Tongorito, sonrisa eterna de Santander, convirtió el dolor en carcajadas y sembró alegría infinita. Aunque el telón cayó, su leyenda vive en cada aplauso, en cada recuerdo y en el corazón popular. El Imct le rindió un homenaje póstumo.

Pedro Alberto Zambrano, el eterno Tongorito, no fue solamente un payaso. Fue el alma alegre de generaciones enteras, un hombre que convirtió las lágrimas en sonrisas y que hizo de la risa un acto de amor. Su vida fue un escenario inmenso donde los aplausos de los niños, el cariño del pueblo y la magia del circo se convirtieron en la razón de su existencia.

Desde pequeño entendió que su destino estaba bajo una carpa circense. Se escapaba de casa para colarse en las funciones y dejarse abrazar por ese universo de luces, tambores y fantasía. Allí nació su pasión; allí comenzó a escribirse la historia de una leyenda. Y fue también allí donde nació su nombre: Tongorito, inspirado en aquellos sombreros de payaso en forma de hongo que marcaron para siempre su identidad y su figura inolvidable.

El 12 de septiembre de 1949 estrenó por primera vez su espectáculo. Desde entonces, Santander y Colombia entera encontraron en él a un artista irrepetible. Con su traje colorido y ‘extravagante’, sus ojos saltones y su rostro cubierto de colores, Tongorito caminó por el mundo repartiendo carcajadas, esperanza y ternura. Porque detrás del maquillaje había un hombre humilde que entendió que hacer reír también era una forma de sanar.

Fue pionero de la televisión colombiana y llevó la alegría de los circos hasta los hogares con su programa Circo en Casa, en la inolvidable Animalandia. Cruzó fronteras, trabajó en grandes circos de Colombia, Chile y Europa, viajó a París, Puerto Rico y Venezuela, y en cada escenario dejó sembrada una huella imborrable. Tal vez no acumuló riquezas materiales, pero sí algo mucho más valioso: millones de sonrisas y un infinito número de amigos.
Tongorito confesaba que muchas veces hacía reír mientras por dentro lloraba. Y quizás allí residía la grandeza de su arte: en la capacidad de transformar el dolor en alegría para los demás. Fue un verdadero bufón de la vida, un hombre que, aun con la sonrisa humedecida por las lágrimas, seguía reflejando felicidad como un gran faro lleno de encanto y diversión.

Su legado no terminó en él. Construyó una familia entera de artistas que heredaron su amor por el circo y la risa. Sus hijos y su nieto continuaron llevando en sus nombres y personajes el eco de aquel hombre noble que dedicó su vida a entretener y emocionar. Tongorito no solo formó artistas: formó una dinastía del humor popular santandereano.

El reconocimiento póstumo que acabó de recibir por parte del IMCT y la declaratoria de su trabajo como Patrimonio Cultural de Santander -siendo el único payaso en obtener este honor- confirmaron lo que el pueblo ya sabía desde hacía décadas: Tongorito era, es y será una leyenda del circo santandereano. Un símbolo de resistencia artística, de amor por la cultura popular y de entrega al público.

Con tristeza, pero también con la admiración de siempre por su legado, debemos recordar que el 29 de diciembre de 2021, cuando tenía 91 años, el telón cayó para su última función terrenal.
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Pero, ¿saben algo? los grandes artistas nunca mueren, permanecen vivos en la memoria de quienes rieron con ellos, en el corazón de los niños que alguna vez aplaudieron fascinados y en la nostalgia de una ciudad que aprendió a quererlo como parte de su propia historia.

Dicen que desde ese 2021, el cielo tiene una carpa iluminada y un maestro de ceremonias anunciando con emoción y con viva voz lo siguiente:
- “Señoras y señores, con ustedes… un hombre que así tenga su sonrisa humedecida por las lágrimas, refleja alegría como un arco iris lleno de encanto y diversión. Un fuerte aplauso para… ¡Toooongoriiiiiiito!”
Y seguramente, entre estrellas y aplausos eternos, Tongorito sigue haciendo reír al universo. Paz en su tumba.












