Bucaramanga
Viernes 30 de noviembre de 2018 - 06:14 PM

Las 'aves Fénix' del Norte de Bucaramanga

El incendio que consumió 29 casas del asentamiento humano ‘José María Córdoba’, del Norte de Bucaramanga, puso a estas familias en el mapa. Luego de perderlo todo, algunos se levantan en medio de los escombros mientras otros más no tiene cómo hacerlo.

Las 'aves Fénix' del Norte (Foto: Elver Rodríguez / VANGUARDIA LIBERAL )
Las 'aves Fénix' del Norte (Foto: Elver Rodríguez / VANGUARDIA LIBERAL )

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Publicado por: TEXTO: VALESCA ALVARADO - VIDEOS: ALEXANDRA FRANCO

Los pies descalzos que caminan sobre los escombros de lo que un día fueron sueños hechos realidad, es el común denominador de aquel grupo de hombres, mujeres y niños, cuyas pieles ya no sienten el dolor de las esquirlas que se esconden en el suelo y se incrustan en medio de sus dedos ampollados. 

Las ruinas y ese olor característico que emana del ambiente cuando las llamas lo han consumido todo a su paso, se toman un pequeño lote invadido, desde hace décadas, por aquellos que no tuvieron otra opción, más que levantar sus techos para salvaguardarse junto a sus familias y las pocas pertenencias que cuidan como tesoros. 

Porque de lujos poco conocen aquellos relegados que con sus propias manos se han hecho camino en medio de la desgracia. Y casi como si fuese un código de convivencia, en un remoto punto, en el corazón del Norte, todos son iguales y comparten ese ‘rincón’ al que llaman hogar, pero al que muchos otros no se atreverían a probar suerte para entrar. 

Es que ni siquiera el buen actuar, en medio de la violencia que suele tomarse a los más desdichados, pudo hacerlos visibles ante un gobierno que, dicen, prefiere hacerse el de la ‘vista de gorda’. Solo la tragedia tuvo el poder de ponerlos en el mapa, no sin antes destruir los cimientos de sus sueños.

Aún así, ni el fuego, capaz de forjar los más potentes metales, pudo doblegarlos. 

Y como la mítica ave Fénix, resurgieron de las llamas.  

La lucha por no morir de tristeza

Casi como si aquella vieja canción que rinde tributo a los padres estuviera inspirada en ‘Don Manuel’, podría decirse que “él tiene los ojos buenos, una figura pesada y que la edad se le vino encima”.

Y es que alguna otra descripción para un hombre que camina con el peso de sus 75 años sobre la espalda se quedaría corta y sería poco e incluso injusta. 

Aunque dicen que el paso de los años trae consigo la insensatez del olvido, a él la memoria no le falla. 

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Recuerda que sus manos fueron las que le dieron vida a una gran casa que estaba ubicada sobre la loma, desde donde aún se ven los altos edificios de la ciudad. Reconoce que nunca ha tenido riquezas, pero su cama, la poca ropa y un pequeño televisor le bastaban.

De eso, hoy solo le queda el recuerdo. 

Y es que hace un esfuerzo para no dejarse ganar por la nostalgia cuando cuenta, entre palabras suaves y pausadas, que cuando llegó a su casa “ya estaba quemada”.

Recrea con las manos cómo era su humilde hogar mientras recorre el espacio en el que solo un viejo inodoro quedó en pie, con las marcas negras del tizne del fuego. 

La tristeza se apodera de su rostro cuando piensa que deberá empezar de cero, pues aún con la sabiduría que guarda en la maleta de la vida con más de siete décadas de recorrido, no le gusta “nada regalado”. 

Si bien tiene la fortuna que no vivir sobre los escombros, también tiene el sinsabor de no tener los recursos para cimentar otra vez lo que un día estuvo ahí. Y aunque la tragedia podría arrugar el corazón de muchos y generar la desesperación de otros, él asegura con serenidad que “de tristeza no me puedo morir”.

Porque ni siquiera los más grandes guerreros, aunque vengan con arrugas profundas y el encanto de los hoyuelos en las mejillas, pueden morir de nostalgia, aún en medio del abandono.

Amor de madre con fórmula ‘22Q11’ y corazón moldeable

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En el mundo, uno de cada cuatro mil niños nace con Síndrome de DiGeorge, una enfermedad causada por un defecto en el cromosoma 22.

Además, dos de cada 2.500 niños nacen con parálisis cerebral espástica, un trastorno congénito del movimiento dado por desarrollo anormal del cerebro.

Ninguna tiene cura y son para toda la vida.

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Y aunque la incidencia de estas enfermedades es baja, la probabilidad de que una madre de gemelos tenga a cada uno de sus hijos con estas patologías es aún menor.

Sin embargo, en el Norte, Nathaly Mayorga le ganó a las estadísticas. Sus hijos, Brandon y Emerson, de cinco años, sufren de estos trastornos. El tercero, de 19 meses, espera por los exámenes. 

Pero cuando la tragedia llega y lo envuelve todo en llamas, esa madre no tiene  tiempo para pensar en las probabilidades. Solo puede gritar, buscar a sus hijos, cargarlos en brazos, salir corriendo y pedir ayuda. 

Luego, cuando estén a salvo, mirar con dolor cómo, en solo unos minutos, todo se consume frente a ella sin poder hacer nada, solo llorar.Pero para esta mujer, acostumbrada  a ‘sacarle el quite’ a las adversidades de la vida, todo es posible. Incluso ver que tan solo un mes después de aquel trágico día las bases de su nueva casa están casi listas.

“Solo le falta el baño, la cocina y volver a conseguir las cositas”, dice, casi queriendo ignorar que aún duermen en el suelo, cocinan en la calle y bañan a los niños en el andén gracias a un tanque.

Pero al detenerse un momento para ver a sus pequeños sonriendo, jugando y dando pequeños pasos con determinación, aún en medio de la dificultad, le da un parte de tranquilidad a su corazón. 

Sin embargo, esa sensación dura poco. La expresión del rostro le cambia cada vez que recuerda que “al principio todo fue muy duro”.

El olor del humo los acompañó durante semanas y aunque recibió la promesa de que tendría su casa propia en cuatro meses, subsidiada por el Gobierno Local, sus hijos no podían quedar en el limbo mientras se decide si se ejecuta o no el proyecto. 

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Por eso, cada día, desde que sale el sol hasta que la luna alumbra, su esposo le da forma a su casa, sin lujos, ni adornos, pero sí como reflejo del poder del amor. Ese amor invencible que solo tienen papá y mamá.

Un corazón guerrero sobre ruedas

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Sentados sobre la acera, en un pequeño muro que sobresale y el cual funciona como punto de encuentro, unos cuantos niños de no más de seis años disfrutan de su refrigerio, a la vez que el calor de la mañana aumenta. 

Los pequeños, que en medio de su inocencia no dimensionan la gravedad del asunto, ignoran que a su derecha el panorama se pinta negro.

Sus ojos, que guardan la ilusión propia de los inocentes, se desvían hacia la empinada pendiente en la que un joven maniobra para subir con destreza sobre dos ruedas, las de una silla. 

Sus manos están protegidas por un par de guantes de aseo negros y unos cuantos centímetros de esparadrapo que protegen las ampollas de sus dedos de deportista paralímpico, a quien una guerra ajena le arrebató la movilidad de sus piernas. 

Una bala fue la causante de su condición. Salió disparada, hizo su recorrido en el aire por algunas milésimas de segundo y atravesó su cuerpo. Era 31 de diciembre de 2015, la última noche en la que Mario Andrés Córdoba caminaría. 

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Así lo recuerda tres años después cuando una nueva tragedia tocó a su puerta.  Frente al lote en el que antes estaba en pie su hogar, las imágenes del humo y el fuego regresan a su mente y en lo único que puede pensar es que está vivo “de milagro”. Es en eso que se basa su vida: en milagros.

Solo un par de minutos fueron suficientes para que las llamas lo consumieran todo, incluso su silla de ruedas, la que le dio glorias en la pista. Sobrevivió gracias a Johana, la mujer que desde hace diez años lo acompaña en la travesía de la vida, y quien con valentía arriesgó la suya para sacarlo.

Pero en medio de la proeza, el fuego alcanzó su brazo y una parte de la espalda. A pesar del dolor, ella no se queja. Es callada, discreta y valiente. 

Ahora, Mario sube aquella pendiente sobre una silla que está partida y que debe devolver en poco tiempo.

Aunque no es apta para su tamaño ni peso, es lo único que tiene para movilizarse. Su nivel competitivo disminuyó y a pesar de ser una de las promesas del deporte paralímpico de Santander, no ha recibido apoyo en este campo. 

Es paciente, tranquilo y optimista, pero sabe que en medio de las ruinas no podrá vivir. 

Necesita un hogar, o por lo menos los materiales para levantar una nueva base en ese pequeño espacio en el que años atrás construyó con sus propias manos y que ahora está encerrado por lonas llenas de polvo. 

15 años consumidos por el fuego

Una llamada, que no tardó más que un par de minutos, marcó el inicio de la tragedia y anunció una verdad que consumió consigo los esfuerzos con los que durante 15 años, Edinson Pérez Caballero levantó las paredes de su rancho junto a su familia. 

Eran las 3:00 p.m. del jueves 25 de octubre y al otro lado de la línea el mensaje era claro: “La casa se está quemando. Venga rápido que lo estamos perdiendo todo”.  

El calor, acompañado por la angustia, recorrió su cuerpo. La noticia le parecía increíble, pero al llegar al lugar donde antes estaba su vivienda, la vista se le nubló. Allí ya no había nada. Solo memorias. 

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Las lágrimas de aquel día gris hicieron el mismo recorrido que hacen un mes después cuando recuerda la historia, a la vez que agarra un par de ladrillos para apilarlos junto a los otros que le dan forma a lo que pronto será una pared. 

Aunque la nueva estructura ya está en pie y unas pocas pertenencias lo acompañan, las necesidades no se hacen esperar.

En especial por las noches, cuando llueve y el frío se toma el cambuche que tiene un techo provisional mientras puede mejorarlo con un par de materiales más.

Los plásticos, con los que su lote fue encerrado, ahora hacen las veces de colchón en donde cada noche descansa junto a sus dos hijos y su esposa. Dormir sobre los escombros es la única opción que les queda cuando no hay más lugar en dónde refugiarse. 

Las manos de Edinson están agrietadas por el polvo y la construcción, pero descansar no es una posibilidad. 

Sabe que debe terminar su casa pronto, incluso cuando la promesa de un proyecto de vivienda de la Alcaldía amenaza con tumbar lo que con tanto esfuerzo empezó a crear nuevamente, ahora, en medio de las cenizas. 

DATO: La Alcaldía de Bucaramanga prometió darles nuevas casas a los damnificados, en un plazo de cinco meses. Sin embargo, ellos piden un mejor subsidio. 

Publicado por: TEXTO: VALESCA ALVARADO - VIDEOS: ALEXANDRA FRANCO

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