Bucaramanga
Miércoles 04 de febrero de 2026 - 06:27 PM

Los rostros de la solidaridad: La Posada del Peregrino

Verónica Hernández tiene 62 años. Va tres veces por semana a la Posada del Peregrino. Al salir, sonríe y dice: “Me sobró almuerzo”. En su casa, explica, “no todos los días alcanza la olla para todos”. Le contamos su historia.

Los caminos del hambre. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA
Los caminos del hambre. Foto: Juan Ortega/ VANGUARDIA

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La Posada del Peregrino abrió sus puertas en 1988. Desde entonces, se convirtió en un lugar donde el hambre encuentra alivio y las personas, un poco de calma. No es solo un comedor. Es un espacio donde todos los días se cocina comida, pero también esperanza.

Además del programa de almuerzos, la fundación cuenta con el programa un Jardín Infantil y Preescolar que atiende a 70 niños, hijos de madres cabeza de hogar. La mayoría vive en asentamientos. Allí reciben cuidado, alimentación y educación en prejardín, jardín y transición. Para muchos, es la única oportunidad de crecer en un entorno seguro.

Los rostros de la solidaridad: La Posada del Peregrino. Foto: Marco Valencia/ VANGUARDIA.
Los rostros de la solidaridad: La Posada del Peregrino. Foto: Marco Valencia/ VANGUARDIA.

Cada mañana, mucho antes de que el primer plato llegue a la mesa, hay alguien que ya empezó la jornada. Desde hace 18 años, ella se encarga de preparar los alimentos. Es de Sincelejo, madre de cuatro hijos. Se levanta a las cinco y media de la mañana, reza el rosario, se baña y a las siete ya va camino a la Posada. Hoy el menú es fríjoles con pesuña, arroz blanco, yuca cocida, ensalada, huevos cocidos y jugo de mora. Alcanzará para 220 personas.

“No hay que pasar hambre para entenderlos”, dice. “Todos somos seres humanos. Uno no sabe en qué momento un hijo de uno puede caer en eso”. Por eso los mira con cariño, con respeto. Porque, como ella misma dice, detrás de cada persona hay un porqué.

Cecilia Herrera y más voluntarios en la cocina. Fotos: Marco Valencia/ VANGUARDIA
Cecilia Herrera y más voluntarios en la cocina. Fotos: Marco Valencia/ VANGUARDIA

En la cocina no está sola. A su lado trabaja William García, barranquillero, quien lleva siete años en la Posada. “Yo sí he pasado hambre, y con hambre nadie duerme”, dice sin pensarlo dos veces. Antes se dedicaba al reciclaje. Hoy pone su grano de arena para que otros no vivan lo que él vivió.

Desde hace 14 años, Carmen Alexa Barajas es la administradora de la Fundación. A las 11:30 de la mañana empieza la entrega de fichos para el almuerzo de las 11:50. “Dios lo bendiga”, es la frase que más se repite cuando reciben el turno. “¿Alguien falta por ficho?”, pregunta una voluntaria. Hay afán, hay desorden, pero en los rostros se repite lo mismo: gratitud.

Afuera, las historias esperan su turno. “Vengo desde el lunes”, dice un hombre de 75 años que llegó hace apenas dos días. Juan Pablo Amaya tiene 56 años y vive en la calle desde 2009. Su familia está en Bogotá. Cuando se le pregunta cómo llegó ahí, responde sin dudar: “Mi mamá me dejó una herencia de 300 millones, tuve tres tiendas… y las acabé todas”.

Los rostros de la Posada del Peregrino. Foto: Marco Valencia/ VANGUARDIA
Los rostros de la Posada del Peregrino. Foto: Marco Valencia/ VANGUARDIA

Cuando ingresan, se sientan en mesas grupales. Antes de comer, hacen una oración para dar gracias por los alimentos. Luego los voluntarios empiezan a servir plato por plato. Hay niños, mujeres, hombres, pero sobre todo adultos mayores.

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Entre quienes ayudan también hay historias. Reinaldo Pérez llegó hace diez años, acompañado de su esposa. Pablo Guerrero es músico, integra un grupo de mariachis y trabaja de noche. Aun así, saca tiempo para ir todos los días a la Posada. “La Posada del Peregrino es un pedacito del cielo”, dice cuando se le pregunta qué significa para él.

Una mirada en espera de alimento. Foto: Marco Valencia/ VANGUARDIA
Una mirada en espera de alimento. Foto: Marco Valencia/ VANGUARDIA

“Yo ayudo porque Dios ha hecho muchas cosas por mí”, dice uno de los servidores. Hace algunos años fue operado de corazón abierto. Hoy está bien, sano.

Los almuerzos dependen de las donaciones que llegan cada día. A veces alcanza justo. A veces sobra un poco. Pero siempre hay algo seguro: nadie se va sin un plato… y sin un “Dios le pague”, un “Dios bendiga sus manos”, un “gracias” dicho desde el corazón.

Una mano amiga. Foto: Marco Valencia/ VANGUARDIA
Una mano amiga. Foto: Marco Valencia/ VANGUARDIA

Eso es la Posada del Peregrino: un lugar donde alimentar no es solo servir comida, sino acompañar en el silencio y recordarle a cada persona que en medio de la necesidad no está sola, que siempre tendrá una mano amiga.

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