En la sección del recuerdo de Vanguardia, hoy reconstruimos las diferentes fachadas que ha tenido el edificio de la Alcaldía de Bucaramanga.

Hay construcciones históricas de Bucaramanga que no solo son icónicas; también custodian la memoria. Entre las carreras 10 y 11, abrazadas por las calles 35 y 34, se levanta la edificación de la Alcaldía, un lugar que, más que una sede administrativa, ha sido testigo de los cambios de una ciudad que nunca dejó de crecer. (Le puede interesar: La historia sale del aula y recorre las calles de Bucaramanga)
Quien observe las fotografías de distintas épocas difícilmente creerá que se trata del mismo sitio. El paisaje ha cambiado una y otra vez, como si el tiempo hubiera decidido ensayar allí sus mejores transformaciones.

Todo comenzó a finales de la década de 1920, cuando empezó a construirse el primer Palacio Municipal. Era una edificación de dos plantas, de elegante estilo republicano, acorde con la Bucaramanga tranquila de entonces, cuando las calles todavía respiraban otro ritmo y el horizonte urbano apenas comenzaba a dibujarse.

Pero la ciudad no tardó en desbordar aquel primer edificio. El crecimiento obligó a intervenirlo casi desde sus primeros años. El 16 de enero de 1930, el alcalde Antonio Barrera Parra expidió el Decreto 15 para conformar una cuadrilla de obreros encargada de realizar adecuaciones.

Cuatro años después, el alcalde Rodolfo Azuero volvió a ordenar obras mediante el Decreto 27 del 27 de abril de 1934. Eran tiempos en los que Bucaramanga crecía y su Palacio Municipal debía estar a la altura.

Las décadas pasaron y la antigua construcción terminó siendo insuficiente para atender las necesidades de una capital en permanente expansión. Varias décadas después fue preciso remodelar la edificación y la vieja tuvo que ser demolida.

Entonces llegó una nueva época. En 1977, durante la administración de Ambrosio Peña Castillo, comenzó la construcción del nuevo Palacio Municipal. Seis pisos de concreto y vidrio empezaron a cambiar el perfil de esta tradicional esquina, convirtiéndose en uno de los símbolos de la modernidad bumanguesa.
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La obra, cuyos diseños fueron escogidos mediante concurso arquitectónico con el respaldo del entonces gobernador Alberto Montoya Puyana, representó una apuesta por el futuro.

Dos años después, en 1979, el edificio fue inaugurado por el presidente Julio César Turbay Ayala, mientras la ciudad veía levantarse un nuevo referente institucional. Poco tiempo después se construyó un segundo bloque sobre el costado norte, ajustando los diseños originales y consolidando el complejo administrativo.

Sin embargo, el destino volvería a poner a prueba esta esquina. En junio de 2002, un incendio consumió gran parte del edificio. Las imágenes de las llamas recorrieron la ciudad y quedaron grabadas en la memoria de miles de bumangueses. El Palacio Municipal, que durante más de dos décadas había acompañado la transformación urbana de Bucaramanga, tuvo que ser demolido. Parecía el final de una historia.
Pero algunas edificaciones, como las ciudades que representan, también saben levantarse de sus propias cenizas.

La reconstrucción respetó la esencia del palacio desaparecido y, tras varios años de trabajo, el edificio abrió nuevamente sus puertas en 2007. Era un inmueble renovado, adaptado a las nuevas necesidades, pero con un aspecto que permitía reconocer en sus líneas la memoria de aquel edificio que el fuego arrebató.
Hoy, quienes transitan por este sector quizá solo vean la sede de la administración municipal. Sin embargo, las fotografías antiguas revelan mucho más que cambios arquitectónicos: muestran cómo desaparecieron viejas viviendas, cómo se transformó el paisaje urbano y cómo Bucaramanga fue construyendo, década tras década, una nueva identidad sin borrar del todo las huellas de su pasado.

Porque la ciudad tiene memoria. Y este recuerdo, el del Palacio Municipal, ha visto pasar alcaldes, obreros, presidentes, incendios, reconstrucciones y generaciones enteras de ciudadanos. Cambió de fachada, cambió de altura, cambió de materiales. Lo que nunca cambió fue su condición de punto de encuentro entre la historia y el presente, recordándonos que, en Bucaramanga, hay lugares donde el tiempo no pasa: simplemente deja nuevas páginas para seguir contando la ciudad.
















