domingo 02 de agosto de 2020 - 12:00 AM

La crueldad de una venganza: El lado más oscuro de Bucaramanga

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El asesinato y desmembramiento de dos personas en un edificio del centro de Bucaramanga hace parte de uno de los capítulos más crueles de la historia judicial de la ciudad. Han pasado 11 años desde esos crímenes. Esta es su historia. Vea un nuevo capítulo de ‘Expedientes de Prensa’ en Vanguardia.com

Llegaron antes del mediodía de ese domingo 30 de agosto de 2009. Detuvieron el camión de estacas junto a un matorral, al lado de un grupo de árboles de bambú. Estacionaron el vehículo, utilizado para realizar acarreos, a un costado de la vía entre los barrios San Martín y El Sol de Bucaramanga. Estaban debajo del viaducto La Flora. Al conductor le dijeron que el trasteo tenía como destino un barrio de Floridablanca.

La pareja de sujetos de mal aspecto le indicó al chofer que parara en este lugar. Los hombres abrieron la parte de atrás del vehículo. Acomodaron en tres lugares distintos dos costales. Un viejo colchón con estampas de flores de color rojo y un cabecero roto de madera de una cama. Subieron al camión y se marcharon.

Esa tarde, un reciclador, interesado en lo que parecía ser unos cachivaches abandonados con potencial valor económico en el mercado de ‘Las Pulgas’, abrió uno de los costales. La escena fue una sorpresa. Asustado el reciclador huyó del lugar al encontrarse con las piernas cercenadas de un hombre. Los vecinos del sector recordaron que, de una bolsa blanca, no muy grande, emergieron dos pies, con medias y zapatos de color negro. Sofocados por el horror que les causaba la imagen llamaron al CAI, cuyos patrulleros al principio no creyeron en la versión de los restos humanos en el costal.

Recuerdan los vecinos que tuvieron que marcar varias veces al teléfono de la Policía para que llegara una patrulla a verificar.

Los patrulleros comprobaron que efectivamente se trataba de un cadáver. En un costal más, un poco retirado del primero y en el colchón, estaba los restos del cuerpo de un hombre. Arribaron investigadores especializados de la Policía y la Fiscalía. Dos preguntas los golpearon de frente: ¿Quién era la víctima? ¿Por qué descuartizarlo?

Unidades del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía realizaron el levantamiento y trasladaron el cuerpo hasta el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. La identificación del cadáver se hizo por medio de sus huellas dactilares. Se trataba de Luis Daniel Jaimes Silva, de 44 años. Se conoció luego que su último trabajo consistía en administrar un hotel-residencia, ubicado en la carrera 18 con calle 31. Allí comenzó una frenética pesadilla, que nunca terminará para una familia. Ellos no pudieron dar sepultura a una hija.

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Para los investigadores este hotel no era desconocido. El grupo de Estupefacientes de la Sijín tenía identificado el inmueble como un centro, no solo de distribución, sino de consumo de estupefacientes.

- La gente compraba droga y los dejaban ingresar a un cuarto donde consumían varios. Era una reconocida ‘olla’...

Lo dijo un veterano investigador de la Policía, quien recordó que realizó allí un par de allanamientos dentro de investigaciones por microtráfico. Los encargados de la venta y distribución de los alucinógenos casi siempre escapaban. Se trataba de un edificio de cuatro pisos y los traficantes tenían una vía de salida por el techo, luego de que los ‘campaneros’ alertaran las movidas inusuales en esta convulsionada calle. Bastaba un nombre para que se pasara la voz que Policía rondaba la zona:

- Mario. Mario. ¡¡¡Mario!!!

El hotel-residencia está ubicado en la mitad de un territorio dominado por traficantes de drogas, bandas dedicadas al hurto, pequeñas residencias que alquilan de forma individual o colectivamente cuartos para el consumo de drogas o el comercio sexual. Afuera, en sus aceras a lo largo de dos cuadras, deambulan habitantes de calle, esqueletos andantes que parecen no tomar alimentos, comerciantes de chucherías, ladrones, ‘cosquilleros’ que traen o salen a buscar botín, y potenciales consumidores en busca de su ‘traba’. Su nombre, la ‘calle del cartucho’, por donde los transeúntes evitan pasar. Atravesar esta vía desprevenido sería una locura.

En el aire hay, atrapadas a los bordes de los días, además del oleaje de las fumarolas de bazuco, la tensión de que en cualquier momento se encienda una pelea a cuchillo y caiga un muerto. En este recoveco ‘el vivo’ vive y se recuerda a los difuntos, o más bien las escenas en donde quedaron.

Por ejemplo, “allí mataron a tal”, “más allá quedó otro”. En este lado los de ‘limpieza’ tiraron hace años una granada, quedaron tantos despedazados en la calle.

El día y la noche aquí se evaporan en una bocanada si se tiene dinero. Recorrerla es ver rostros. Nadie es ajeno al festín de la ‘calle del cartucho’. Esquina de adictos, quienes se olvidaron de sí mismos y ahora son espíritus de lo que eran.

“En esta zona había unos hotelitos y residencias donde la gente se guarecía. Había muchos negocios de expendio de alucinógenos. Era muy sórdido. Operaban bandas delincuenciales y comercio sexual. Se registraron varios homicidios y atentados. En ‘calle del cartucho’ la noche era eterna...”, recuerda Helman Villamizar, cronista y editor de Q’hubo al recorrer esta semana las cuadras en la actualidad donde se pueden leer mensajes en paredes sucias donde se recuerda que tomar las esquinas o recovecos como letrina ahora está prohibido: “Evítese una paliza”, aparece escrito con muy mala caligrafía. Estrategia de algunos comerciantes que recuperaron unas cuadras a fuerza de ‘planadas’ de machete y bolillo, pero también perdieron otras. En una batalla que ya supera generaciones.

Bomberos, fachada de operativo

Los investigadores de la Policía, tras hacer inteligencia en el sector, programaron para el jueves 10 de septiembre un operativo para revisar el hotel-residencia. Tenían en la mira, tras labores de inteligencia, a unos sospechosos del crimen de Luis Daniel Jaimes Silva. Pero dos noches antes un hallazgo volvió a alertarlos. Algo pasó en ese hotel y debían actuar pronto.

Ese martes 8 de septiembre, a las 9:30 p.m., a media cuadra del hotel-residencia, apareció una cabeza y un brazo en estado de descomposición. Estaban envueltos en bolsas de basura y cubiertos de cal. Un camión de la Empresa de Aseo de Bucaramanga realizaba su recorrido habitual. El operario tomaba las bolsas y las lanzaba al camión compactador. Una rutina nada novedosa. Al llegar a la esquina de la calle 30 con carrera 18, tomó una de las bolsas y ocurrió:

En el momento en que la iba a lanzar la bolsa, se rompió. De allí salió la cabeza de un cristiano...

El operario de la Emab recordó que la cabeza estaba llena de cal y no se reconocía bien por el estado de descomposición. En los alrededores donde se produjo el hallazgo la gente comentó que podría pertenecer a un travesti, quien llevaba un tiempo desaparecido. Curiosos acudieron al lugar. Ver una cabeza cercenada en medio de una vía del centro de Bucaramanga era el foco de atención de una sociedad morbosa, a pesar de los esfuerzos de unos patrulleros por aislar el lugar.

- Usted no se imagina el susto tan terrible. Yo no supe dónde quedé, dijo el operario del carro recolector de basura.

En otra bolsa, en esa misma esquina, apareció un brazo y algunas prendas femeninas. Los investigadores de la Policía realizaron un barrido en los alrededores de la cuadra, temían que el resto del cuerpo estuviera también oculto entre más bolsas de basura. No se encontró nada más. Tiempo después se tendría certeza de dónde estaría el resto del cadáver. Hallarlo sería una tarea casi imposible.

Para los investigadores las dos muertes tenían relación. Solo que debían hallar las pruebas que conectaran la muerte de las dos personas. Y esas evidencias estaban en el hotel. En alguna sala del Comando de Policía de Bucaramanga los investigadores estructuraron el operativo para allanar el hotel. El plan fue diseñado para evitar fugas por los techos. Para tal fin se recurrió a los bomberos.

Ese jueves, a las 4:30 p.m., un carro de bomberos se estacionó frente al edificio y desplegó una escalera. Se dijo inicialmente a la gente que se trataba de una emergencia menor, pero los hombres de la Policía estaban listos para actuar.

- Procedan...

La orden se impartió por los radios. Todos debían llegar al edificio marcado con el número 29-24. Los primeros escalaron por la escalera para cerrar la salida por el techo. Ingresaron por las ventanas y gritaron:

- ¡Policía Nacional!

A los segundos llegaron los refuerzos. Ellos esperaron pacientes a unas cuadras para evitar ser detectados por la red de ‘campaneros’. Esta vez, no se escaparían. En el inmueble estaban 10 personas, a quienes se les verificaron antecedentes. En las habitaciones se encontraron 100 papeletas de sustancias alucinógenas.

Entre las personas conducidas estaban dos sujetos que les interesaban a los investigadores de homicidios. Un adolescente de 14 años y su hermano de 24.

Ambos fueron retirados del lugar bajo una fuerte escolta de la Policía.

Al tiempo, tres grupos técnicos de investigadores de la Unidad Criminalística de la Sijín desplegaron sus instrumentos forenses. Se vistieron de trajes blancos, caretas y tapabocas (era 2009) y comenzaron a buscar fluidos corporales, como sangre, y huellas digitales. Aplicaron unos reactivos en los cuartos, hasta que llegaron al tercer piso.

Cualquier elemento es una prueba. Cualquier cosa que dejaran los homicidas, aunque sea inconscientemente, sirve como testigo contra ellos. Las pruebas físicas no se equivocan. Solo se deben encontrar. Y eso hicieron. Al llegar al tercer piso hallaron una habitación casi desocupaba y recién lavada. Eso, alertó a investigadores. Por primera vez en la historia criminalística de Bucaramanga, técnicos de la policía utilizaban reactivos especiales y luces forenses para sangre, así hubiesen lavado el lugar. Un técnico forense con una linterna especial recorrió cada centímetro de las paredes, el piso con la habitación oscura. El baño estaba ubicado al fondo. También fue escudriñado. Cuatro horas después de trabajo forense se firmaba el informe:

- Positivo para sangre...

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En el piso, en el baño y en las paredes quedaron las salpicaduras de sangre. Así el lugar hubiese sido lavado. No eran pocas. La hipótesis tomaba fuerza. En ese lugar dieron muerte y cercenaron el cuerpo de las víctimas. Solo faltaba la confirmación con el ADN extraído del cadáver de Luis Daniel Jaimes Silva y la cabeza encontrada. Si bien Luis Daniel era el administrador, a quién correspondía la cabeza y el brazo hallado, quedaba la incógnita de dónde estaba el resto del cuerpo. Las respuestas, tal vez, estaban en el interrogatorio a las dos personas conducidas.

Aplicando la última tecnología forense por primera vez en Bucaramanga, los investigadores congelaron la cabeza de la segunda víctima hallada, que registraba un alto estado de descomposición. Le inyectaron líquidos para reconstruir las facciones y confirmaron que se trata de una mujer. El brazo registraba cortadas que correspondían a un cuchillo. Similares a las halladas en el cuerpo de Luis Daniel Jaimes Silva. Ya tenía un rostro. Ahora debían saber quién era esa mujer y su relación con el hotel y los sospechosos.

Solo hasta cuatro meses después, el 14 de enero de 2010, la Policía tuvo certeza de la identidad de la mujer cuya cabeza fue encontrada a media cuadra del hotel.

Ese mes apareció un hombre que durante semanas buscó a una joven adicta a las drogas que acostumbraba a deambular por los alrededores del parque Centenario y la calle 30.

Este sujeto sostuvo una relación sentimental con la joven a la cual no veía desde un tiempo atrás. Fue entonces cuando optó por indagar en el Instituto Nacional de Medicina Legal donde le mostraron una fotografía con los rasgos morfológicos de la mujer. La identificó inmediatamente. En la calle la conocían como “Bazuquita”.

Los trabajos de los médicos forenses continuaron y luego de varios días, por medio de la carta dental de la víctima, lograron identificarla como Sandra Catalina Amaya Restrepo, una joven de entre 19 y 21 años de edad. Los investigadores, por medio de trabajo de campo, ubicaron en Medellín a los familiares y cotejaron sus muestras de sangre con las encontradas en el hotel.

De acuerdo con las pruebas forenses, a Sandra Catalina la asesinaron de varias puñaladas y descuartizaron entre el 2 y 3 de septiembre, pocos días después de que las autoridades encontraron el cadáver de Luis Daniel Jaimes Silva. Las autoridades presumen que el resto del cuerpo de Catalina Amaya Restrepo reposaría en el relleno sanitario de El Carrasco, ya que los homicidas luego de descuartizar el cuerpo lo introdujeron en varias bolsas de basura que fueron sacando por días.

Sandra Catalina Amaya Restrepo estuvo en el hotel-residencia donde trabajaba Luis Daniel Jaimes Silva. ¿Por qué la mataron? La confesión de los criminales resolvió esta duda y dejó al descubierto el grado de crueldad al que puede llegar un ser humano dominado por el impulso de la venganza y bajo los efectos de sustancias alucinógenas.

La confesión

Los dos hermanos fueron vinculados a los dos homicidios. Un tercer asesino fue capturado el lunes 28 de septiembre de 2009. Dos semanas después del allanamiento en el hotel. Algunos ciudadanos identificaron al “descuartizador”, como lo llamaban, deambulando por la calle 30 con carrera 16. Se trataba de un hombre de 33 años para entonces.

La lealtad de estos criminales fue débil y terminaron incriminándose. La Fiscalía reconstruyó los homicidios. Todo comenzó la mañana del sábado 29 de agosto de 2009. El menor de 14 años le dijo a su hermano, de 24, que le consiguiera una trabajadora sexual para pasar un tiempo en el hotel. Esta persona le pidió a Luis Daniel Jaimes Silva, que le buscara una trabajadora sexual y se la llevara a la habitación del joven.

No conocieron las razones, pero Jaimes Silva contrató los servicios de un travesti, quien llegó a buscar al adolescente. Ingresó a la habitación y solo hasta la intimidad descubrió a su acompañante. Lo expulsó del cuarto y buscó a Luis Daniel para confrontarlo. Lo último que se escuchó fue:

- Tranquilo, déjelo sano, después arreglamos.

Esa noche el hermano del joven, en compañía de otro sujeto, consumían droga en el hotel. En medio de la conversación salió el episodio con el administrador y surgió la idea de cobrar venganza. Se armaron de un cuchillo de 30 centímetros y llegaron a la habitación de Luis Daniel Jaimes Silva. El joven de 14 años los acompañaba.

El hermano mayor se le montó encima a Luis Daniel, quien dormía. Lo tomó del cuello y le propinó varias puñaladas. Luego le dijo al otro adulto que era su turno. La víctima recibió en total 24 heridas de cuchillo. Según la Fiscalía, los dos hombres le dijeron al menor de edad que “probara finura”, porque todo lo estaban haciendo por él.

El pelado tomó el cuchillo y le pegó una puñalada en el ojo. Luego le abrió el pecho y abdomen. Él dijo después que cuando vio el corazón de Luis Daniel le habían dado ganas de fritarlo y comérselo, que ahora sí sabía lo que era matar y que le había quedado gustando...
relató un testigo en el proceso penal.

Consumada la venganza, los tres homicidas discutieron qué hacer con el cadáver. Fue entonces cuando, señaló el testigo, se acordó que la mejor forma de deshacerse del cuerpo era descuartizándolo. Los tres implicados en el crimen procedieron y contrataron una camioneta para abandonar el cadáver debajo del puente La Flora. Para las autoridades, Sandra Catalina Amaya Restrepo fue asesinada y descuartizada porque fue testigo del primer homicidio. Su cuerpo fue cercenado y en bolsas de basura habría llegado hasta El Carrasco. Estas personas fueron condenadas y privadas de la libertad por la justicia.

Richard Larrotta Castillo, sicólogo especializado en salud mental, violencia y farmacodependencia, con estudios en sicología forense, aseguró que generalmente cuando se presentan estos casos “la mayoría de agresores tienden a castigar a las personas por las características que los componen, es decir, terminan odiando alguna faceta reflejada en las víctimas. Dadas estas condiciones terminan lastimando porque desde la grandiosidad que experimenta la estructura perversa le permite creerse con el derecho de castigar al otro, cuando este otro es vulnerable”.

Luis Daniel Jaimes Silva y Sandra Catalina Amaya Restrepo son dos muertos que dejó la ‘calle del cartucho’. A esta hora seguro hay algún habitante de calle consumiendo droga, con los pies desnudos, quemados por el asfalto de una ciudad oscura, que no todos conocen. Eso ya es otra tragedia.

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