En el Día contra la Homofobia, sobrevivientes de terapias de conversión entregan pruebas al Estado y piden al Congreso aprobar la ley “Quiérele Siempre” para prohibir estas violencias en Colombia.
Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
A Xiomy Díaz le dijeron que su cuerpo era un error. Que su identidad debía corregirse. Que el amor, ese que debía sanar, llegaría solo si obedecía. En nombre de Dios, del “bien” y de una supuesta normalidad, fue sometida a una de las violencias más perversas y silenciosas que persisten en Colombia: las llamadas terapias de conversión. Años después, convertida en una de las voces más firmes de la Red Nacional de Sobrevivientes de Prácticas de Conversión, Xiomy no pide venganza: exige verdad, memoria y prevención.
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Este sábado 17 de mayo, Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia, la Bifobia y la Lesbofobia, decenas de sobrevivientes se reunirán en el Parque de los Hippies, en Bogotá. No para sanar, porque esa palabra ha sido manoseada por quienes les violentaron, sino para denunciar. Con pruebas en mano, entregarán a la Defensoría del Pueblo un dossier que documenta años de abusos, silencios cómplices y cicatrices psicológicas. El acto también será una llamada urgente al Congreso: Colombia debe aprobar el Proyecto de Ley 365 C de 2024, conocido como “Quiérele Siempre”, porque no hay nada que curar.
Una de cada cinco personas LGBTIQ+ en Colombia ha sido sometida a prácticas de conversión, según cifras recientes. No importa que carezcan de sustento científico, que estén condenadas por organismos internacionales como Naciones Unidas, que las compara con tortura, o que violen los más básicos derechos humanos. Estas prácticas siguen ocurriendo, muchas veces en entornos religiosos, familiares o institucionales, con nombres suaves como “restauración”, “terapia reparadora” o “acompañamiento espiritual”.
“Necesitamos encontrarnos, contar lo que vivimos, mapear dónde y cómo siguen ocurriendo estas violencias”, explica Xiomy. En su voz hay rabia, pero sobre todo claridad: muchas personas jóvenes no logran identificar que están siendo violentadas. Confunden la coerción con ayuda, la presión con cariño. “No somos casos aislados. Nuestra memoria es también una forma de denuncia y prevención”.
Memoria impresa, pruebas vivas
Durante el acto simbólico, las y los sobrevivientes harán un recorrido por una instalación compuesta por fragmentos de pruebas impresas, objetos simbólicos y testimonios en primera persona. Esas piezas, que en otros tiempos fueron evidencia dolorosa, hoy se convierten en testimonio político. Se entregará también una caja con evidencias oficiales a la Defensoría del Pueblo, como muestra del carácter sistemático de estas violencias.
El evento contará con la intervención de congresistas, activistas y representantes institucionales. Entre ellos estará la representante Carolina Giraldo, autora del proyecto de ley Quiérele Siempre, quien ha insistido: “Las prácticas de conversión no son terapias. Son tortura. Nuestro deber como Congreso es garantizar que ninguna persona vuelva a ser sometida a estas violencias bajo ningún pretexto”.
El Proyecto de Ley 365 C no solo busca prohibir toda práctica que intente suprimir, modificar o “corregir” la orientación sexual o identidad de género de una persona. También propone medidas de vigilancia y sanción para entidades que las promuevan, formación para evitar su patologización desde el sector salud, y entornos de acompañamiento emocional o espiritual libres de coerción.
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Además, establece rutas de reparación integral y garantías de no repetición para las víctimas. Porque no se trata solo de evitar que vuelvan a ocurrir. Se trata de reconocer que ocurrieron. Que dejaron heridas. Y que el Estado tiene una deuda con quienes sobrevivieron.
En Colombia aún hay personas encerradas en clínicas sin licencia, obligadas a ayunar o a asistir a sesiones de “liberación espiritual”. Otras son conducidas por sus propias familias a entornos donde se les promete “curación” a cambio de renunciar a quienes son. El acto simbólico de este 17 de mayo no es una ceremonia. Es una prueba de vida. Un acto de resistencia.
Y si algo dejó claro la voz de Xiomy en medio del parque, es esto: “No venimos a pedir permiso para existir. Venimos a exigir que nunca más nadie sea violentado en nombre del amor”.















