Tapiales es un pequeño barrio del distrito de Mataderos en el gran Buenos Aires. Allí, en este desconocido sector (para muchos de nosotros), nació ‘El Negro’ Miguel Oswaldo González, quien al mejor estilo de Amparo Grisales y sin erizarse jamás, no me dijo ni el día ni el año.

Publicado por: Por Felipe Antonio zarruk diazgranados
Su origen sí que tiene humildad ya que su padre, don Gabriel, se dedicaba a la construcción y su madre, doña Benicia Felipa, era portera de una escuela. De allí, me dijo ‘El Negro’, salió su gusto por el fútbol ya que su progenitora era según él... La mejor portera del mundo. Obviamente al contar esto, Miguel Oswaldo soltó una carcajada mientras se le escurría alguna lágrima al acordarse de aquellas épocas en donde jugaba con sus amigos de infancia en cualquier potrero bonaerense mientras doña Benicia y don Gabo se rompían el alma a punta de vigilancia y palustre. Al llegar a su cálido hogar, los viejos querían descanso, mientras ‘El Negro’ sudoroso y jadeante solicitaba extender su permiso para permanecer en la calle pateando la pelota.
Miguelito era lento pero vivo, callado pero despierto a la hora de jugar y definir como los dioses en el área rival, la cual visitaba con frecuencia y por ser tan persistente terminó jugando en Deportivo Morón, un equipo tradicional de la B en Argentina, que cuando sube a primera se convierte en la plataforma perfecta para que aquel ‘morocho’ de cabello ensortijado debutara una tarde cualquiera de 1971 en cancha de Huracán. Justo allí, en la misma cancha que consagró a Herminio Masantonio, a Babington, a Brindisi y ‘El loco’ Houseman, Miguel Oswaldo se hacía notar en el terreno sagrado de ‘Los Quemeros’ como se le conoce al equipo del ‘globo’. En julio de 1975 fue a Boca y se quedó allí hasta 1976, cuando lo transfieren a Banfield. En aquellos años Boca Juniors era dirigido por el polémico Juan Carlos ‘El Toto’ Lorenzo. Jugar en Boca era difícil y Miguel Oswaldo lo sabía ya que en ese equipo estaban Perotti, Randazzo, Mastrangelo, Marito sanabria, ‘Toti’ Veglio y Carlos Salinas. Por eso se fue a Banfield y se convirtió en figura con sus goles, los cuales lo trajeron a Colombia, concretamente al Bucaramanga, en 1982. Edilberto Righi lo engancha al Atlético con Carlos Enrique Landaburu y aquí en su primera aparición se convierte en botín de oro, repitiendo su hazaña en 1985.
De aquí se fue al Cali, para las temporadas 86 y 87, en donde hizo pocos goles ya que ni Valderrama ni Redín se la soltaban como debían, a raíz de unas invitaciones que ‘El Pibe’ le hizo un par de noches en Cali y Miami. “No joda negro vamos a chupá’... vamos a mamá’ ron...”. Miguel que fue poco amigo del desorden y la noche (por eso jugó hasta los 44) se excusó y a partir de ahí su amistad y relación con Valderrama se deterioró. Se fue al Deportivo Táchira en donde su poder se hizo notar y en dos temporadas, incluyendo Copa Libertadores, hizo 44 goles hasta que llegó el día del adiós y se marchó como llegó...
sin gritos, ni despedidas ruidosas, ni festejos excesivos. Lástima grande que no hayamos sido capaces de enmarcar cada uno de tus 92 goles en el Bucaramanga. Querido ‘negro’, pero de lo que si debes estar seguro es que en la galería de nuestros corazones estás junto a todos los que vistieron la camiseta del Atlético y jamás te lo había dicho pero hoy quiero que me salga de lo profundo del alma: ahora que vaya a Buenos Aires le llevaré un ramo de frescas rosas de Parque Patricios a tu madre Benicia Felipa para conocer a la que parió al más grande goleador que mis ojos hayan visto en esta hermosa tierra. Un beso ‘negro’, te queremos con el alma y no me creas pero estoy seguro que en mis sueños todavía grito tus goles como el penal que le anotaste a Carrabs, de Nacional, aquella noche de 1985.
P.D. Qué lindo saber que el Real Santander te tiene como técnico. Chao y hasta la próxima.














