Las cosas buenas
Lunes 22 de junio de 2026 - 07:09 PM

Cuando el semáforo falla, aparece Don Miguel: el héroe anónimo de las esquinas

La generosidad tiene rostro en quienes entregan su tiempo, su cariño y su esfuerzo para ayudar a los demás. Con gestos sencillos o acciones extraordinarias, escuchan, acompañan, tienden la mano y dejan una huella positiva en sus comunidades. Vanguardia quiere rendir homenaje a esas personas y compartir sus historias en la sección Corazones que inspiran, un espacio para destacar a quienes hacen del mundo un lugar mejor. Conozcamos a nuestro invitado de hoy:

Don Miguel Ordóñez se las ingenia para desembotellar los trancones viales. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)
Don Miguel Ordóñez se las ingenia para desembotellar los trancones viales. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)

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El calor del mediodía cae sobre la intersección de la calle 61 con carrera 15, en inmediaciones de la Puerta del Sol. Los motores rugen, los conductores avanzan apenas unos centímetros y vuelven a detenerse. El semáforo, una vez más, ha dejado de funcionar. En medio del caos, donde las bocinas parecen competir entre sí y la paciencia empieza a agotarse, una figura se abre paso entre los vehículos.

Hablamos de Don Miguel Ordóñez. Con movimientos pausados, pero firmes, este hombre de avanzada edad levanta una mano para detener una fila de automóviles y, con la otra, indica el paso a quienes esperan cruzar la vía. No lleva uniforme ni tiene autoridad oficial para dirigir el tránsito. Aun así, durante varios minutos consigue lo que parece imposible: devolver algo de orden a una esquina atrapada por el descontrol.

Un pito, una señal y mucha voluntad: el hombre que organiza el tráfico sin pedir nada. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)
Un pito, una señal y mucha voluntad: el hombre que organiza el tráfico sin pedir nada. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)

La imagen de este humilde señor, armado únicamente con una señal de PARE y un pito, se ha vuelto habitual en distintos puntos de la ciudad. Ante las fallas recurrentes de los semáforos y la ausencia ocasional de agentes de Tránsito, decidió aportar su granito de arena para evitar que los trancones se conviertan en un problema interminable.

“Yo no soy agente ni nada parecido. Solo trato de ayudar cuando veo que la situación se complica y que la gente puede terminar enfrentándose o provocando un accidente”, comenta mientras observa cómo las filas de vehículos empiezan a avanzar con mayor rapidez.

Quienes transitan por el sector aseguran que su presencia ha sido fundamental en más de una ocasión: “Cuando el semáforo se daña, esto se vuelve una locura. Cada quien quiere pasar primero y nadie cede. Don Miguel llega, organiza las filas y en cuestión de minutos la situación mejora. Uno le agradece porque lo hace de buena voluntad”, afirma Carlos Ramírez, conductor de servicio particular.

“Muchas veces no hay nadie regulando el tránsito. Él aparece y comienza a dar paso de manera ordenada. Se nota que quiere colaborar. Personas así merecen reconocimiento”, señala Andrea Gómez, quien diariamente utiliza esta vía para desplazarse a su trabajo.

Los comerciantes del sector también han sido testigos de su compromiso. Desde las aceras observan cómo, sin pedir nada a cambio, Miguel dedica parte de su tiempo a una labor que pocos estarían dispuestos a asumir.

El ‘agente’ que no tiene placa, pero sí el respeto de los conductores. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)
El ‘agente’ que no tiene placa, pero sí el respeto de los conductores. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)

“Es una persona muy querida por aquí. Cuando el tráfico colapsa, sale y ayuda. La gente lo respeta porque sabe que lo hace con buenas intenciones. Gracias a él se evitan muchas discusiones entre conductores”, comenta Luis Hernández, propietario de un establecimiento cercano.

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Aunque su labor es completamente informal y no reemplaza las funciones de las autoridades de Tránsito, para muchos ciudadanos Miguel Ordóñez se ha convertido en una especie de guardián espontáneo de las esquinas más congestionadas.

Su figura contrasta con el ruido de los motores y la prisa de quienes buscan llegar a su destino. No recibe salario, no tiene horario ni una obligación que lo lleve hasta allí. Lo mueve únicamente el deseo de servir.

Mientras el tráfico recupera poco a poco la normalidad, Don Miguel se aparta de la vía y observa satisfecho. Tal vez en unas horas otro semáforo falle en algún punto de la ciudad y vuelva a encontrarse frente a una fila interminable de vehículos impacientes. Cuando eso ocurra, probablemente volverá a levantar sus manos para poner orden.

Porque, en medio de una ciudad como Bucaramanga, donde muchas veces el tránsito parece avanzar al ritmo del desorden, Miguel Ordóñez ha demostrado que el servicio a los demás también puede nacer de un gesto sencillo y voluntario.

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