Reynaldo no solo creció entre bobinas de papel periódico y el sonido de las rotativas: se formó al ritmo de la sala de redacción y del rigor empresarial que aprendió al lado de su madre, Zoraida Uribe Sandoval. Reynaldo José D’Silva Uribe asume la Gerencia de Vanguardia destacando un legado de honor, compromiso y transparencia.

Pocas personas pueden afirmar, al llegar a la madurez de la vida, que atravesaron el alma de una prole y transformaron el vínculo del trabajo en una relación de familiaridad nacida de la costumbre y del deber. Menos aún son quienes pueden decir que echaron raíces tan hondas hasta el tuétano de una empresa, al punto de ser testigos privilegiados — viendo y actuando- de la evolución de su casa matriz durante cincuenta y nueve de los ciento seis años de existencia institucional. Ella sí.
Zoraida Uribe Sandoval dejó atrás los tupidos cafetales de Cuesta Rica, uno de los más bellos corregimientos de Rionegro, Santander, por donde anduvo siendo niña, mucho antes de saber que, en una década aciaga del siglo XX, los granos rojos de aquel tapiz que dan a Colombia su nombre de país cafetero se estremecerían bajo el trepidar de interminables columnas de violencia. Hombres armados cruzaron las siembras de lado a lado, abriendo surcos en la tierra y cicatrices en la memoria, de tanto marchar. Por fortuna ya no estaba por allí cuando todo eso ocurrió.
De aquellos campos partieron, uno a uno, los hijos de José del Carmen Uribe y Felipa Sandoval de Uribe: Carmen, Noel, Álvaro y Zoraida, la última de esa estirpe.
“Me parece que volvemos a la casa de donde yo nunca me he ido. Han pasado tres momentos, tres herencias, tres generaciones, viene una cuarta que les compete a los Uribe”.
Por azares del destino, varios habrían de integrarse al mundo de los las tintas y el papel. Carmen emigró a Caracas, Venezuela, donde forjó su camino en la entonces vibrante capital petrolera y se convirtió en empresaria al fundar una imprenta: testimonio vivo de su talento y de su amor por la palabra impresa, que Zoraida honró durante casi seis décadas ininterrumpidas en la casa editorial que se volvió su segundo hogar. Y si el corazón no hubiese sido traicionero, Álvaro habría dejado algo más que su huella silenciosa como artífice de las redes de distribución, circulación y negocios del primer diario del oriente colombiano.
Ya Alejandro Galvis Galvis la había visto en acción, escuchado sus opiniones y consejos, sincronizado sus movimientos con el orden previo de quien se convertiría en pieza fundamental de su agenda diaria, para luego, con más hechos demostrados que credenciales ‘heredársela’ a su hijo Alejandro Galvis Ramírez. En ese instante comenzaría la implosión del instinto empresarial en expansión y ella ahí… en esas jornadas frenéticas debió trasladar de manera literal sus funciones maternas con sus retoños al mismo radio suyo. Reynaldo también comenzó su convivencia temprana con el eje gerencial que 51 años después asumiría.
“Aquí aprendí a manejar bicicleta, trabajar en mecánica, organizar el periódico, fue mi refugio los dos años que perdí en la escuela…”. En algún momento escuchó o sintió cerca como se tomaba decisiones rápidas pero certeras que fueron anotadas en el inconsciente cuando se escondía debajo del escritorio de su mamá, jugando. En esos instantes de diversión pudo inocular parte de la herencia que hoy gerencia, porque desde infante sintió que aquel espacio era parte de su hogar.
Por los pasillos de esa inmensa casa productora de noticias ya correteaban igual que él, su hermana mayor Zoraida D’Silva Uribe, otros cercanos por edad y afinidad -también de pantalón cortico- como Alejandro, Ernesto, Ignacio y Rodolfo Galvis Blanco cuando doña Clara Inés Blanco de Galvis los llevaba a la misma inducción de vida para que se untaran de tinta o jugaran por entre las enormes bobinas de papel periódico en cuyas sábanas se escribía parte de la historia regional. Aquellos cilindros de una tonelada de peso cada uno que fueron custodiados con recelo por el maestro Rafael Valderrama y luego por Pedro Duarte.
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Debió ver por ahí a los hermanos del mejor amigo y jefe de su mamá, a Hortencia, Silvia y Virgilio; a los primos Aldo Bolio Galvis y Sebastián Hiller Galvis.
Yo sabía más de esta casa que de la mía. Yo no sabía nada. Se fueron estableciendo lazos muy profundos. Se convirtió casi en un tema de la casa. Hay que tener lealtad y responsabilidad, son fundamentales.
Quizá hasta se escondió por los terrenos de doña Isolina Ballesteros, de Alicia Bohórquez cuando María Isabel Colmenares aprendía los secretos contables que la trajeron hoy a controlar los gastos. O anduvo por los recodos de quienes con tesón le seguían el ritmo de Próspero Rueda, Roberto Franco, Leonor Santamaría, Fernando García, Jorge Sarmiento y otros a quienes la memoria traiciona desdibujando recuerdos, que integraban el equipo materno. Zoraida procesaba cada cargo, escalaba.
El tiempo, inexorable, anduvo mientras con la itinerancia Reynaldo fue alineando su camino profesional hacia lo que requeriría cuando llegara este impensado momento para asumir: ingeniería de mercado, maestría en asuntos tributarios, abogacía y una especialización de la que solo es posible graduarse en casa: ser persona.
¡Bienvenido nuevamente a su casa!

















