La Cuarta fue el centro de la prostitución en Bucaramanga durante décadas, un lugar marcado por la delincuencia y el olvido que sembró un pasado truculento en el barrio Chapinero.

Bucaramanga guarda en sus entrañas una historia que muchos prefieren olvidar, pero que hace parte de su “pasado gris”. Se trata de un capítulo que marcó no solo a la capital santandereana, sino también la memoria colectiva de quienes, en algún momento, habitaron o simplemente pasaron por allí.
Hablamos de un lugar conocido como la Cuarta, que fue el centro neurálgico de la prostitución en Bucaramanga durante décadas. Y aunque hoy su nombre resuene como un eco lúgubre, sí hizo parte de un proceso que no se puede borrar de la memoria de nuestros abuelos.
La Cuarta estuvo ubicada, de manera precisa, en la calle 4, entre las carreras 15 y 17, en el barrio Chapinero. Era una zona de tolerancia, un espacio que la ciudad aceptó -o al menos toleró- como una realidad innegable.
Hay que advertir, eso sí, que no siempre funcionó allí. Antes existió en la calle 61, entre las carreras 13 y 17.
¿De dónde surgió?

En las décadas de los 40 y 50, Bucaramanga se vio invadida por mujeres que, por diversas razones, decidieron ingresar al mundo de la prostitución. Estas mujeres no solo se convirtieron en trabajadoras sexuales, sino que crearon un microcosmos económico alrededor de sus cuerpos que tuvo la mira cómplice de las autoridades.
En sus noches de trabajo en los burdeles también alimentaban una economía paralela, en la que las casas de tolerancia se multiplicaban como parásitos. Al principio, la calle 61, con sus 85 burdeles, era uno de los epicentros de esa actividad.
“Trabajo en las fábricas de cigarrería, pero en las madrugadas me encuentro en el bar Bristol”, solían decir algunas de las mujeres que transitaban por esos pasillos. Ese tipo de testimonios era común, pues el trabajo en los burdeles resultaba rentable, un factor que hizo que este sector creciera rápidamente en la ciudad.
Las casas de prostitución no eran solo lugares oscuros; también se habían transformado en centros económicos de importancia. Por eso, esas siniestras habitaciones tuvieron un ‘peligroso’ éxito en su época.
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Para finales de los años 60 y comienzos de los 70, la prostitución comenzó a trasladarse hacia casas más deterioradas de la Cuarta, en el barrio Chapinero.
El negocio, que antes había sido un bullicioso centro de fiesta empezó, a ‘trastearse’. Nombres como La Casa de Tabla, El Carrusel y El Estambul son los que los vecinos recuerdan con cierta nostalgia, aunque saben que esas reminiscencias también son testigos de un capítulo oscuro de la ciudad.

José Silva, un adulto mayor que hoy lidera un centro de reciclaje en esa misma zona, recuerda aquellos tiempos con una mezcla de curiosidad y conciencia tardía de lo que representaba el lugar. “Más por travieso que otra cosa, uno se metía por allí. Yo fui joven, pero también sé que, aunque el recuerdo es truculento, la Cuarta marcó una época”, dice, mientras observa la misma calle que alguna vez estuvo llena de vida nocturna.

En los años 80, la delincuencia comenzó a tomarse la zona y la prostitución pasó a ser solo una parte de un drama mucho más complejo. Las bandas se adueñaron de los alrededores, disputándose el control del territorio para la venta de marihuana, cocaína y basuco. La vida en la calle se volvió peligrosa y los escándalos eran frecuentes.
En respuesta, los vecinos empezaron a organizarse: formaron una policía cívica que recorría el barrio en carros particulares, tratando de frenar los homicidios y la violencia desbordada.
Unidos por la necesidad de recuperar la tranquilidad, los vecinos lograron que las autoridades cerraran cerca de 25 bares de la zona. Pero no fue suficiente.
La violencia persistió y la Cuarta pasó de ser una zona de tolerancia a convertirse en un verdadero campo de batalla entre pandillas. El área se volvió peligrosa y muchos decidieron irse, aunque otros se quedaron, resistiendo la amenaza constante.
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Lo peor es que la marca de la Cuarta no se limitó a la violencia o a los bares. Las consecuencias fueron más profundas. El barrio Chapinero, donde se encontraba la zona de tolerancia, cargó durante años con el estigma de la prostitución y el consumo de drogas. Incluso el transporte público evitó el sector: las rutas de buses dejaron de atravesarlo y los colegios cercanos cerraron sus puertas. Solo la Escuela Bucaramanga permaneció en pie, resistiendo la marea de olvido que se cernió sobre el barrio.
Hoy, la Cuarta sigue siendo parte de la memoria de los más viejos. En las fachadas de algunas casas aún se leen letreros que dicen “esta casa no se vende”, una declaración de resistencia frente a un pasado que no se borra por completo. La ciudad puede levantar edificios, pero no puede borrar la historia de un lugar marcado por la prostitución, la delincuencia y la pobreza.

Las casas de tolerancia de la Cuarta desaparecieron, pero la historia de ese lugar dejó una lección que se ha extendido a otras zonas de Bucaramanga.
Hoy, el comercio de la prostitución se ha desplazado hacia otras calles, como la calle 30, donde el ciclo parece repetirse. Así, lo que alguna vez fue un fenómeno concentrado en la Cuarta se ha dispersado por toda la ciudad.
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En el sitio donde antes existieron bares de mala muerte, hoy se observan talleres de mecánica y centros de reciclaje. Los viejos vecinos del barrio Chapinero siguen mirando, con nostalgia y cierto temor, aquel pasado que ya no se repite, pero que continúa dejando huella.
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Es obvio que la Cuarta no sea un motivo de orgullo para Bucaramanga. ¡Nadie quiere recordarla por ser un feo episodio de la ciudad! Pero, como todo en la vida, hace parte de su historia y es un relato que, por respeto a quienes vivieron allí y a quienes lucharon por salir adelante, debe ser contado.
La Cuarta fue una de esas sombras que aún nos oscurecen el alma. El karma de su existencia, para algunos, aún flota en el aire. Y aunque el rostro de Bucaramanga ha cambiado, el peso de ese pasado gris sigue presente en la memoria de los más viejos. Así es la historia de la ciudad: un relato de contrastes, de luces y sombras, del que no puede escapar.

















