Las Leopardas son las jugadoras que hacen parte del equipo femenino de fútbol profesional del Atlético Bucaramanga. La mayoría de ellas viene de un proceso con el club Botín de Oro y se mantuvieron unidas para hacer historia en el departamento.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN
En el minuto 23 del primer tiempo, durante el compromiso contra Envigado FC, Nicol Julieth Camacho Ariza saltó a la cancha del Estadio Polideportivo Sur e hizo su debut. Era el primero de abril de 2017 y tras años de lucha, de dejar atrás su adorado requinto -instrumento musical de su pueblo, Vélez- y de soportar en la banca, su momento había llegado.
Las Leopardas crecieron a punta de rifas, venta de lechona, bingos y bazares cuando apenas nacía el sueño de algún día hacer parte de una liga de fútbol femenino profesional. El domingo pasado, con cuatro anotaciones de Manuela González ante Alianza Petrolera, estas aguerridas jóvenes se clasificaron a los cuartos de final de la Liga Águila.
Han luchado contra todo: la oposición de algunos de sus padres, la falta de recursos económicos, los comentarios machistas y la falta de fe en el fútbol jugado por mujeres. Y todos los obstáculos han sido superados. Los buenos resultados lo demuestran. Para muchas quienes se aventuraron contra todo pronóstico a respaldar al Bucaramanga aún con buenas ofertas de otros clubes, jugar como profesionales por la camiseta amarilla es la copa que aún no han levantado, pero por la cual pelearán hasta el fin.
Pioneras en este deporte a nivel regional, las Leopardas quieren que los bumangueses escépticos las conozcan, que quienes creyeron siempre en ellas las sigan apoyando y que algunas personas con preceptos anticuados se tomen la molestia de ver su juego, apasionado y entregado, sacrificado y persistente, como no se podría decir de todos los jugadores de un equipo de varones en el fútbol profesional masculino.
Nicol tiene 17 años y es volante 6 o abierta. Cuando sus papás comprendieron que su pasión por el fútbol era más que un hobbie, la apoyaron. La mandaron para Bucaramanga y le pagaron la estadía. Aunque algunos le dijeron que este deporte era algo para hombres, no prestó atención. Nicole respira fútbol y la noche antes de saltar a la cancha, aún sorprendida por haber sido convocada para jugar contra un rival tan fuerte, le puso la garra para no defraudar el esfuerzo de sus papás y la confianza de su entrenador. “No pude dormir por la ansiedad, las ganas de jugar, estar pensando cómo me iba a ir. Pero me fue muy bien, lo di todo”, comenta Nicol.
El equipo tuvo una dura derrota ese día, pero para las Leopardas la derrota es ganancia. Salir a la gramilla con sus guayos es ya un logro y que les paguen por hacer lo que más les gusta, un privilegio.
El comienzo siempre es desde abajo
El 28 de octubre del año pasado, Santander se preparaba para la llegada de la liga profesional femenina de Fútbol. El profe Alexánder Spencer Uribe, quien desde hacía ocho años había empezado el proceso de entrenar a las chicas con habilidades para el manejo del balón y entrenador del Club Botín de Oro, lideraba el proceso con el Atlético Bucaramanga. La había tenido dura. No contaba con recursos suficientes para pagar pasajes y hospedaje -a veces recibían a las chicas en colegios- y la falta de apoyo para algunas jugadoras por parte de sus padres hacía que todo fuera más difícil. La culpa la tenía el descrédito que algunos han hecho de las jóvenes que muestran su habilidad para jugar fútbol y que manifestaban su deseo de dedicarse a este deporte de manera profesional.
Para ese momento, las chicas ya habían conseguido la Copa Claro de Fútbol 2015 que se disputó en Cali y estaban listas para algo más grande. Se lo habían ganado. “A nosotras como club nos tocaba hacer rifas, vender lechona, movernos por lado y lado para economizarnos un poquito el monto de los viajes y no nos tocara tan duro a cada jugadora. Nosotras la guerreamos con Botín de Oro y hoy tratamos de mantener el grupo. Sabemos que no solamente le tocó a una persona sufrir, sino a todas y esa es la satisfacción”, explica Daniela Alexandra Arias Rojas, de 22 años y quien juega como defensa central. Su talento la ha llevado a hacer parte en 2016 del combinado nacional.
El papá de Daniela había alcanzado a hacer parte de la Selección Santander de Microfútbol y ella lo acompañaba a todos los entrenamientos. Sin embargo, no practicó ese deporte hasta los 16 años y al manifestar su deseo de dedicarse por completo al balompié, a sus papás no les gustó. “Mi papá me decía que una mujer jugando futbol no se veía bien, pero el ya con el tiempo se ha dado cuenta de que el futbol femenino sí tiene futuro, de que no todo es como lo pintan y hoy ya tenemos una liga profesional”, cuenta Daniela, defensa central del equipo.
Un caso similar vivió Angélica Pérez, quien la tuvo dura para que su mamá aceptara que su hija se iba ganar el pan jugando con una pelota. “Con ella hubo un proceso muy duro, porque su mamá no quería que hiciera parte de este proceso porque tenía mucho miedo a algunas cosas que se dicen de este deporte”, explica el profe Spencer Uribe.
Angélica es hermana del futbolista John Pérez, así que su sangre la impulsaba a ir tras el balón. Persistió hasta que su mamá aceptó que el fútbol era el destino de sus dos hijos, pero una lesión de ligamento cruzado anterior la dejó fuera de competición y no pudo firmar contrato con el Atlético Bucaramanga.
Para muchas, jugar al fútbol no es una simple opción, es lo que mejor saben hacer desde que eran niñas. La manizalita Irma Castillo solano, que también venía jugando con Botín de Oro y que ha hecho parte de la Selección Colombia que participó en los Juegos Suramericanos en 2014, recuerda que en su barrio “la gente estaba pendiente de mi juego, porque tenía muy buena llegada sin haber entrenado ni tener conocimiento. Cuando hacían este tipo de torneos, siempre me daban una medalla en reconocimiento mi juego”.
Lo que más le ha dado duro a Irma es alejarse de su familia, de sus sobrinos, de su novio. La comida y el calor también la golpean, pero ella se mantiene fija en su meta, digan lo que digan. “Lastimosamente en cualquier parte uno va a encontrar malos comentarios. Vivimos en un país demasiado machista y lo demostramos en que después de mucho tiempo es que nos dan una liga profesional. Nosotras no prestamos cuidado a la gente que quiere con el morbo dañar la imagen de las jugadoras. Vamos por buen camino. Vienen niñas con muy buen talento y la idea es que ellas tenga su chance”, cuenta Irma, la única manizalita que hasta el momento ha jugado torneos internacionales. Una pionera.
Manuela Alexandra González Mendoza, la goleadora del equipo, lo sabe. Empezó jugando en la barriada y hoy es la máxima anotadora de este torneo histórico de fútbol en la región: “lo que quiero es que nos sigan apoyando, creyendo en nosotras así como creen en los hombres, porque esto es de todos, de ellos también”.
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La portera del equipo, Greysi Julieth Galvis Mora, tiene 29 años y empezó desde pequeña jugando en las calles de su pueblo, Toledo, en Norte de Santander. Hizo parte de la selección de su departamento y estar en la liga profesional es su sueño hecho realidad. “Es satisfactorio para mí, porque es histórico que en nuestro país se nos dé la oportunidad a las mujeres de mostrar nuestras habilidades en el balompié”. Se considera sencilla, apasionada por el fútbol y por su familia. Comparte su pasión por el deporte con su amor por los animales y por eso estudió medicina veterinaria.
Silvia Carolina Quintero Veloza, más conocida como Nina, es la capitana del equipo y también tiene 29 años. Cuando la convocaron para la liga profesional del Bucaramanga lloró de emoción y aunque estuvo 3 meses sin jugar por una lesión en la espalda no conocen lo que es rendirse. “Mi palabra es perseverancia”, es una de las más veteranas en el proceso del fútbol femenino y recuerda que tan pronto terminaba su trabajo con el Dane corría a entrenar. Es de Piedecuesta y reconoce que tiene su carácter, pero “soy muy humana, no me gustan las injusticias”. Además de saber jugar al fútbol, su talento es ser una líder.
Andreina de los Ángeles Peraza Mora es la volante extremo del equipo. Nació en Valencia, Estado de Carabobo, Venezuela, hace 25 años. A los 10 años empezó a jugar con los niños en la calle y era tan buena que un profesor le dijo que aunque fuera mujer, entrenara con los varones de todos modos. A los 16 logró vincularse con la selección de su departamento y alcanzó a ir al Suramericano en Cali. Su juego gustó y le ofrecieron jugar en Colombia. Finalmente, llegó al Atlético Bucaramanga. “Hay mucha unión entre nosotras y esa ha sido la clave de los resultados: tener siempre una gran actitud y alegría”, explica Andreina. No le importan los comentarios machistas, dice que ella sabe cuáles son sus habilidades y no se amilana por esos cuentos.
Diana Liseth Bolívar Caro juega como lateral derecho o volante carrilero derecha y para ella el fútbol es “una gran bendición que le enseña grandes cosas a uno como persona”. En sus inicios recibió, además de poco apoyo, comentarios hirientes, sumado a que en muchas ocasiones no tenía dinero para comprar los pasajes para viajar a los torneos. Pero está agradecida por haber sido convocada y con la seriedad y compromiso que la caracteriza lo da todo de sí.
Zaidde Thairis Álvarez Uribe, es cucuteña y tiene 21 años. Se vino a aventurar a Bucaramanga porque en su ciudad natal no encontraba trabajo. En la Ciudad Bonita trabajó cinco meses vendiendo celulares y luego en una fábrica de balones en Piedecuesta. Pero su talento para jugar la salvó y hace año y medio se vinculó con Botín de Oro. En adelante, continuó luchando por su sueño hasta ser convocada a la liga profesional.
Johana Parada Casadiegos es ocañera y juega como delantera. Tiene 20 años y hacer goles era su mayor felicidad en la niñez. Le dicen Boyacá porque jugó allí, pero el equipo se acabó y quedó casi en la calle. Una amiga la ayudó y con esas ganas de seguir luchando, se presentó al Bucaramanga. Y pasó.















