Bucaramanga
Martes 01 de septiembre de 2026 - 03:11 PM

Adiós, primo: el hombre que cuidaba las palabras de Vanguardia

La muerte de quien fuera uno de los grandes correctores de estilo de Vanguardia durante las décadas de los 70, 80 y parte de los 90 pasó casi inadvertida. Hoy, cuando Vanguardia conmemora sus 107 años de historia, le rendimos homenaje a Jorge Enrique Sarmiento Gómez y reconocer el invaluable aporte que hizo al oficio de informar y a la calidad de nuestras páginas. ¡Esta es parte de su historia!

Jorque Enrique Sarmiento, 'primo', en los años 70 en Vanguardia. (Archivo/ VANGUARDIA)
Jorque Enrique Sarmiento, 'primo', en los años 70 en Vanguardia. (Archivo/ VANGUARDIA)

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Hay saludos que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en parte de la memoria. Palabras sencillas que siguen sonando aun cuando quien las pronunciaba ya no está. Hablamos del “primo”. Y es que así saludaba Jorge Enrique Sarmiento Gómez. Era su manera de acercarse a los demás, de romper cualquier distancia y de hacer sentir cercano a quien tuviera enfrente.

No importaba si acababa de conocerlo o si llevaba años trabajando a su lado; tampoco si era periodista, fotógrafo, diseñador, operario o simplemente alguien que pasaba por el Departamento de Producción. Para Jorge, todos éramos “primos”.

Ahora que ya no está, aquel saludo adquiere otro significado. Parece que todavía pudiera escucharse en los pasillos de los talleres de Vanguardia, entre el movimiento de la Redacción, el ruido de las máquinas y el trajín propio de las horas en que había que sacar adelante una nueva edición de la entonces Vanguardia Liberal.

Jorge Enrique murió hace algunos meses, a los 94 años. Había nacido el 27 de marzo de 1932 y dejó tras de sí una vida de trabajo, disciplina, deporte y afectos, pero también una historia ligada a una época del periodismo que, para las nuevas generaciones, resulta casi imposible de imaginar.

Y es que hubo un tiempo en que no existían los correctores electrónicos. No había una pantalla que subrayara una palabra equivocada, que sugiriera una coma o que advirtiera que una frase necesitaba ser corregida. Había que leer una y otra vez, conocer el idioma y tener buen ojo. Y para eso estaba Jorge: el primo, el guardián de las palabras.

Jorge Enrique llegó a la otrora Vanguardia Liberal en los años 70, al Departamento de Producción, por invitación de Pedro León Ramos y Jaime Luis Gutiérrez. Allí encontró un oficio en el que su conocimiento, su paciencia y su meticulosidad resultaron fundamentales: revisar y corregir las ediciones antes de que el periódico saliera de la imprenta.

Los periodistas escribían. Las noticias llegaban. Los textos pasaban de unas manos a otras hasta convertirse en páginas. Y en ese recorrido estaba el primo. Su tarea era silenciosa, pero fundamental. Con una mirada entrenada, buscaba aquello que podía escapar a los redactores: una letra de más, una palabra equivocada, un nombre mal escrito, una concordancia defectuosa o una frase que necesitaba una pausa.

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Jorge estaba allí para encontrarlos antes de que llegaran al lector. Era el último filtro, el hombre que cuidaba las palabras de los demás.

Y lo hacía en una época en la que elaborar un periódico tenía mucho de artesanía. Las páginas se construían manualmente, casi con las uñas. Los textos se componían, se armaban, se revisaban, se corregían y volvían a revisarse antes de que las rotativas comenzaran a hacer su trabajo.

No existía la posibilidad de borrar con una tecla y empezar de nuevo. Cada error costaba tiempo; cada descuido podía terminar impreso. Por eso, el oficio de Jorge era tan importante.

Su nombre no aparecía en las grandes firmas ni su rostro era conocido por los lectores. Sin embargo, detrás de muchas páginas de Vanguardia estaba su trabajo silencioso: ese que consistía precisamente en evitar que el error llegara hasta ellas.

Jorge cuidaba las palabras de otros. Y cuidar las palabras también es hacer periodismo. Su jefe fue don Roberto Franco, también fallecido, con quien compartió aquellos años de trabajo y disciplina en Producción.

Una vida en movimiento

Pero Jorge Enrique no fue solamente el corrector de Vanguardia. Había en él una inquietud que parecía acompañarlo siempre, una necesidad de mantenerse activo, de aprender, competir y seguir adelante. Estudió en el Colegio de Santander y cursó algunos semestres de Ingeniería en la Universidad Industrial de Santander, aunque finalmente no terminó la carrera.

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Jorge Enrique Sarmiento, el primero de izquierda a derecha de los que están en la primera fila, hizo parte del equipo de primera división que se conoció como Peñarol. (Archivo/ VANGUARDIA)
Jorge Enrique Sarmiento, el primero de izquierda a derecha de los que están en la primera fila, hizo parte del equipo de primera división que se conoció como Peñarol. (Archivo/ VANGUARDIA)

El deporte fue otra de sus grandes pasiones. Fue futbolista y jugó con el Cuca Aceros, cuando este todavía no tenía la notoriedad que alcanzaría años después. También jugó con el Peñarol, de la segunda división, equipo con el que llegó a ser campeón. Fue atleta y también beisbolista.

Quienes lo conocieron en sus últimos años recuerdan su figura particular, marcada por una pequeña joroba al caminar que nunca pareció detenerlo ni convertirse en una excusa para renunciar a lo que quería hacer. Jorge Enrique aprendió a convivir con las dificultades y a seguir adelante con una fortaleza que hoy llamaríamos resiliencia.

Vanguardia, en los años 70.
Vanguardia, en los años 70.

El primo fue un hombre sencillo, trabajador, inquieto y disciplinado, de esos que terminan dejando huella sin proponérselo. Jorge Enrique se pensionó en los años 90. Pero el retiro no fue una despedida definitiva. Su experiencia seguía haciendo falta. Por eso regresó en varias ocasiones a Vanguardia para desempeñarse nuevamente como corrector de imprenta.

Volvía porque conocía el oficio, porque sabía dónde mirar y porque tenía algo que ninguna máquina podía sustituir: años de experiencia y una mirada capaz de encontrar lo que otros no veían.

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Y es que hay oficios que no terminan con una pensión. El de Jorge era uno de ellos. Su conocimiento permanecía allí, como parte de la memoria de una época en la que hacer un periódico exigía paciencia, precisión y muchas manos.

En su vida personal, Jorge compartió su camino con Cleotilde Arias, su esposa, y fue padre de María Ángela, Alba Rocío y Jorge Jr. Sarmiento. Ellos fueron su familia, su casa, su historia más cercana.

Pero Jorge también construyó otra familia a lo largo de los años: la de sus compañeros de Vanguardia. Quizá por eso su saludo resultaba tan natural. Él, con su amabilidad, conseguía algo que no siempre es fácil en un lugar de trabajo: acercar a la gente.

¡Y estaba Randal!

Entre los recuerdos que permanecen de Jorge Enrique hay uno especialmente entrañable: Randal, su perro. Era mucho más que una mascota. Era su compañero inseparable, aquel con quien iba para arriba y para abajo.

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Cuando el animal necesitó ayuda para movilizarse, Jorge no se resignó a verlo limitado. Con sus propias manos le fabricó una singular silla de ruedas. La escena resulta difícil de olvidar: Jorge y Randal recorriendo juntos las calles, como dos viejos compañeros de camino.

En esa pequeña historia también aparece el carácter de Jorge Enrique: su ingenio, su capacidad para resolver, su afecto por los animales y, sobre todo, esa costumbre de no rendirse ante las dificultades.

Quizá por eso su recuerdo permanece de una manera tan particular. Porque Jorge no fue de esos hombres que necesitan grandes discursos para dejar huella.

La dejó en una corrección hecha a tiempo, en un gazapo que nunca llegó a imprimirse, en una página que salió limpia, en una conversación, en una jornada de trabajo y, sobre todo, en esas dos palabras con las que durante tantos años nos recibió: “primo”.

Los tiempos cambiaron. Cambió la manera de hacer el periódico. Llegaron las computadoras, los correctores automáticos y, mucho después, la inteligencia artificial. Hoy una pantalla puede detectar en segundos un error que antes exigía experiencia, conocimiento y una lectura cuidadosa.

Pero ninguna tecnología puede corregir la distancia entre las personas. Ningún programa puede fabricar camaradería. Ningún algoritmo puede reemplazar el afecto de un saludo que, después de tantos años, todavía somos capaces de escuchar.

Por eso, cuando recuerdo a Jorge Enrique Sarmiento Gómez, recuerdo al corrector que cuidaba nuestras palabras, al deportista, al compañero y, sobre todo, al hombre que hizo de una palabra sencilla una forma de cariño: primo.

Hoy ya no podemos encontrarlo en los pasillos ni escuchar su voz llamándonos “primos”. Pero mientras alguno de nosotros recuerde aquel saludo, Jorge Enrique seguirá apareciendo entre las páginas de nuestra memoria. Adiós, primo.

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