Jorge Luis Hernández Villazón, alias “Boliche”, pasó de ser un temido exparamilitar y narcotraficante a informante estrella de la DEA. Pero su historia dio un nuevo giro: ahora es acusado por el FBI de liderar una red de estafas.

Publicado por: Redacción Colombia
A sus 57 años, Jorge Luis Hernández no es cualquier hombre. Nacido en Valledupar, fue una figura silenciosa pero determinante en el engranaje criminal del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia. Durante años trabajó con figuras como Salvatore Mancuso y alias “Jorge 40”, traficando cocaína desde la Costa Caribe hacia Centroamérica y Estados Unidos. En 2001, tras una serie de investigaciones, decidió entregarse voluntariamente a las autoridades de EE. UU., y lo que parecía el fin de una carrera criminal fue, en realidad, el inicio de un nuevo capítulo igual de turbio.
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Como informante de agencias federales, “Boliche” se convirtió en una fuente invaluable. Colaboró en operativos, delató a exsocios y testificó en casos sonados como el de Alex Saab, el empresario colombiano vinculado al gobierno de Venezuela. Parecía haber encontrado una forma legal de redimirse, pero su ambición no conocía límites.
La gran estafa: “yo tengo amigos en el FBI”
Según la acusación formal del FBI, entre 2020 y 2023, “Boliche” orquestó una red de fraude y extorsión que operaba entre Colombia, República Dominicana, Puerto Rico y Estados Unidos. Su método era tan simple como retorcido: aprovechando su experiencia como informante y su conocimiento del sistema judicial estadounidense, convencía a narcotraficantes con procesos de extradición de que podía garantizarles penas mínimas, arrestos domiciliarios o incluso libertad anticipada.
“Conozco a los fiscales. Tengo llegada a la DEA. Ustedes van a pagar, pero estarán libres antes de lo que creen”, decía, según los testimonios recabados por los investigadores.
A cambio de estas supuestas gestiones milagrosas, exigía pagos millonarios. Las víctimas —al menos seis narcotraficantes dominicanos y varios colombianos— le transfirieron más de 4.1 millones de dólares en efectivo, joyas, apartamentos en Santa Marta y camionetas de lujo. Una de las víctimas fue la viuda del fallecido capo “Toyo Curiche”, a quien Boliche habría estafado con la falsa promesa de quedarse con sus propiedades para “protegerlas” del embargo.
Los negocios se cerraban por WhatsApp. Las transferencias llegaban desde cuentas en República Dominicana y Panamá. Y mientras los capos esperaban una sentencia benigna, “Boliche” desaparecía tras la excusa de que “los jueces estaban tardando”.
Una red con tentáculos y viejos aliados
La operación no fue obra de un solo hombre. El FBI reveló que Hernández contaba con la ayuda de abogados, falsos asesores legales, y presuntamente incluso con exagentes de la DEA que facilitaban documentos para legitimar la estafa. Todo parecía profesional, coordinado y legal, lo que explica por qué tantos cayeron.
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Los investigadores aseguran que su red llegó a operar desde centros penitenciarios de máxima seguridad en EE. UU., donde “Boliche” tenía acceso privilegiado por su rol como informante. Allí, captaba nuevas víctimas, ofrecía “salvaciones judiciales” y recibía favores que usaba como moneda de cambio.
Lo irónico de esta historia es que Jorge Luis Hernández era considerado, dentro de ciertos círculos judiciales, como un ejemplo de redención. Había testificado en casos clave, sus declaraciones ayudaron a encarcelar a figuras de peso, y muchos lo veían como un hombre que había encontrado una segunda oportunidad. Pero su caída más reciente evidencia que, para algunos, las lealtades no cambian: solo se transforman en otros negocios.
Fue capturado en Miami en mayo de 2025. Un tribunal en Tampa formalizó los cargos el 19 de junio. Hoy permanece bajo custodia federal sin opción de fianza, enfrentando hasta 20 años de cárcel por fraude electrónico y extorsión agravada.
















