Galería fotográfica. Las fachadas de Bucarica, que alguna vez fueron muros de concreto gris, hoy son lienzos vibrantes. En cada pared, los colores y formas cobran vida, transformando el paisaje urbano.
Era 3 de junio de 1976 y Floridablanca recibía, en ese entonces, la visita de un santandereano que, sin saberlo, dejaría una huella indeleble en su historia urbana: Hugo Gómez Rueda, gerente encargado del ya desaparecido Instituto de Crédito Territorial, ICT.
Se trataba del nacimiento del ‘Plan Habitacional Bucarica’, que buscaba transformar una antigua hacienda en un hogar para miles de familias.
La finca Bucarica, propiedad de Samuel Arango Reyes, antiguo ministro de Justicia, parecía destinada a ser algo más que un pedazo de tierra. En sus amplias hectáreas, se vislumbraba la posibilidad de levantar bloques de apartamentos o edificios sencillos de cinco pisos que albergarían a más de dos mil familias. Sin embargo, los sueños a menudo toman tiempo para cristalizarse y ese fue uno de ellos. No fue sino hasta el 16 de marzo de 1977 cuando, finalmente, la resolución que daría luz verde al proyecto fue expedida.

Había algo en el aire en aquellos años, una mezcla de esperanza y expectativa. El ICT, bajo la dirección de Gómez Rueda, se preparaba para ‘encender los motores’ de un proyecto que no solo prometía viviendas, sino dignidad. La licitación pública se abrió poco después, y, en cuestión de meses, las máquinas comenzaron a mover la tierra, preparando el terreno para lo que sería un ejemplo de vivienda popular en el país.
El abogado Gonzalo Jiménez Navas, gerente regional del proyecto, recordaba con orgullo la particular condición impuesta por Hercilia Mantilla de Arango, esposa del exministro: los árboles de Caracolí que poblaban la hacienda debían permanecer intactos.
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La anterior fue una promesa que se cumplió al pie de la letra. Los bloques de apartamentos quedaron diseñados de tal forma que respetaron la naturaleza que ya estaba allí, creando senderos que se entrelazaban entre los gigantescos árboles que aún hoy se alzan como guardianes del ayer.

En un tiempo récord de 14 meses, las primeras etapas del proyecto estaban listas, y en 1980, el entonces presidente de la República, Julio César Turbay Ayala, les entregaba las llaves a las primeras familias. Fue un momento de júbilo, el cual demostró que era posible ofrecer apartamentos dignos a quienes más lo necesitaban.
El vecindario comenzó a tejerse, con sus historias y sus personajes. En marzo de 1984, Monseñor Héctor Rueda Hernández fundó la parroquia ‘Jesús Crucificado’, nombrando como párroco a Pedro Fernández Parra.
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Este sacerdote, carismático como ningún otro, no solo sembró espiritualidad, sino que también impulsó la construcción del templo que hoy es símbolo de fe.
Los años pasaron y Bucarica se consolidó como un ejemplo de comunidad. Los residentes encontraron en esos senderos y edificios, no solo un techo, sino un hogar, un espacio donde la naturaleza y la arquitectura convivían en una gran armonía. Décadas después, Bucarica sigue siendo un referente, no solo por su historia, sino por la transformación que está viviendo.

El actual alcalde de Floridablanca, José Fernando Sánchez Carvajal, quien vivió de niño en ese sector, retomó el espíritu innovador de aquellos primeros días, lanzando un proyecto artístico y cultural.
Bajo su administración, las fachadas de los edificios están siendo transformadas en lienzos que reflejan la identidad de los florideños, convirtiendo a Bucarica en la galería de arte al aire libre más grande de Santander.
El Plan Fachada, como lo denomina el propio alcalde, no solo busca embellecer el barrio, sino también revitalizar el sentido de comunidad, uniendo generaciones a través del arte. Los murales, que comienzan a surgir en los sectores residenciales, cuentan relatos de un pasado glorioso y de un futuro lleno de optimismo.
El artista Daniel Cuadros, uno de los responsables de estos murales, quien también es nacido en Floridablanca, encontró en Bucarica la oportunidad de cumplir su sueño de infancia. Cada pincelada que aplica en las fachadas, es un homenaje al barrio que lo vio crecer.

Bucarica sigue escribiendo y ‘pintando’ su gran historia, una que enorgullece a todo el vecindario y a la Ciudad Dulce. Hoy, entre árboles de Caracolí y lindos murales, el colorido sueño sigue vivo, transformando no solo edificios, sino vidas.
















