Bucaramanga
Domingo 22 de marzo de 2026 - 07:33 PM

Burro, barril y bobito: las ‘Tres B’ que bebía Bucaramanga

Hoy, cuando basta girar una llave para que el agua aparezca sin esfuerzo ni historia, cuesta imaginar esa Bucaramanga donde cada gota tenía rostro y camino. Conozca la historia del icónico y nostálgico Acueducto de las ‘Tres B’.

Las Chorreras de Don Juan fue un antiguo acueducto de Bucaramanga, ubicado la ladera de la hoy calle 45, mejor conocido en la época como ‘Tres B’; Bobo, Barril y Burrito. Foto de 1889 / Gavassa.
Las Chorreras de Don Juan fue un antiguo acueducto de Bucaramanga, ubicado la ladera de la hoy calle 45, mejor conocido en la época como ‘Tres B’; Bobo, Barril y Burrito. Foto de 1889 / Gavassa.

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En la época de nuestros abuelos, cuando las calles de Bucaramanga eran de piedra irregular y el tiempo se medía con las campanadas de la parroquia y los relojes de antes, existió un sistema tan sencillo como ingenioso para acceder a una gota de agua. La ciudad lo bautizó con una singular picardía: el acueducto de las ‘Tres B’.

Recordemos que antes de las tuberías y los grifos modernos, el agua no llegaba: se tenía que conquistar. Había que buscarla, escudriñar la tierra, ‘arrancarla’ de nacimientos escondidos o rescatarla de aljibes que parecían custodiarla como un secreto antiguo.

El agua era un bien esquivo, casi sagrado; bueno, aún lo es. Pero entonces no corría por redes invisibles ni obedecía a válvulas metálicas: caminaba la ciudad. Y en ese tránsito adquiría dimensión humana: cada gota tenía memoria, cada trayecto era una historia y cada entrega implicaba un esfuerzo que hoy resulta difícil de imaginar.

No había planos hidráulicos; había sed y tocaba calmarla como fuera. Esa necesidad obligó a la ciudad a inventarse en torno al agua. Surgió así una economía elemental pero eficaz, donde el ingenio suplía la ausencia de tubos y el trabajo manual sostenía la vida cotidiana.

La sequía se desvanecía en nacimientos dispersos: La Payacuá, La Guacamaya, La Rosita… y, entre todos, las inolvidables Chorreras de Don Juan, donde la tierra dejaba escapar su tesoro más puro. Allí, bajo la sombra de los árboles, el agua manaba sin descanso.

A su alrededor se organizó una cadena de trabajo. Hombres de oficio llenaban barriles de madera con destreza casi milimétrica, cuidando cada litro como si fuera oro líquido. No era solo un oficio: era una responsabilidad. De ellos dependía que la ciudad bebiera, cocinara, lavara, se bañara y siguiera viviendo.

¿De dónde surgieron las ‘Tres B’?

Y es en ese paisaje donde nacen las ‘Tres B’ con las que comenzamos esta historia. Era una expresión que mezclaba ironía y reconocimiento: burro, barril y bobito. Tres palabras sencillas que hicieron historia y hoy retratan un barrio entero; incluso hay un parque que conserva ese nombre, justo a la entrada de San Miguel.

El burro era el ‘filósofo’ del camino: silencioso, resistente, dueño de una paciencia ancestral. Conocía cada piedra, cada pendiente y cada atajo. En una ciudad sin pavimento, su paso lento no era una limitación, sino una garantía. Sobre su lomo descansaba la logística del agua.

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El barril, por su parte, era más que un recipiente: un cofre de madera firme que guardaba el agua fresca, protegiéndola del calor y del polvo.

Y el bobito… ¡ah, el bobito! Así llamaban al ‘aguador’, con esa mezcla de cariño y burla tan propia de los bumangueses. Pero de ingenuo tenía poco. Era el ‘cerebro’ del sistema: sabía dónde había demanda, quién podía pagar, quién debía fiar. Administraba rutas y clientes con una lógica empírica pero eficaz. En él se encarnaba una forma temprana de emprendimiento urbano.

Todo esto ocurría a comienzos del siglo XX. Aquel engranaje fue bautizado con humor como el acueducto de las ‘Tres B’. No era oficial, pero sí indispensable; no era moderno, pero sí funcional; no era barato, aunque imprescindible para la economía doméstica.

Porque el acceso al agua también revelaba desigualdades en ese entonces. Bañarse no era un hábito cotidiano, sino un privilegio. En los antiguos baños La Filadelfia, muchos encontraban alivio apenas una vez por semana.

El costo lo decía todo: cinco pesos la tonelada. Una familia podía gastar cerca de cincuenta pesos al mes, lo mismo que ganaba un empleado oficial. Así, el agua no solo calmaba la sed: organizaba el presupuesto y marcaba diferencias sociales.

Foto de Gavassa, la cual evoca las antiguas Chorreras de Don Juan. (Archivo/VANGUARDIA)
Foto de Gavassa, la cual evoca las antiguas Chorreras de Don Juan. (Archivo/VANGUARDIA)

Las rutas del agua, desde nacimientos como Chorreras de Don Juan, se convertían en la rutina diaria. Frente a la iglesia de San Laureano, la escena se repetía como un teatro popular: burros cargados, barriles húmedos y hombres que no solo entregaban agua, sino que garantizaban la continuidad de la vida urbana.

En 1916, el impulso de José de Jesús Trillos marcó un punto de inflexión con la creación de la Compañía Anónima del Acueducto. Fue el inicio de la modernización. Pero el cambio no ocurrió de inmediato. (Le puede interesar: Así será el corte de agua en Bucaramanga)

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Durante años coexistieron dos mundos: el de la técnica emergente y el de la tradición. Mientras la modernidad abría zanjas, los aguadores seguían recorriendo las calles y el agua llegaba, gota a gota, con rostro humano.

En patios como los de Chorreras de Don Juan -donde más tarde florecieron memorias familiares- el agua siguió brotando de formas simples, recordando que el origen no desaparece del todo.

Por allí pasó también don José Pisa, con sus tres burros -blanco, negro y marrón-, repartiendo no solo agua, sino cercanía, hasta convertirse en una figura entrañable de ese tiempo.

Y cerca, las lavanderas —doña Carmen, doña Sabina, doña Nativa— hacían del agua su sustento. Entre tabaco, risas y conversación, convertían el trabajo en comunidad, como si cada prenda llevara un fragmento de ciudad.

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Pero quizá ahí reside la lección más profunda: el progreso no borra la memoria, solo la vuelve invisible.

Hoy, cuando conmemoramos el Día del Agua, también recordamos el viejo acueducto de las ‘Tres B’, que no sólo abasteció a la ciudad, sino que inmortalizó al burro, al barril y al bobito. Aunque, insisto, de bobo no tenía ni un pelo.

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