El Teatro Sotomayor no desapareció del todo: sigue vivo en la memoria de quienes alguna vez cruzaron sus puertas.

Hay edificios que desaparecen del mapa, pero nunca de la memoria. El Teatro Sotomayor es uno de ellos. Hoy, donde alguna vez se levantó su fachada, un moderno centro empresarial refleja el ritmo acelerado de la Bucaramanga contemporánea. Los ventanales del edificio Green Gold brillan donde antes una marquesina anunciaba funciones, películas y noches de aplausos. Pocos imaginan que, en ese mismo lugar, durante varias décadas latió uno de los escenarios culturales más importantes de la ciudad.
Aunque fue bautizado oficialmente como Teatro Municipal, la gente terminó llamándolo simplemente Teatro Sotomayor. Así quedó grabado en la memoria de generaciones enteras que crecieron cruzando la carrera 27, entre las calles 37 y 42, en unos terrenos pertenecientes a la Sociedad de Mejoras Públicas de Bucaramanga, SMPB.

Su historia comenzó mucho antes de que se encendiera el proyector. En 1944, cuando Bucaramanga soñaba con convertirse en una ciudad de grandes escenarios culturales, la Junta Directiva de la SMPB concibió un ambicioso proyecto: construir un Palacio de Bellas Artes. El primer paso sería precisamente un teatro. Para financiar la obra recurrieron a un ingenioso mecanismo: destinar los recursos obtenidos durante las tradicionales semanas cívicas.

Los planos fueron elaborados generosamente por el reconocido arquitecto Renato Martínez y, tres años después, el 30 de octubre de 1947, el telón se abrió por primera vez. Nacía un edificio elegante para la época, concebido inicialmente para albergar representaciones teatrales antes de convertirse en una de las salas de cine más concurridas de Bucaramanga.

A un costado del teatro también comenzaba otra historia. El arquitecto santandereano Próspero Chinchilla Pico levantó una curiosa construcción donde funcionaría la recordada Heladería Tropicana -algunos aún la recuerdan como Tropical-, un establecimiento que terminaría convirtiéndose en el complemento perfecto para las noches de función.

Quienes vivieron aquellos años todavía hablan de esa esquina como si el tiempo no hubiera pasado. Don Antonio Jáuregui, vecino de toda la vida, recuerda que antes de las películas el escenario pertenecía al teatro. Dice que la acústica era extraordinaria y que las butacas eran un lujo para una ciudad que apenas comenzaba a consolidar su vida cultural.
Vale decir que en los años 60, mientras Bucaramanga crecía y el comercio se expandía, la citada heladería desapareció. Fue solo, hasta los años setenta cuando el lugar dio paso al Restaurante Mateo.
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Para entonces, el teatro también comenzaba a cambiar de manos. La administración fue entregada a la familia Pava y el viejo escenario terminó convertido definitivamente en cine comercial. Juan Carlos Jáuregui, otro vecino del sector, todavía recuerda aquellas jornadas interminables en las que proyectaban dos películas que rotaban durante todo el día. Siempre había una función a la cual entrar.

Sin embargo, ningún escenario escapa al paso del tiempo. A mediados de los años setenta apareció un enorme hueco frente al teatro. Muchos pensaron que solo era un problema del pavimento. Con los años, algunos terminarían viéndolo como una metáfora: aquel bache marcó el comienzo del fin. Poco a poco el edificio empezó a envejecer mientras las modernas salas de cine llegaban a los centros comerciales del área metropolitana. El Sotomayor quedó rezagado.

Todavía hubo intentos por rescatarlo. Incluso se habló de construir allí un gigantesco planetario, un proyecto que prometía darle una nueva vida al viejo teatro y convertirlo nuevamente en protagonista de la ciudad. La idea despertó ilusiones, pero nunca pasó del papel.
En los años ochenta también hubo esfuerzos por devolverle su vocación cultural. El Festival Departamental de Teatro encontró allí un escenario para intentar rescatar su imagen. Durante unos días volvió el movimiento de artistas, el bullicio entre bastidores y la sensación de que el viejo Sotomayor aún tenía algo por decir.

Pero el destino fue otro. Con el paso del tiempo terminó convertido en sala de cine para adultos. Después llegó el abandono. Las taquillas dejaron de vender entradas y comenzaron a servir de refugio para habitantes de calle y consumidores de droga. Donde antes se hacían filas para ingresar a una función, solo quedaron el silencio y el deterioro.

El telón cayó definitivamente. Hoy, en ese mismo terreno, se levanta un moderno centro empresarial que transformó por completo la imagen del sector. La carrera 27 ya no huele a crispetas ni a helados; ahora refleja el dinamismo de una ciudad distinta, más vertical, más rápida y quizás menos dada a detenerse para contemplar una marquesina.
Sin embargo, las ciudades también conservan su memoria en los relatos de quienes las caminaron. Cada vez que alguien menciona el Teatro Sotomayor, vuelve a encenderse una vieja lámpara sobre aquel escenario donde primero se escucharon diálogos teatrales, luego el ruido del proyector y, finalmente, el eco del abandono. Porque los edificios pueden desaparecer. Lo que resulta mucho más difícil de demoler son las historias que alguna vez albergaron entre sus paredes.

















