En las orillas del Río de Oro conocimos a Domingo. Él no construye edificios, pero saca la arena con la que se levanta nuestra ciudad. Un relato sobre la piel curtida, el sol inclemente y un oficio que se resiste a morir.

Publicado por: Franz Rey
A esa hora en que el sol todavía no arde, pero ya anuncia su rigor, el Río de Oro baja con un murmullo espeso, arrastrando historias que nadie escribe. Allí, donde el agua se encuentra con la arena y el oficio se confunde con la necesidad, aparece Domingo.
Un ritual de acero y corriente
Domingo sostiene la pala como si fuera una extensión de su cuerpo. No hay apuro en su gesto, sino una vieja costumbre, casi heredada. Su sombrero, desgastado y amplio, le protege del sol que más tarde caerá sin clemencia sobre su espalda desnuda. Su piel, marcada por el tiempo y el trabajo, parece contar la misma historia que el río: resistencia.

“Esto no se aprende en un día”, dice, sin dejar de mirar el cauce. Su voz es baja, pero firme. Como si cada palabra tuviera que abrirse paso entre el ruido del agua y los años acumulados en su garganta.
La mirada detrás del sustento
Desde muy joven, Domingo baja al río a recoger arena. Antes, dice, eran más. Hombres, muchachos, incluso familias enteras que encontraban en la orilla una forma de sustento. Hoy quedan menos. El trabajo es duro, mal pagado, y cada vez más incierto. Las máquinas han ido ocupando espacios, y el río, a veces, parece cansado de dar.

La pala entra en la arena húmeda con un sonido seco. Domingo levanta, gira, descarga. El movimiento se repite como un ritual. No hay prisa, pero tampoco descanso. Cada palada es parte de una jornada que empieza temprano y termina cuando el cuerpo ya no responde.
A su alrededor, el paisaje guarda silencio. La vegetación espesa observa, inmóvil. El agua sigue su curso indiferente, como si no le importara quién viene a buscar lo que deja en sus orillas.
Domingo se detiene un momento. Apoya las manos en el palo de la pala y mira fijamente a mi cámara . Sus ojos, cansados pero atentos, parecen medir algo más que la distancia del río. Quizá el tiempo. Quizá la vida que ha pasado entre granos de arena.

El oficio que se lleva el agua
“No es fácil”, dice. Y no hace falta que explique más y aguarda en silencio. En Bucaramanga, donde la ciudad crece y el concreto se impone, la arena sigue siendo necesaria. Pero pocos piensan en quienes la sacan del río, en quienes la cargan, la venden, la convierten en sustento diario. “Domingo” es uno de ellos: invisible para muchos, imprescindible para otros.
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El sol empieza a subir. El calor se pega a la piel. Domingo vuelve a la pala.
El río sigue corriendo. Él también.















