Antes de que el tiempo la borrara, Bucaramanga la hizo eterna: conozca la historia de la icónica casa de la familia Martínez-Villalba, hoy sede del Colombo Americano. Veamos:

Hay casas que envejecen; otras simplemente permanecen, como si el tiempo hubiera decidido pasar de largo frente a sus puertas. En Bucaramanga todavía existe una de ellas; es más, miles de personas caminan frente a su fachada sin sospechar que detrás de ella se conserva una parte de la historia de la ciudad.
Está en la carrera 22 con calle 37, frente al Parque Bolívar. Hoy funciona allí el Centro Colombo Americano, pero mucho antes de que los salones se llenaran de estudiantes de inglés, la casona fue el hogar de una de las familias que ayudó a moldear la Bucaramanga del siglo XX: los Martínez-Villalba.

Cuando comenzó a levantarse esta residencia, a mediados de la década de 1920, Bucaramanga apenas superaba los t mil predios. Era una ciudad de calles tranquilas, donde los árboles todavía marcaban el ritmo de las tardes y las familias construían sus historias a pocas cuadras unas de otras.

Precisamente, una cuadra más abajo, en la carrera 21 con calle 39, don Víctor Martínez-Villalba fundó en 1926 la fábrica Conservas Alimenticias, conocida también como Industria Nacional de Conservas Limitada. De allí salían chocolates, café molido, brevas en su jugo y mermeladas que terminaron formando parte de la memoria culinaria de generaciones enteras. La casa y la fábrica estaban unidas por mucho más que la cercanía: compartían el espíritu de una familia que apostó por el progreso de la ciudad.

Años después, entre 1940 y 1945, la residencia tomó la forma que hoy conocemos. Los ingenieros alemanes Ticher y Tuter diseñaron una vivienda que rompía con todo lo que Bucaramanga había visto hasta entonces. Sus líneas curvas dialogaban con volúmenes rectangulares; la geometría dominaba la fachada y los detalles decorativos, traídos desde Europa, le daban un aire moderno que parecía adelantado a su tiempo.

Mientras Europa ardía bajo las sombras de la Segunda Guerra Mundial, nuestro periódico destacaba la singularidad de esta construcción. En una nota publicada en 1941 describía la vivienda como una obra de claras líneas ArtDeco y del más puro estilo Bauhaus, la célebre escuela alemana de Weimar que acababa de ser clausurada por el régimen nazi. Resulta inevitable pensar que, mientras un continente destruía parte de su patrimonio cultural, en Bucaramanga florecía una de las expresiones más refinadas de esa arquitectura. (Le puede interesar: Bucaramanga, ayer y hoy, la esquina donde el tiempo ‘cambió de fachada’)

No fue la única obra de aquellos ingenieros en la ciudad, pero sí una de las más recordadas. Su diseño introdujo una nueva manera de entender la arquitectura urbana y marcó el camino para edificaciones que décadas después seguirían inspirándose en aquellas formas limpias y elegantes.
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Los Martínez-Villalba tampoco se quedaron únicamente con esa residencia. Fueron protagonistas del crecimiento inmobiliario de Bucaramanga y participaron en la promoción de algunos de los primeros edificios modernos de la ciudad, como Colseguros, San Pío y San Felipe, contribuyendo a transformar el perfil urbano de una capital que empezaba a mirar hacia arriba.

Sin embargo, como ocurre con muchas casas antiguas, la historia encontró nuevos habitantes. En 1957 nació el Centro Colombo Americano, impulsado por visionarios como Luis Aurelio Díaz, Guillermo Sorzano y Hernando Reyes Duarte. Con el paso de los años, la casona abrió nuevamente sus puertas, esta vez para recibir estudiantes, profesores y generaciones enteras de bumangueses que, quizás sin saberlo, aprendieron idiomas dentro de una de las joyas arquitectónicas más importantes de la ciudad.
Mientras muchas construcciones desaparecieron bajo el peso de las retroexcavadoras y del crecimiento urbano, esta casa permaneció de pie. Ha visto cambiar los vehículos de tracción animal por el tráfico moderno, las calles empedradas por el asfalto, las tertulias familiares por el ir y venir de cientos de estudiantes cada día. Ha observado cómo la ciudad crece a su alrededor sin renunciar a la identidad con la que nació.

Tal vez por eso produce una extraña emoción detenerse unos segundos frente a su fachada. No es únicamente admirar una bella construcción, es reconocer que las ciudades también conservan memoria en ladrillos, ventanas y corredores. Que cada casa antigua guarda voces que ya no están, proyectos que transformaron una región y familias que escribieron capítulos silenciosos de la historia.

Mientras la antigua casa de los Martínez-Villalba continúe resistiendo el paso de los años, Bucaramanga conservará algo más que una obra arquitectónica: conservará un pedazo de su alma. La memoria de Bucaramanga tiene puertas, ventanas y una casa que aún permanece firme: la casa Martínez-Villalba, hoy sede del Colombo Americano.

















