Hace 42 años se presentó la tragedia en el estadio Alfonso López de Bucaramanga, en el marco del partido entre Bucaramanga y Junior.

Publicado por: Felipe Antonio Zarruk Diazgranados
Hoy, 11 de octubre, se cumplen 42 años de impunidad, del peor hecho de violencia registrado en un estadio de fútbol en Colombia, el ocurrido el 11 de octubre de 1981, durante el partido del torneo rentado de fútbol, entre el Atlético Bucaramanga y el Junior de Barranquilla.
Durante años hemos investigado el caso y también hemos construido, con base en testimonios reales y verídicos, unos sangrientos hechos ocurridos en el Estadio Departamental Alfonso López, que dejaron una cifra no precisada de muertos y heridos. A raíz de estas investigaciones se han escrito muchas crónicas. Nos quedaron haciendo falta las historias que vamos a narrar a continuación, como un homenaje a las víctimas de un hecho que nunca debió pasar.
La primera, que incluye testimonios de los familiares de Leonel Cala, un muchacho de 14 años, no fanático del Bucaramanga, quien ese día asistió al estadio, porque quería conquistar a una vecina. La segunda, que tiene que ver con el abogado de varias de las víctimas “reconocidas” por el gobierno colombiano, en cabeza del Ejército Nacional.
La tercera relata el caso de Luis Hernando Ortegón Ariza, un estudiante de la UNAB, que falleció en los hechos; la cuarta se relaciona con un joven vendedor de lotería, que quedó discapacitado por las balas del Ejército Nacional y siguió asistiendo al estadio para ver a su equipo, aunque desde entonces en silla de ruedas.
Y la quinta, la historia del árbitro del partido, Eduardo Peña, quien al día siguiente de la tragedia habló en su propio apartamento sobre el tema, con uno de los relatores de esta crónica periodística, quien logró entrevistarlo para el diario bogotano El Espectador; inicialmente, el 'referee' confesó que se sentía tranquilo, inclusive dijo, con seguridad y arrogancia, que “volvería a pitar como lo hizo”, porque no era culpable de nada, pero al ver en uno de los noticieros de televisión de ese mediodía, el video de esos momentos trágicos, el saldo de muertos y heridos enmudeció y se encerró en un silencio que ha mantenido durante 42 años.
Nos vamos a devolver en el tiempo para revivir los momentos de horror y de terror, ya que el dolor causado por aquella masacre en un estadio de fútbol, nunca se ha detenido.
La muerte llegó a La Milagrosa
Don Ernesto Cala tenía once hijos. Su esposa se había ido del seno del hogar y él quedó a cargo de ellos, quienes estudiaban, trabajaban en otras actividades y le ayudaban en la Droguería La Milagrosa, que estaba ubicada en el barrio La Universidad, a pocas cuadras del Estadio Departamental Alfonso López.
Era una familia normal, comandada por un hombre humilde, que toda su vida trabajó en el sector farmacéutico. La droguería atendía al público en la carrera octava con calle 23, y el lunes 12 de octubre de 1981 se iban a mudar a otra casa, con un espacio más amplio, para mejorar el negocio, a tan solo una cuadra de distancia, en la carrera novena con calle 22. Don Ernesto ignoraba que la víspera de la mudanza, la muerte iba a tocar a la puerta de su pequeña empresa de medicamentos, para darle la más triste de las noticias y la despedida de la residencia que había visto crecer a sus hijos, uno de ellos, ahora asesinado, mientras buscaba el amor.
Ese domingo 11 de octubre transcurrió con normalidad, en la droguería, en donde don Ernesto y una de sus hijas, María Delfina, conocida como Mina, atendían; en la mañana, como siempre, poco movimiento de gente; al mediodía, personas de todas las edades empezaron a pasar frente al local rumbo al estadio, enrolladas algunas con la bandera del Atlético Bucaramanga, calentando y ensayando estribillos que iban a gritar durante el partido de su equipo con el Junior, que podría significarle la clasificacón a las finales del torneo profesional de fútbol de ese año.

Uno de los más fieles seguidores del Bucaramanga era Luis Ernesto, el mayor de los hijos de don Ernesto, quien, posiblemente iría al partido. Leonel, no tenía como plan ir al estadio, porque no le animaban las aglomeraciones, no era tan hincha del equipo 'Leopardo' y, especialmente, quería esa tarde visitar a una niña vecina que le gustaba y que pretendía conquistar.
Una vez comenzó el partido, la calma y el silencio se apoderaron del barrio, mientras a varias cuadras se oían los gritos de los aficionados presentes en el estadio, que pujaban por esa victoria que pondría a su equipo en las finales. Era tal la calma, que don Ernesto y Mina pudieron alternar las dos tareas del día: la atención de la droguería y los últimos ajustes al trasteo, en el cual los ayudaron los otros hijos, menos Leonel, el conquistador.
Llegó el atardecer de ese día. Mina y su padre seguían tan ocupados en la droguería y pintando y lavando la casa, para entregarla al día siguiente, cuando se mudaban a la otra residencia, que ni siquiera escucharon los disparos que sonaron en el estadio.
De pronto, por la puerta de la droguería llegaron jóvenes con heridas, raspones y contusiones, productos, según ellos, de una trifulca que se había armado en el estadio, sucesos que ocurrían a veces, cuando había partido, que fueron atendidos por don Ernesto.
Casi enseguida, dos muchachas y un señor llegaron y preguntaron por el señor Cala, pero Mina les dijo que su padre estaba ocupado haciendo algunas suturas, detrás de los escaparates de la droguería.
Los recién llegados, con visibles caras de angustia le manifestaron a Mina, que un muchacho de apellido Cala estaba gravemente herido y que la policía y el ejército requerían su presencia en el estadio. En ese momento se asomó a la droguería Luis Ernesto, el hincha, quien les dijo que no fue al juego, porque no había conseguido boleta. Mina les dijo a las personas que requerían a su padre, que sus hermanos no habían asistido al escenario y no se preocupó, porque, además, al único que le gustaba el fútbol era precisamente a Luis Ernesto, mientras que Leonel no era un muchacho aficionado a este deporte y ese día estaba en plan de galanteo.
El señor que venía con las muchachas a confirmar lo que ellos sabían que era verdad, insistió en que el herido era Leonel, un joven de 14 años que trabajaba en zapatería y con esa actividad ayudaba al numeroso hogar de don Ernesto, y para convencerlos y darles el puntillazo extrajo de uno de sus bolsillos la billetera, con los documentos de Leonel.
Todos enmudecieron al ver la prueba reina con la foto de Leonel. Don Ernesto dejó de atender a los otros heridos, no porque no quisiera cumplir con su deber, sino porque se desvaneció de la impresión.
Todos salieron de la droguería detrás de los portadores de la mala noticia y empezaron a buscar en las dos clínicas del barrio, la Merced y la Santa Teresita, a un muchacho de las características de Leonel.
Todos caminaron un par de cuadras, pero nadie daba razón del joven, mientras las sirenas de las ambulancias aullaban por las calles de la ciudad, que ya estaba en toque de queda y bajo el control de las fuerzas militares. Unos vecinos los llevaron a todas las clínicas que existían hace 42 años y en ninguna encontraron a un muchacho con las características de Leonel Cala.

Al volver desilusionados por no haber encontrado al hijo herido, una lucecita automática se encendió en el corazón de don Ernesto, porque su hijo amado también podría estar vivo y feliz, porque, posiblemente había conquistado a la niña vecina que tanto le gustaba.
Sin embargo, a las siete de la noche, un carro fúnebre se detuvo al frente de la droguería. Del vehículo descendió un señor de traje negro y rostro circunspecto, se dirigió hasta donde se encontraba Mina y preguntó por don Ernesto. Mina, paralizada por el horror, llamó a su padre, quien recibió, ahora sí de manera oficial, la noticia que no querían ni esperaban recibir: su hijo Leonel estaba muerto.
Mientras los vecinos sostenían a don Ernesto, que volvió a desvanecerse, Mina, quien era un año menor que Leonel, soportó la embestida de la fatal información y se montó en el vehículo para ir hasta la morgue a reconocer el cuerpo de su hermano. Hace poco la visitamos en su apartamento del barrio San Francisco, y esa mañana, Mina destapó desde lo más profundo de su corazón, un relato que nos conmovió y nos obligó a desenfundar un pañuelo para secar sus lágrimas, que siempre reaparecen durante el otoño del mes de octubre.
Cuando arribaron a la morgue de la ciudad, Leonel yacía boca arriba, inerte y en pantaloncillos, sobre una fría losa, mientras era bañado para retirarle la sangre que cubría su cuerpo. Ella permaneció en silencio. Solo se escuchaba el ruido del agua al caer sobre el piso. Mina se acercó hasta el cuerpo de su hermano, lo besó, lo acarició y, con una toalla, que nunca supo por qué la llevaba en sus manos, le limpió el cuello. Al hacerlo, la toalla casi ingresa en su totalidad por el orificio de entrada de una bala de fusil G-3, que por poco separa la cabeza de Leonel de su tronco.
Mina les manifestó a las autoridades que estaban presentes, que ese cuerpo que estaba ahí, era el de su hermano Leonel Cala, y salió de la morgue y se dirigió hacia su casa para compartir la noticia, que estalló como pólvora en el barrio La Universidad y dejó tendido en el piso a don Ernesto, quien tuvo que ser auxiliado por varios enfermeros y médicos del sector.
A ellos todo se les pasó por la cabeza, menos que su hijo y hermano estuviera en el estadio, “ya que a Leonel no le gustaba el fútbol, pero había conseguido dinero prestado para asistir, porque pretendía a una muchacha que iba a presenciar el partido entre el Bucaramanga y el Junior”. Mina se enteró al regreso, que las amigas de Leonel habían llegado a la Droguería La Milagrosa, en estado de shock, con sangre en sus camisetas, ¡sangre de Leonel!, golpeadas en el rostro y en diferentes partes del cuerpo, y narraron que cuando se inició el tiroteo por parte de la patrulla del ejército hacia las tribunas, concretamente la de occidental, empezaron a buscar a Leonel, quien salió corriendo primero que ellas, y unos metros más adelante lo encontraron sin vida, en las graderías del Alfonso López.
También relataron que varios integrantes de la patrulla militar intentaron arrebatarles el cuerpo de su amigo, pero ellas se aferraron a él, a pesar de recibir de los uniformados, patadas, puñetazos y golpes con sus armas, pero también la ayuda de algunos hinchas que se solidarizaron con las chicas y terminaron agredidos. Como pudieron sacaron el cuerpo de Leonel y lo ingresaron a una ambulancia apostada en las afueras del estadio. Lo volvieron a ver en un cajón de madera, con el cuello destrozado. ¡Tenía 14 años!
Un hermano de don Ernesto hizo las gestiones con un abogado, demandó al Estado, ganó el proceso, pero demoró tanto, que la indemnización se gastó en el pago de honorarios.
Oscar Humberto, el héroe anónimo
Oscar Humberto Gómez Gómez, años después convertido en un importante abogado y un reconocido compositor musical, acababa de terminar sus estudios de Derecho en la Universidad Autónoma de Bucaramanga –UNAB- y se fue a trabajar a una oficina muy pequeña ubicada en la carrera 14, entre calles 37 y 39, en un cubículo cercano a su jefe y maestro del alma máter Hernán Prada Niño. Ahí esperaba el paso de los días, mientras le llegaba algún caso a sus manos para ejercer la profesión que había estudiado.


El 11 de octubre de 1981 venía en un bus con varios amigos, de un paseo dominical en algún balneario cerca de la ciudad; serían poco más de las cinco de la tarde, cuando el conductor del transporte público encendió la radio para saber cómo iba el crucial partido de fútbol entre el Bucaramanga y el Junior. Los ocupantes del bus guardaron silencio, mientras los locutores de la estación radial narraban lo que estaba ocurriendo en el escenario deportivo. Al reunirnos con el locuaz y brillante abogado, manifestó que en el momento en que los comentaristas de la emisora decían que había muertos y heridos, él solo atinó a exclamar: “¡Eso es demandable!”
Pasaron varios días y a su oficina llegaron los familiares de Luis Hernando Ortegón Ariza, un estudiante de la UNAB, que falleció aquella tarde negra, víctima de un disparo de fusil G-3, que le impactó en la espalda, y lo dejó tendido en las gradas de la tribuna occidental.
Su foto le dio la vuelta al país y dejó aterrados a propios y extraños. Esa foto desapareció tiempo después de los archivos de todos los periódicos; sin embargo, gracias a que la familia y algunos compañeros suyos tenían el registro fotográfico de Ortegón, con el disparo que le perforó su humanidad pudieron demostrar que él estaba esa tarde en el estadio. Es más, Enrique Flórez, un reportero gráfico de nuestro diario Vanguardia, por aquellos años llamado Vanguardia Liberal, narró que aquella tarde, su compañero de labores Hólguer López (q.e.p.d.) captó fotos “bastante comprometedoras, en las cuales se veía cómo disparaban los soldados del Batallón Caldas apostados en el gramado. Además, en horas de la noche llegó un reportero de un diario de circulación nacional a revelar sus fotografías, y venía en compañía de otro muchacho que nunca supimos quién era. Ellos se llevaron varias de esas fotos, pero Holguer ya tenía copias, que siempre conservó”.
Los padres de Ortegón habían llegado desde el municipio de Vélez, distante 230 kilómetros de la ciudad de Bucaramanga. Venían buscando ayuda, y en la universidad les dijeron que fueran hasta el despacho de Hernán Prada Niño, quien por estar muy ocupado les manifestó que mejor hablaran con su asistente, el joven Oscar Humberto Gómez Gómez. Muy inexperto en estas lides, Gómez aceptó el caso, y para redactar la demanda contra el Estado colombiano tuvo que pedirle prestada la máquina de escribir a su hermana, porque ni siquiera tenía una herramienta propia para dar la batalla en este duro y espinoso caso.
En esa vieja máquina de escribir construyó la demanda que se presentó en Bogotá ante el Consejo de Estado, por lo que debió ir permanentemente a la capital, para presionar constantemente, para que la demanda surtiera efecto, como finalmente ocurrió, porque, casi un año después de la tragedia se falló a favor de la familia Ortegón.
Al poco tiempo se presentó en su oficina un muchacho en silla de ruedas, llamado Fernando Prada López, uno de los heridos que dejó aquel espectáculo dantesco. Oscar Humberto sabía de quién se trataba y lo hizo seguir. Prada López le dijo que había perdido el caso, ya que su abogado la había presentado ante el Tribunal Administrativo de Santander y dicho tribunal había fallado en su contra y de única instancia, por una razón: el ejército nunca lo incluyó en la lista de personas heridas o fallecidas, y por este motivo no pudieron demostrar que Fernando Prada López, a quien una bala de fusil G-3 le había reventado su columna vertebral, estaba esa tarde en el estadio.
Fernando vendía lotería, y desde 1983 asistía al escenario deportivo y se acercaba a los hinchas de la tribuna de oriental para pedir su ayuda económica, ya que había quedado sentado de por vida en una silla de ruedas.
El brillante abogado le prometió estudiar el caso, ya que no era nada fácil. Es entonces cuando presenta la demanda y el primer recurso de revisión contra sentencia en firme, de nuevo ante el Consejo de Estado. En febrero de 1986, dicho Consejo de Estado entrega el primer fallo en nuestro país a favor de Fernando Prada López, contra sentencia en firme. ¡Algo histórico!
“Eso salió en todos los periódicos de circulación nacional, me entrevistaron, fue la locura”, afirma el doctor Gómez Gómez. Además, el abogado santandereano le da las gracias a la Divina Providencia, porque esos expedientes se salvaron durante la toma del Palacio de Justicia, en noviembre de 1985, por parte de un comando del grupo guerrillero M-19, y también de la retoma por parte del ejército colombiano.
En el apartamento del hombre de negro
Luego de correr como un atleta de los 100 metros planos para salvar su vida, el árbitro bogotano Eduardo Peña, encargado de dirigir el partido, aquel 11 de octubre, entre el Bucaramanga y el Junior, se botó de cabeza en el túnel que conducía al vestuario del equipo local, mientras una piedra lanzada desde arriba por un hincha le rozó la cabeza.
Iba acompañado de algunos policías, quienes lograron sacarlo del estadio en medio de la oscuridad reinante y llevarlo, con los otros integrantes de la terna arbitral, primero al hotel, en donde se rasuró el bigote y recogió su maletín, y luego hasta el retén de Los Curos, en la salida que de Bucaramanga conduce a Bogotá.

Ellos se ubicaron en la última silla del bus y permanecieron en silencio, porque en ese vehículo de la empresa Copetrán viajaban varios hinchas del equipo anfitrión, quienes seguían vociferando en pleno recorrido que el árbitro de aquel partido los había perjudicado y había provocado la tragedia.
Su temor creció cuando el bus se detuvo en la madrugada de aquel lunes para que los pasajeros desayunaran antes de llegar a su última parada, que era Bogotá. Se cubrieron con las chaquetas que llevaban puestas, se hicieron los dormidos y no tomaron ni agua, porque temían que los eufóricos hinchas los reconocieran.
Aquella mañana del 12 de octubre, Alberto Galvis Ramírez, quien desde hacía dos años laboraba con el diario El Espectador luego de un tiempo de trabajo con Vanguardia Liberal, buscó a Julio Rubio, analista arbitral del diario capitalino, y le pidió que lo contactara con Eduardo Peña.
Peña accedió a dar la entrevista, y cuando Alberto llegó a su apartamento, el juez central del partido se mostró muy tranquilo y manifestó, con arrogancia y prepotencia: “Si vuelvo a pitar ese partido, haría lo mismo”. Minutos después leyó las noticias; observó fotos; vio el video con las imágenes del penalti, que dejó de sancionar; escuchó testimonios, y el balance de los hechos sangrientos que habían generado varios muertos y heridos.
Al presenciar lo que había ocurrido, Peña se puso pálido, empezó a tartamudear, cambió su testimonio varias veces, caminó sin control por su apartamento como león enjaulado, y de su boca salieron algunas maldiciones y expresiones fuertes.
Decía que él tenía el respaldo de la Dimayor, de Jaime Castro, el presidente por aquellos años del ente que aún maneja el fútbol colombiano. Le echó la culpa a la Comisión Arbitral, porque él no estaba designado para ese partido, y cuatro días antes le dijeron que debía arbitrarlo.

Tan pronto salió el equipo periodístico de El Espectador de su lugar de residencia, y hasta el sol de hoy, Eduardo Peña nunca volvió a referirse al tema. Tal vez la vida le sacó tarjeta roja como árbitro, porque jamás volvió a ser tenido en cuenta por la Dimayor, y al poco tiempo se retiró del arbitraje y se fue a trabajar al equipo de deportes que transmitía fútbol con la cadena radial RCN, en el estadio El Campín de Bogotá. En su conciencia quedarán los recuerdos de una tragedia por la cual nadie respondió. Tan solo se ganaron unas demandas en los estrados judiciales, pero ese dinero no sirvió para recompensar el dolor de las víctimas.
A los familiares nuestro sentido abrazo. Por el momento dejamos el tema aquí para que todos descansen en paz, incluidos quienes dieron la orden de disparar y quienes dispararon, en aquel lejano 11 de octubre de 1981, porque ya se completaron 42 años de impunidad. ¡Hasta Siempre!
Por Alberto Galvis Ramírez y Felipe Zarruk















