Recuerdos de concreto: el puente que marcó una gran época en Bucaramanga.

Con el paso de los años, hay obras que dejan de ser simples estructuras de concreto para convertirse en parte de la memoria colectiva de una ciudad. El puente de Conucos, en Bucaramanga, es una de ellas. ¡En efecto! Hoy evocamos un lugar que permanece en el recuerdo de quienes conocieron la ciudad de ayer, cuando sus calles tenían otra apariencia, los barrios comenzaban a extenderse y las nuevas obras de infraestructura anunciaban el crecimiento de la capital santandereana.
Aunque hoy su estructura original ya no existe y en su lugar vemos otro paso elevado, su historia sigue ligada a la de miles de bumangueses que lo vieron formar parte del paisaje urbano durante 44 años, entre 1972 y 2016.

Quienes transitan hoy por el sector de la Puerta del Sol y la autopista hacia Floridablanca quizá no se detienen a pensar en lo que alguna vez representó aquel puente. Sin embargo, detrás de su historia permanece el recuerdo de una ciudad que crecía, de unas vías que necesitaban conectarse y de una época en la que la ingeniería comenzaba a responder a los nuevos retos de la movilidad.
Recordar el puente de Conucos es, precisamente, emprender un viaje al pasado. Es volver a encontrarse con una Bucaramanga distinta, recuperar las imágenes de sus antiguos caminos y evocar una obra que, más allá de su función vial, terminó convirtiéndose en una referencia familiar para varias generaciones.
Fue un puente que, sin proponérselo, acompañó miles de recorridos cotidianos y se hizo parte de esas pequeñas cosas que, con el tiempo, adquieren un valor sentimental que solo se comprende plenamente cuando dejan de existir.
La historia del puente de Conucos se remonta a 1972, cuando el reconocido ingeniero civil Enrique Paillié Mantilla, especializado en estructuras, tuvo a su cargo el diseño de esta obra, concebida para garantizar la prolongación de la carrera 33 sobre la nueva autopista Bucaramanga-Floridablanca. Su construcción respondía a las necesidades de una ciudad que comenzaba a expandirse hacia el sur y que requería nuevas conexiones para facilitar el desplazamiento de sus habitantes.

Por aquel entonces, la carrera 33 terminaba en la calle 56. A partir de allí, el camino era de tierra y conducía hacia emblemáticas instituciones educativas que forman parte de los recuerdos de muchos santandereanos: los colegios La Presentación y La Merced.
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Era una Bucaramanga que todavía conservaba rincones de apariencia rural, mientras el crecimiento urbano comenzaba a dibujar nuevos caminos y a transformar, poco a poco, el paisaje de sus alrededores.

En aquellos años, el crecimiento de Bucaramanga exigía obras capaces de acompañar la expansión de sus vías y mejorar la conexión con los municipios vecinos. En ese contexto, mientras el gobierno del entonces presidente de Colombia, Misael Pastrana Borrero, avanzaba en la construcción del viaducto García Cadena, el puente de Conucos adquiría importancia para garantizar la continuidad de la autopista hacia Floridablanca. Así, aquella estructura comenzó a cumplir una función esencial en la transformación del corredor vial y en la consolidación de una conexión que, con el paso del tiempo, se volvería fundamental para la movilidad del área metropolitana.

Durante más de cuatro décadas, el puente permaneció allí, como parte del paisaje de Conucos, mientras a su alrededor cambiaban las edificaciones, aumentaba el tránsito vehicular y Bucaramanga continuaba su proceso de expansión. Por encima y por debajo de su estructura pasaron automóviles, buses, motocicletas y miles de personas que, entre las prisas de la mañana, los regresos al hogar y las ocupaciones de cada día, hicieron de aquel lugar una presencia habitual en sus vidas.
El puente acompañó la Bucaramanga de los años setenta, ochenta, noventa y las primeras décadas del siglo XXI. Vio cambiar su entorno, crecer los barrios y multiplicarse los vehículos; fue testigo silencioso de una ciudad que poco a poco dejaba atrás muchos de los paisajes de su pasado. Su presencia se volvió tan habitual que parecía destinado a permanecer allí para siempre. Nadie que lo viera día tras día podía imaginar fácilmente que un día desaparecería y que, después de su caída, bastaría evocar su nombre para despertar recuerdos de otra época.
Pero el tiempo también transforma aquello que parece permanente. Las necesidades de movilidad impusieron nuevos cambios y, con ellos, llegó el momento de despedir una estructura que durante 44 años había acompañado la vida cotidiana de Bucaramanga.
El día en que el viejo puente cayó

En 2016, las obras de ampliación del Tercer Carril hicieron necesaria la demolición de la antigua estructura. La decisión respondía a las nuevas exigencias de la infraestructura vial, pero también significaba despedir un elemento que había acompañado la evolución de Bucaramanga.
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La fecha quedó grabada en la historia urbana: el 4 de junio de 2016. Ese día, el viejo puente de Conucos fue derribado mediante una implosión que concentró la atención de las autoridades, los equipos técnicos y numerosos ciudadanos que se acercaron para presenciar el acontecimiento. No se trataba de una demolición cualquiera. Con la caída de aquella estructura desaparecía también una imagen familiar para varias generaciones de bumangueses, una presencia que había acompañado durante décadas sus recorridos por la ciudad.
La operación estuvo a cargo de la firma Atlas Implosiones, bajo la dirección de Juvenal del Castillo, reconocido por su participación en la demolición del edificio Space, en Medellín. El procedimiento exigió una preparación minuciosa y estrictas medidas de seguridad para proteger a quienes vivían o transitaban cerca del lugar. En la vieja estructura se abrieron alrededor de 1.500 orificios, en los que se instalaron barras de indugel, utilizadas para provocar el colapso controlado del puente.
De igual forma, fue necesario acordonar la zona y evacuar a más de 400 personas que residían en el conjunto de apartamentos de la Puerta del Sol, situado justo frente al paso elevado. Todo debía estar dispuesto para que la operación se desarrollara de manera segura y controlada.

Aquel día, el entonces gobernador de Santander, Didier Tavera Amado, fue el encargado de accionar el botón que detonó los explosivos, con la asesoría y el acompañamiento de los expertos responsables del procedimiento. Bastaron apenas cuatro segundos para que el puente se desplomara y desapareciera del paisaje urbano. El estruendo, el polvo y el movimiento de la estructura marcaron el final de una época. Allí, frente a la mirada de quienes habían acudido a presenciar el acontecimiento, desaparecía una construcción de concreto, pero también se desvanecía una imagen que durante décadas había acompañado la vida cotidiana de la ciudad.
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Tal vez para algunos fue, ante todo, una demostración de ingeniería; para otros, el comienzo de una nueva etapa en la movilidad del sector. Y seguramente hubo quienes, al ver caer el puente, sintieron que se marchaba algo más que una estructura: se iba una parte de aquella Bucaramanga que habían conocido, recorrido y guardado en sus recuerdos.
Las imágenes de la implosión comenzaron a circular y a ocupar un lugar en la memoria de quienes presenciaron aquel momento o siguieron con asombro los acontecimientos. Desde entonces, la fecha del 4 de junio de 2016 quedó asociada a la despedida de un viejo conocido de la ciudad.

La demolición abrió paso a una nueva etapa para la infraestructura vial del sector, en medio de las obras de ampliación del Tercer Carril y de las transformaciones que continuaban modificando la movilidad del área metropolitana. Como ocurre con tantas obras que desaparecen para dar paso a otras, su reemplazo respondió a las necesidades de una ciudad en crecimiento.

El puente de Conucos ya no está, pero su historia permanece en las fotografías, en los relatos de quienes lo conocieron y en los recuerdos de quienes durante años lo tuvieron como referencia en sus recorridos por Bucaramanga. Allí donde antes se levantaba su estructura, todavía es posible reconstruirlo con la imaginación: volver a verlo sobre la autopista, recordar su silueta y evocar aquellos tiempos en los que formaba parte inseparable del paisaje.
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Ese paso elevado comenzó con una necesidad de ingeniería, acompañó la expansión urbana y terminó con la referida implosión. Sin embargo, el recuerdo de sus 44 años de existencia sigue vivo entre quienes reconocen en aquella estructura una parte de la ciudad que conocieron y que ayudaron a construir, no con planos ni herramientas, sino con sus propias vivencias.

Hoy, al pasar por el sector de la Puerta del Sol, vale la pena detenerse un instante e imaginar cómo era aquel lugar antes de que las nuevas obras transformaran su apariencia. Volver a dibujar mentalmente el puente levantado sobre la autopista, evocar los recorridos de otros tiempos y recordar aquella Bucaramanga que crecía alrededor de sus vías es una manera de comprender que la historia urbana también se escribe a partir de los pequeños detalles que acompañan la vida de la gente.
El puente de Conucos desapareció físicamente el 4 de junio de 2016, pero su historia sigue siendo una invitación a mirar el pasado con nostalgia y a reconocer que los lugares también dejan huella en la memoria colectiva. Bucaramanga cambió, sus vías se transformaron y nuevas estructuras ocuparon el espacio de las antiguas. La ciudad continuó avanzando, como lo hacen todas las ciudades que crecen y se reinventan. Pero hay recuerdos que no pueden demolerse ni desaparecer en cuatro segundos.
La ciudad siguió su camino. Pero en la memoria de muchos bumangueses el puente todavía permanece en pie, suspendido en el tiempo, como una imagen querida de aquella Bucaramanga que ya no existe de la misma manera, pero que nunca termina de irse del todo.
Porque, aunque el concreto desaparezca, hay lugares que siguen viviendo en nosotros. Y mientras alguien recuerde el viejo puente de Conucos y tenga una historia que contar sobre él, aquella estructura seguirá formando parte de Bucaramanga: no ya en sus calles, sino en el corazón y la memoria de su gente.

Para tener en cuenta
- ¿Qué recuerdos guarda del viejo puente de Conucos? ¿Lo cruzaba camino al colegio, al trabajo o de regreso a casa? ¿Cómo recuerda aquella Bucaramanga en la que el paso elevado formaba parte del paisaje cotidiano? ¿Estuvo presente el día de la implosión o siguió con asombro la caída de la estructura? Tal vez conserve una fotografía, una anécdota o el recuerdo de alguno de esos recorridos que, con los años, adquirieron un significado especial. Compartir esas experiencias es una manera de preservar la memoria de la ciudad y de transmitir a las nuevas generaciones la historia de aquellos lugares que acompañaron la vida de sus padres y abuelos.
















