Conozca la historia de la antigua sede de La Esquinita: un ‘rincón’ del bulevar Bolívar que quedó atrapado en la memoria musical de Bucaramanga.

Cambian las fachadas de las sedes de las tertulias, llegan nuevos negocios, se van las mesas y con ellas buena parte de las voces que alguna vez las acompañaron, pero basta con que vuelva a sonar una canción para que todo parezca regresar por un instante. Eso sucede cuando se habla de la otrora Esquinita de Bucaramanga, aquella tradicional casa de la música que durante décadas tuvo su sede en la carrera 26 con el bulevar Bolívar y que terminó convirtiéndose en uno de los lugares más queridos por los amantes de la música del ayer.
Desde 1965, esa esquina fue mucho más que un sitio de encuentro para quienes llegaban a tomarse un trago. Allí se escuchaban las voces de otras épocas en sus formatos originales, especialmente en aquellos discos de acetato que fueron durante buena parte del siglo pasado el vehículo para llevar las canciones de un lugar a otro y que hoy, desplazados por las nuevas tecnologías, sobreviven principalmente como objetos de colección y memoria.
En La Esquinita, la música parecía adquirir allí otra dimensión. Un tango podía traer de regreso el recuerdo de una persona querida; un bolero podía despertar la memoria de un amor; un bambuco podía llevar a alguien hasta las reuniones familiares de su infancia.

La historia de La Esquinita comenzó de una manera más sencilla de lo que llegaría a ser después. Sus primeros impulsores, Gonzalo Velásquez y William Wolf, pensaron en crear un espacio de sano esparcimiento para quienes pasaban por Bucaramanga, muchos de ellos comerciantes que encontraban en aquel lugar la posibilidad de hacer una pausa, conversar, escuchar algunos discos de la época y acompañar la tertulia con un ‘guarito’. En sus primeros años fue, sobre todo, una esquina para encontrarse y conversar, en la que poco a poco la música comenzó a ganar protagonismo.
Con el paso del tiempo, el establecimiento llegó a manos de Luis Eduardo Yepes, tío de uno de los propietarios del local, quien estuvo al frente del negocio hasta que los años y los problemas propios de la vejez le hicieron imposible continuar.

Pero, la gran transformación llegaría en 1977, cuando Carlos Pinto Buenahora adquirió La Esquinita por un millón de pesos (una gran suma pára la época) y decidió convertir aquel lugar en algo mucho más grande que un establecimiento de tertulia.
Pinto Buenahora era un melómano de esos que no se conformaban con escuchar una canción, sino que sentían la necesidad de encontrarla, conocer su historia y conservarla. A partir de entonces comenzó una búsqueda que lo llevó por distintos lugares del continente detrás de los discos originales de grandes figuras de la música latinoamericana.
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Entre sus objetivos estaban las grabaciones de Carlos Gardel, el Trío Matamoros, Los Panchos y muchos otros intérpretes cuyas voces habían marcado generaciones. Cada viaje, cada hallazgo y cada pieza que llegaba a sus manos fueron haciendo más grande la colección hasta convertir La Esquinita en un verdadero cofre de la música antigua.
La dimensión de aquella colección se entiende mejor cuando se conocen sus números: llegó a reunir no menos de 14.000 discos de 78 revoluciones por minuto y más de 10.000 elepés, además de una cantidad que no alcanzó a determinarse de discos de 45 revoluciones y alrededor de 1.500 canciones grabadas en el formato de 10 pulgadas. Pero más allá de las cifras, lo que hacía especial a aquella colección era la posibilidad de encontrarse allí con fragmentos originales de una historia musical que en muchos otros lugares ya se había perdido.
Las reliquias que todavía podían cantar
Entre los tesoros que conservaba La Esquinita había piezas de un valor extraordinario para los coleccionistas y para quienes entendían que un disco antiguo también puede ser un documento histórico. Allí se encontraba, por ejemplo, la que era considerada la única copia existente en el mundo de ‘El Vagabundo’, bambuco del folclor colombiano grabado en 1919 con las voces de Leonel Calle y Eusebio Ochoa, de la Liga Antioqueña en Nueva York.
Eran discos que, por su antigüedad y rareza, podían parecer pequeñas cápsulas del tiempo, pero que en La Esquinita conservaban algo todavía más importante: la posibilidad de volver a ser escuchados.

Y entre todos aquellos nombres había uno que ocupaba un lugar especial: Carlos Gardel. Su presencia se extendía por las fotografías, los afiches y los recuerdos que adornaban el lugar, junto con imágenes de otros artistas y películas del ayer.
También estaban los elementos publicitarios de antiguas casas discográficas, entre ellos la imagen de la RCA Víctor, que hacía parte de ese universo visual en el que la música no estaba separada de los objetos que alguna vez la hicieron posible.
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Los antiguos aparatos también tenían su espacio. Fonógrafos, vitrolas, tocadiscos, un hermoso bandoneón y otros elementos relacionados con la reproducción musical parecían permanecer allí como testigos de un tiempo en el que escuchar una canción implicaba un ritual diferente. Todo estaba ligado a una época en la que la música se compraba, se cuidaba, se prestaba con cautela y, en muchos casos, se heredaba.
La música que devolvía los recuerdos

Por eso, recordar La Esquinita es recordar también las canciones que llenaron sus espacios durante tantos años. Allí podían sonar ‘El día que me quieras’, ‘Cuesta abajo’, ‘Por una cabeza’, ‘Volver’, ‘Mi Buenos Aires querido’, ‘Caminito’, ‘Mano a mano’ y ‘Melodía de arrabal’, entre tantos otros tangos que hicieron de aquel lugar una referencia para quienes encontraban en la música antigua una manera de acercarse a otras épocas.
Sin embargo, La Esquinita nunca fue solamente un sitio para escuchar tangos ni un lugar reservado para los grandes conocedores de la música. También perteneció a quienes llegaban simplemente porque querían conversar, recordar, conocer una canción o pasar un rato entre amigos. Esa era quizás una de sus mayores virtudes: podía ser un archivo musical para el coleccionista, un refugio para el melómano y, al mismo tiempo, una sencilla esquina donde alguien podía sentarse a tomarse un trago mientras una vieja canción le hacía compañía.
En aquellos años, cuando la música todavía no cabía completa en un teléfono y no bastaba con pulsar una pantalla para encontrar cualquier canción, escuchar era también una forma de esperar. Había que buscar el disco, ponerlo a girar, acomodar la aguja y dejar que la grabación hiciera su trabajo. Tal vez por eso aquellas canciones parecen estar tan profundamente ligadas a los recuerdos de quienes frecuentaron La Esquinita: porque cada una estaba asociada a un momento, a una conversación, a una compañía y a una época en la que la música se vivía con otro ritmo.
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La despedida de una vieja ‘Esquina’
La muerte de Carlos Pinto Buenahora significó una pérdida profunda para quienes conocieron su historia y entendieron lo que había detrás de aquella colección. Con él desapareció uno de los grandes apasionados por la música de antaño y uno de los hombres que más contribuyeron a darle a La Esquinita la dimensión que alcanzó. Quedaron sus discos, sus objetos, sus fotografías y, sobre todo, quedó una herencia mucho más difícil de guardar en una vitrina: el amor por la música de otras generaciones.
Después de su muerte vino el traslado de la colección y del establecimiento a otros lugares, y con ello llegó también la nostalgia de quienes habían identificado durante tantos años aquella esquina del bulevar Bolívar con el sonido de los tangos, los boleros y las canciones que parecían no envejecer. Entre 2018 y 2019, la antigua sede dejó atrás la carrera 26 con el bulevar y, de alguna manera, terminó despidiéndose de sus vecinos con la misma canción que tantas veces había acompañado sus noches: ‘Adiós, muchachos’.
Hoy, quien pase por aquella dirección ya no encontrará la vieja sede de La Esquinita. Hasta allí llegó Vanguardia y pudo comprobmar que por estos lados funciona un negocio de bebidas y la ciudad, como todas las ciudades, continuó cambiando sin pedir permiso a los recuerdos.
La Esquinita que permanece

Hablar hoy de La Esquinita exige, sin embargo, hacer una precisión para que la nostalgia no termine confundiendo dos momentos distintos de una misma historia. La Esquinita de la que hablan quienes recuerdan la carrera 26 con el bulevar Bolívar es aquella antigua sede que ya no existe en ese lugar. Esa fue la casa que durante décadas reunió la colección de Carlos Pinto Buenahora y que quedó en la memoria de varias generaciones de bumangueses como un verdadero santuario de la música del ayer.
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Hay que aclarar que el nombre de La Esquinita no desapareció con aquella sede. En la actualidad existe un establecimiento con el mismo nombre, ubicado en otro sector de Bucaramanga, cerca al Dann Carlton, que conserva buena parte de ese espíritu dedicado a la música de antaño. El lugar es manejado por Sonia Patricia Galvis y Henry Osma, quienes han mantenido vivo el gusto por aquellas canciones y, además, han construido sus propias colecciones de discos antiguos. De esta manera, aunque se trata de una sede distinta y de una etapa diferente, existe un vínculo con aquella tradición que durante tantos años hizo de La Esquinita un nombre entrañable para los amantes de la música vieja.
Quizás ahí está la verdadera manera de entender lo que ocurrió con aquel lugar: la antigua Esquinita terminó su historia en la carrera 26 con el bulevar Bolívar, pero la afición que le dio sentido no terminó con ella. Cambió de espacio, encontró nuevas manos y siguió buscando en los discos esas voces que se niegan a desaparecer. Por eso, hablar de la antigua sede no significa decir que La Esquinita dejó de existir, sino recordar una casa específica, una época particular y una colección que marcó la vida musical de Bucaramanga, mientras se reconoce que hoy hay otra Esquinita que ha recogido parte de ese legado y lo mantiene sonando desde otro rincón de la ciudad.

Quienes estuvieron allí pueden cerrar los ojos y reconocerla. Pueden volver a verla entre discos de 78 revoluciones, elepés, fotografías, vitrolas y voces que llegaban desde un tiempo lejano; pueden recordar una conversación que se prolongó más de lo previsto, una copa compartida, una canción que alguien pidió y esa sensación de que afuera Bucaramanga seguía andando mientras, puertas adentro, el reloj parecía marchar a otro ritmo. Para ellos, La Esquinita no será simplemente un establecimiento que cambió de sede: será una parte de la ciudad que aprendieron a querer.
Y para quienes nunca entraron a aquella antigua casa, quizá quede la oportunidad de entenderla a través de quienes todavía la recuerdan y de quienes hoy mantienen viva la afición por esa música. Porque los lugares verdaderamente importantes no siempre sobreviven como edificios; algunos sobreviven como relatos, como fotografías, como colecciones y, sobre todo, como canciones que alguien vuelve a poner a sonar muchos años después.

Así permanece La Esquinita en la memoria de Bucaramanga: no como una dirección que pueda encontrarse hoy en un mapa, sino como una esquina sentimental de la ciudad, una de esas que se quedan viviendo en quienes alguna vez la visitaron. La antigua sede se fue, pero su música encontró otros caminos y parte de su espíritu continúa siendo cultivado.















