En la sección del recuerdo de Vanguardia, donde comparamos dos fotos del mismo ángulo captadas en distintas épocas, hoy traemos las imágenes de la esquina de la carrera 11 con calle 34.

A veces una fotografía antigua aparece para recordarnos que los lugares que hoy recorremos con naturalidad alguna vez tuvieron otro rostro y otras historias. Es entonces cuando entendemos que la memoria también habita en las calles, en las esquinas y en aquellos espacios que, aunque se transformen con los años, siguen guardando la esencia de quienes los caminaron. Una de esas esquinas permanece en la carrera 11 con calle 34.

En esta nueva entrega de Ayer y Hoy, dos imágenes separadas por más de medio siglo nos invitan a recorrer uno de los rincones más representativos de la capital santandereana y a observar cómo el paso del tiempo ha dejado sus huellas sobre la arquitectura y la vida cotidiana de la ciudad.
La fotografía de finales de la década de los años sesenta retrata una esquina modesta, dominada por antiguas viviendas de fachadas sencillas, propias de una Bucaramanga que aún conservaba el aire cercano de una ciudad de provincia. Eran construcciones que acompañaban la rutina del corazón urbano de la ciudad.
Al fondo, casi escondida entre la escena, aparece una parte de la parroquia San Laureano, rodeada por algunos árboles. Su presencia parece desafiar el paso de los años. Mientras el entorno ha cambiado profundamente, el templo continúa siendo un referente para varias generaciones de bumangueses. Incluso los árboles permanecen como testigos silenciosos, aunque hoy muestran una frondosidad distinta, como si también hubieran crecido junto con la ciudad.
Pero basta detenerse en la imagen actual para descubrir la magnitud de la transformación. Allí donde antes se levantaban viviendas tradicionales, hoy se impone la segunda fase del Centro Administrativo Municipal, correspondiente a la cara norte del renovado edificio de la Alcaldía de Bucaramanga. La arquitectura de líneas sencillas quedó atrás para dar paso a una estructura moderna que refleja las nuevas necesidades de una ciudad que no dejó de crecer ni de reinventarse.
El cambio también quedó marcado en el suelo que pisan sus habitantes. En la fotografía antigua aparece una calzada propia de la época, mientras que en la imagen contemporánea se observa el trazado del Plan Centro, una intervención urbana que buscó recuperar y destacar el valor histórico de esta zona de Bucaramanga.
Comparar ambas fotografías es mucho más que observar una simple transformación física. Es abrir una ventana hacia la vida que existió detrás de cada fachada, imaginar los pasos de quienes recorrieron esas calles y reconocer cómo una ciudad conserva su identidad incluso cuando modifica su apariencia. La comparación entre el ayer y el hoy permite entender que el progreso no borra completamente la memoria: algunas huellas permanecen en los edificios, en los espacios públicos y en la mirada de quienes aún recuerdan cómo era la ciudad.
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La historia del edificio que hoy domina esta esquina también es la historia de una transformación constante. El primer Palacio Municipal comenzó a construirse a finales de la década de 1920. Era una edificación de estilo republicano y apenas dos plantas, acorde con la Bucaramanga de aquella época.
Sin embargo, el crecimiento urbano hizo necesarias nuevas intervenciones. El 16 de enero de 1930, el alcalde Antonio Barrera Parra expidió el Decreto 15 para conformar una cuadrilla de obreros encargada de realizar adecuaciones al inmueble. Cuatro años más tarde, el alcalde Rodolfo Azuero ordenó nuevas obras mediante el Decreto 27, expedido el 27 de abril de 1934.
Las décadas continuaron avanzando y el antiguo palacio dejó de responder a las necesidades de una ciudad en expansión. Por ello, en 1977, durante la administración de Ambrosio Peña Castillo, comenzaron las obras del segundo Palacio Municipal, un edificio de seis pisos que representó la modernidad de su tiempo y que fue inaugurado en 1979 con la presencia del entonces presidente Julio César Turbay Ayala.
Pero la historia volvió a escribirse entre las llamas. En junio de 2002, un incendio consumió gran parte de la edificación y obligó a su demolición. Bucaramanga perdió uno de sus edificios más representativos, pero conservó el recuerdo de lo que significó para la ciudad. Años después, el inmueble fue reconstruido respetando la estructura del palacio desaparecido y finalmente abrió nuevamente sus puertas en 2007.
Las dos fotografías no solo muestran edificios diferentes; cuentan la historia de una Bucaramanga que aprendió a cambiar sin renunciar a sus raíces. Las antiguas viviendas desaparecieron, el Palacio Municipal transformó su rostro. Sin embargo, la esquina de la carrera 11 con calle 34 mantiene su condición de testigo permanente del paso del tiempo.
Porque las fotografías tienen la capacidad de detener un instante, conservar una época y permitir que las ciudades recuerden de dónde vienen, incluso cuando el presente ya parece muy distinto a aquellas imágenes que alguna vez las hicieron inolvidables.

















