vendedores ambulantes. Según la Administración del ya desaparecido Rodolfo Hernández, se trataba de una estrategia a largo plazo, casi una herencia obligada para las futuras alcaldías. La promesa era organizar la venta informal bajo normas claras. Ese estudio costó cerca de $ 1.800 millones. ¿El resultado? Un recorrido por las calles del centro basta para ver en qué terminó semejante inversión.
3. Sin pasajeros
- Un nuevo y tortuoso episodio del transporte masivo en Bucaramanga se vive hoy con la firma del Convenio Interadministrativo Nº 119. Con él se anunciaron $8.331 millones para un plan de transición que, en teoría, debería estabilizar y modernizar el sistema de movilidad de pasajeros tras la crisis por la salida de Movilizamos S.A. y Metrocinco Plus. La inversión, en el papel, prometía una recuperación gradual y una mejor experiencia para los usuarios. Sin embargo, hasta ahora ese supuesto renacer ‘no rueda’ para nada bien. De hecho, el balance del servicio de los 12 buses alquilados es lamentable.
4. Un contrato que no ‘pedaleó’
- La inversión más reciente, realizada en 2020, contempló la construcción de 17,4 kilómetros de ciclorrutas por un costo de $ 12.778 millones. Sin embargo, el fracaso del proyecto salta a la vista, especialmente en el centro, donde la usurpación de estos espacios es descarada. A las motocicletas que circulan sin control por los trazados se suman ventas informales y mercancía que bloquea continuamente lo que debía ser un corredor exclusivo para ciclistas. Así, buena parte de esa millonaria inversión terminó diluyéndose entre el desorden y la falta total de gestión. ¡Lamentable!
5. Aulas rotas

- Después de un contrato de estabilización del terreno -otro proyecto en el que la administración anterior enterró cerca de $ 2.800 millones-, es el colegio Villas de San Ignacio, de la Comuna Norte. El plantel sigue lleno de grietas. Inaugurado el 29 de septiembre de 2010 por Fonade, terminó convertido en una pesadilla para estudiantes y docentes. Quince años después, el terreno se desliza, las paredes se abren y los pisos se quiebran. Dos estudios técnicos se han realizado para entender la magnitud del problema. El primero, hace apenas dos años, fue lapidario: el colegio se levantó sobre un terreno de alto riesgo.
6. Promesas oxidadas

- En 2022, el Municipio de Bucaramanga habilitó al menos 15 casetas en el centro, justificando que las anteriores eran escondites de delincuentes y auténticos basureros a cielo abierto en la Comuna 15. La administración aseguró que actuaba ante las constantes quejas de la ciudadanía, que denunciaba cómo estos espacios servían de guarida para atracadores durante la noche y de improvisados baños públicos que deterioraban la convivencia. Pero, al final, todo quedó en discurso. Las casetas jamás fueron inauguradas y hoy no son más que latas retorcidas. Cerca de $ 800 millones están tirados a la basura.
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7. ‘La caída de la Jirafa’

- El icónico puente de ‘la Jirafa’, ubicado en la carrera 9 entre calles 37 y 41, nació con la promesa de ser un paso seguro para los estudiantes del colegio Camacho Carreño, pero nunca cumplió ese propósito. En vez de convertirse en una solución, terminó siendo apropiado por habitantes de calle y consumidores de droga. Los $ 300 millones invertidos a finales de los años 90 se esfumaron sin que la ciudad obtuviera beneficio alguno. Hace dos años, la Alcaldía de Bucaramanga decidió derribar la estructura, cerrando así el ciclo de un proyecto fallido que nunca debió llegar tan lejos.
8 ¿Y los bolardos electrónicos?

- Nadie sabe qué pasó con las 24 pilonas instaladas en pleno centro de Bucaramanga, supuestamente diseñadas para proteger edificios y espacios públicos de accesos no autorizados. Allí siguen, repartidas entre la carrera 11 con calle 34, la calle 36 con carrera 13, la carrera 11 con calle 37 y la calle 42 con carrera 11, mientras otras aún esperan instalación. Pero todo ese despliegue, así como la plata destinada -que promedió los $400 millones-, terminó en nada: jamás se usaron, jamás cumplieron su función y, una vez más, la ciudad carga con otra inversión sin responsable.
9. Ni tan ‘táctico’

- La apuesta por el llamado urbanismo táctico terminó siendo otro experimento fallido que nos costó cerca de $ 4.000 millones. Con el tiempo quedó claro que las intervenciones no transformaron el espacio público, no mejoraron la movilidad ni cambiaron la cultura ciudadana. Hoy solo quedan restos de pintura desgastada, estructuras abandonadas y la certeza de que la inversión se esfumó. Solo unas cuantas intervenciones se salvan del deterioro. En vez de ser un ejemplo de innovación, la estrategia terminó siendo una muestra más de cómo se pierden recursos públicos.
10. Deterioro

- Las obras que alguna vez intentaron vestir de “intervención artística” al barrio San Miguel, de la Comuna 6 de Bucaramanga, hoy no son más que un recuerdo descolorido y desmantelado. Lo que se vendió como una apuesta cultural de transformación urbana terminó convertido en ruinas prematuras, sin mantenimiento, sin impacto y sin ninguna huella que justifique los $ 800 millones que salieron del bolsillo de los bumangueses. No hay rastro del supuesto museo a cielo abierto, ni del embellecimiento prometido, ni de la revitalización comunitaria que la administración anunció con tanto fervor.















