Bucaramanga
Viernes 26 de diciembre de 2025 - 07:13 AM

La calle 33 con 16 de Bucaramanga es un caos de ‘doble sentido’

La calle 33 con carrera 16, al lado de la Plaza Central de Bucaramanga, es un embudo vial: doble sentido, ciclorruta ocupada por informales, inseguridad y peatones y conductores atrapados en el caos.

Este punto de la calle 33 con carrera 16 es un caos: ventas ambulantes desbordadas, motociclistas buscando pasar a la fuerza y peatones sin saber por dónde cruzar. La escena  deja ver el desorden. (Foto: Euclides Kilô Ardila / VANGUARDIA)
Este punto de la calle 33 con carrera 16 es un caos: ventas ambulantes desbordadas, motociclistas buscando pasar a la fuerza y peatones sin saber por dónde cruzar. La escena deja ver el desorden. (Foto: Euclides Kilô Ardila / VANGUARDIA)

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Cruzar la calle 33 a la altura de la carrera 16 se ha convertido en una prueba diaria de resistencia urbana, sobre todo en esta temporada decembrina.

Conductores particulares, peatones, motociclistas y comerciantes formales coinciden en una misma denuncia: el sector, ubicado junto a la Plaza de Mercado Central, dejó de ser una vía para transformarse en un escenario de desorden crónico, inseguridad y abandono institucional.

¿De doble sentido?

¡Tremendo 'mercado persa' en la calle 33! (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)
¡Tremendo 'mercado persa' en la calle 33! (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)

La raíz del problema se remonta a una decisión polémica tomada años atrás, cuando la carrera 16, entre las calles 33 y 34, quedó habilitada en doble sentido para facilitar el ingreso y la salida de los vehículos de la plaza.

Lo que en teoría buscaba mejorar la movilidad, en la práctica generó el efecto contrario: un embudo vial donde la circulación se vuelve imposible, especialmente en ‘horas pico’.

“Esto es un infierno todos los días. Uno entra y no sabe si va a salir”, afirma Carlos Méndez Gómez, conductor de bus urbano que recorre el sector desde hace más de una década.

“Los pitos, la gente atravesada, las zorras cargando mercado… esto no es una vía, es un campo de batalla. Ni hablar de que le pusieron una ciclorruta que solo sirve para que los vendedores ambulantes instalen sombrillas y puntos de venta sobre ella”, agrega.

Para los peatones, la situación no es menos crítica. María Fernanda Duarte, empleada de una tienda cercana, asegura que salir a la calle es arriesgarse a ser arrollado. “La gente camina a la fuerza entre los buses. Aquí no hay andenes, no hay respeto, no hay control. Y los mototaxis tienen sus propias estaciones”, dice.

La presencia masiva del comercio informal intensifica el caos. Según cifras recopiladas en recorridos previos por medios locales, en ese tramo operan al menos 189 vendedores, todos identificados, que ocupan la calle con puestos improvisados. Aunque el número exacto varía por día, es evidente que el espacio público permanece invadido por ventas que van desde frutas hasta artículos de ferretería, sin ningún tipo de regulación.

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“El problema no es que la gente trabaje, es que no hay orden”, señala el taxista Andrés Gómez: “Los puestos tapan la visibilidad, la basura se acumula, nadie controla nada. Y si uno dice algo, lo insultan. ¿Quién responde por eso?”.

A la congestión se suma la inseguridad. Robos a plena luz del día, riñas entre conductores y vendedores, y enfrentamientos esporádicos entre policías y comerciantes informales hacen parte del paisaje. En uno de los recorridos realizados por Vanguardia, el equipo periodístico describió la experiencia como “salir a gatas”, en medio de insultos, peleas entre zorreros y persecuciones.

La Alcaldía de Bucaramanga ha anunciado operativos intermitentes, pero los habitantes insisten en que son acciones temporales que no solucionan el problema de fondo.

“Vienen, corren a los vendedores, toman fotos y se van. Al otro día todo sigue igual”, afirma Julián Rojas, comerciante formal. “Nosotros pagamos impuestos, pero nadie protege nuestros negocios. Las ventas van por el piso”, agrega.

La escena resulta tan absurda que los ciudadanos la resumen en una metáfora elocuente: “Esto es un cuello de botella donde se atora todo… hasta la paciencia”, argumenta María Isabel González.

El sector también se ha convertido en un foco de insalubridad. Basuras acumuladas, residuos de alimentos, cajas de mercado abandonadas y alcantarillas obstruidas generan malos olores y proliferación de roedores. “Esto es un peligro sanitario”, denuncia Claudia Rey: “a gente come en la calle, no hay baños públicos, no hay manejo de residuos. Es abandono total”, expresa.

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Expertos en movilidad consultados por colectivos ciudadanos coinciden en que el doble sentido vial no solo es ineficiente, sino que tampoco cumple con las condiciones técnicas para sostener el flujo vehicular actual. La falta de señalización, la ausencia de cruces seguros y el nulo control del espacio público han llevado a que los habitantes cataloguen el tramo como la vía más congestionada e insegura de la capital santandereana.

El diagnóstico es claro. Las voces ciudadanas también. Lo que falta, insisten los ciudadanos, es acción estructural.

“No queremos pañitos de agua tibia. Queremos que la Alcaldía camine la calle 33 como la caminamos nosotros: sin escoltas, sin anuncios, en hora pico. A ver si así entienden”, sentencia el taxista Andrés Gómez.

Mientras tanto, el caos continúa sin tregua: buses pitando, vendedores esquivando operativos, peatones abriéndose paso a empujones y conductores atrapados en un laberinto urbano que deja una misma pregunta colectiva: ¿hasta cuándo la ciudad normalizará el desorden?

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