¿Ha caminado estos días por el Centro de Bucaramanga? Hacer tal ‘travesía’ implica empujones, bocinas, gritos y ventas desbordadas que devoran andenes, calles y la paciencia de todos.

Caminar hoy por el Centro es sumergirse en un ‘hervidero’: empujones, gritos, trancones, en fin... Cada paso es una batalla, cada cruce una prueba de resistencia y de nervios.
En diciembre, las ventas ambulantes se desbordan y se tragan andenes y calzadas, dejando a la ciudad sin aire ni orden.
Las vías transcurren envueltas en el mismo caos: pitos insistentes, carros represados, vendedores que pregonan a gritos, estaciones de mototaxismo y peatones que zigzaguean como pueden entre carros mal parqueados, puestos improvisados y aceras convertidas en vitrinas.

Es una mezcla de algarabía comercial y desorden urbano que asfixia la movilidad y reduce el espacio público.
Una calle diseñada para un tránsito ‘fluido’, como el Paseo del Comercio, hoy se ve llena de cargues y descargues informales.
En otras vías pasa lo mismo. Los conductores ven un Centro colapsado, donde recorrer pocas cuadras puede tomar hasta media hora y donde el estrés se acumula al ritmo de los semáforos y los bocinazos.
Pero si el conductor sufre, el peatón resiste aún más. Andenes que deberían garantizar un tránsito seguro han sido invadidos por mesas, carretas, toldos y mercancías exhibidas al ras del suelo. Caminar implica bajar a la calzada, esquivar motos y carros, exponerse al riesgo de accidentes y renunciar al derecho básico de usar el espacio público.

La situación se agrava en sectores neurálgicos como las calles 33, 34, 36 y 37, donde la densidad de ventas informales se multiplica. Allí confluyen compradores, vendedores y buses, todos compitiendo por un espacio que claramente no da abasto. El Centro se convierte así en un embudo urbano.
Publicidad
Sin embargo, reducir el problema a una simple “invasión” sería ignorar la realidad social que hay detrás. Para cientos de familias, la venta informal es la única alternativa de ingreso en un contexto de desempleo persistente y oportunidades limitadas.
Diciembre, con su mayor flujo de compradores, representa una tabla de salvación económica que difícilmente pueden desaprovechar muchos hogares de informales.
Así lo explica Joselín Gómez, vendedora ambulante de aguacates en los alrededores de la Plaza Central: “Yo sé que estorbamos y que a la gente le molesta, pero también tenemos que comer. Aquí paso todo el día porque es donde vendo algo. Si me voy, ¿para dónde?”, dice mientras acomoda la mercancía.
Ese testimonio resume el dilema: sobrevivir hoy, aun a costa del desorden urbano.
Joselín cuenta que ha intentado otros trabajos, pero ninguno le garantiza ingresos diarios. “A veces nos corren, a veces nos dejan. Vivimos con esa incertidumbre. No es que uno quiera invadir, es que no hay muchas opciones”, agrega. Su voz, como la de tantos otros informales, revela una precariedad que suele quedar opacada por la crítica ciudadana.

Desde la otra orilla, los comerciantes formales también alzan su voz. Carlos Mejía, propietario de un almacén de ropa en la calle 35, asegura que la situación los golpea directamente. “Pagamos arriendo, impuestos, servicios, empleados, y afuera venden lo mismo sin ninguna de esas cargas. Además, la gente no puede ni entrar al local por los puestos”, afirma. Para él, la competencia desleal y el desorden terminan afectando las ventas y la imagen del Centro.
Los comerciantes formales coinciden en que el problema no es la necesidad de los informales, sino la falta de control y de soluciones estructurales. “Aquí nadie gana: ni el peatón, ni el conductor, ni el comerciante, ni la ciudad”, resume Mejía. El Centro pierde atractivo, se vuelve caótico y ahuyenta a quienes podrían dinamizar la economía.
Publicidad

¿Qué dicen las autoridades?
Las autoridades locales reconocen que la informalidad en el espacio público es un fenómeno que se intensifica en diciembre. En Bucaramanga, los censos indican que más de 4.500 personas ejercen ventas en el espacio público, de las cuales dependen más de 12.000 integrantes de sus núcleos familiares. Las cifras evidencian que no se trata de un problema menor ni fácil de erradicar.
Desde la Alcaldía se han planteado alternativas de reubicación y formalización, apoyadas en el Plan Maestro de Espacio Público, así como rutas de empleabilidad y emprendimiento lideradas por el IMEBU. También se anuncian controles estrictos y programas sociales para mitigar las necesidades básicas de estas familias. No obstante, en la práctica, el impacto de estas medidas aún no logra descongestionar el Centro.
Mientras las políticas avanzan lentamente, la realidad diaria se impone con fuerza. La falta de una solución integral mantiene el conflicto latente: operativos que desplazan temporalmente a los vendedores, quienes regresan horas después; peatones resignados a caminar por la calle; conductores atrapados en trancones interminables.
El Centro de Bucaramanga se debate así entre la necesidad social y el orden urbano, entre el derecho al trabajo y el derecho al espacio público. Resolver esta tensión exige algo más que controles esporádicos.
Al caer la tarde, el panorama en El Centro vuelve a repetirse. Los pitos retumban, la algarabía sube de tono, los andenes desaparecen bajo la mercancía y la temporada decembrina se instala con todo su bullicio. El caos, más que una postal, es el síntoma de un Centro que cada día que pasa ‘hierve más’.















