Fútbol local
Domingo 17 de agosto de 2014 - 12:01 AM

Américo Montanini nunca abandona al Atlético Bucaramanga

Cada 15 días, sin excepción alguna, José Américo Montanini, uno de los futbolistas más grandes en la historia del Atlético Bucaramanga, asiste al estadio para apoyar a un equipo del que se enamoró hace 58 años y al cual jamás abandona.

Con 81 años encima, Américo Montanini no se pierde ningún partido del Atlético. El eterno ‘10’ del ‘leopardo’ ha dejado huella no solo por su fútbol, sino por su caballerosidad. (Foto: Fotos: Jaime Del Río y César Flórez / VANGUARDIA LIBERAL)
Con 81 años encima, Américo Montanini no se pierde ningún partido del Atlético. El eterno ‘10’ del ‘leopardo’ ha dejado huella no solo por su fútbol, sino por su caballerosidad. (Foto: Fotos: Jaime Del Río y César Flórez / VANGUARDIA LIBERAL)

Compartir

Publicado por: NÉSTOR GONZÁLEZ ÁLVAREZ

Solo los cánticos de un reducido grupo de la barra Fortaleza Leoparda Sur impiden escuchar el silencio de un estadio Alfonso López al que solo asistieron alrededor de 1.000 espectadores para presenciar el duelo entre Bucaramanga y Bogotá FC, en la Primera B del balompié de Colombia.

Transcurren 16 minutos de juego y el puntero derecho del Atlético, Aníbal Mosquera, toma la pelota metros adelante de la mitad de la cancha. Lanza su primera zancada y en la tribuna el gran José Américo Montanini cierra los ojos, apoya las manos sobre el bastón e inmediatamente inclina la cabeza sobre los nudillos.

De repente, su vida pasó en un ‘flashback’ que lo remontó al año 1956, en un mágico domingo de septiembre, que significó el debut con la camiseta ‘amarilla’.

Además de su robustez natural, este hombre de mirada transparente y soñadora tenía algunos kilos de más, producto de una larga inactividad, que le valieron el siguiente grito desde la gradería: “lleven a esa vaca para la feria”.

‘La Bordadora’, remoquete que le puso el locutor y periodista Carlos Arturo Rueda C, emprendió carrera hacia la portería en el mismo punto donde recibió ‘la redonda’ Mosquera, la protegió como una leona a sus crías y antes de pisar el área dejó regados a varios rivales, sin que la pelota se le escapara un centímetro de la pierna derecha. Ya en su hábitat natural, definió con un golpe sutil para convertir el empate 1-1 de Bucaramanga contra Deportes Tolima.

El máximo escenario deportivo de los santandereanos, que estaba colmado de aficionados debido a que por esa época el fútbol era creatividad, ingenio y poesía, explotó en júbilo por la anotación, sin entender que era testigo del bautismo goleador de un coloso.

Así fue el estreno del mejor futbolista extranjero del equipo ‘leopardo’ en toda la historia. Lo hizo en plena feria de la ‘Ciudad Bonita’ y desde entonces nunca se cansó de anotar goles con una divisa que la tiene tatuada en la piel.

El tiempo parece que retoma su curso normal y en un parpadeo vuelve a ubicar a Mosquera. Con la segunda, tercera y cuarta zancada el moreno jugador frustró a la lenta zaga adversaria del club capitalino. El ‘19’ pisó el área y con un latigazo de pierna derecha castigó las aspiraciones del cancerbero César Giraldo, quien recriminó a sus compañeros, pues no era la primera vez que lo dejaban a su suerte.

El lindo sueño terminó y don Américo dirige su mirada hacia su amigo Jairo Macías. ¡Qué golazo!, le comenta. Éste hace un gesto aprobatorio, pero no se imagina que la anotación que le reseñan no sea la que acababa de ver, sino una marcada hace 58 años.

Atlético Bucaramanga ganaba 1-0 sobre el minuto 16, dominaba a Bogotá FC y la afición se frotaba las manos. “Hoy goleamos”, dijo un fanático. Pero la tarde del domingo 3 de agosto de 2014 no sería grata para el ídolo búcaro, pues su amado equipo fue de más a menos e igualó 1-1.

Bienvenido

domingo

Su día inició muy temprano. A las 7:30 a.m. su reloj natural lo despertó y cortó abruptamente sus plácidos sueños.

Porque él es de esas personas que, inconscientemente, viaja al pasado. A lo mejor Morfeo, el Dios de los sueños, lo premia al trasladarlo a ese tiempo de antaño donde el entrenador Carlos Peucelle lo vio gambetear con el desparpajo que solo tienen los ‘cracks’ a los ‘pibes’ de su edad y no dudó en acercarlo a River Plate, club en el que depuró su técnica.

A ese tiempo de antaño en que marcó 135 goles con el Bucaramanga, convirtiéndose en el máximo goleador histórico de una institución a la que con un séquito de jugadores como Hermán Aceros, Marcos Coll, Miguel Ángel Zazzini, Roberto Janiot, Hugo Scrimaglia, Álvaro Solarte y Eugenio Casali, entre otros, consiguió dos terceros lugares, en 1958 y 1960.

A ese tiempo de antaño en que anotó los tres mejores goles de su vida: sus hijas Claudia, Marta y Gloria Isabel.

En el instante que se dispone a tomar el habitual café matutino, leer los deportes y llenar los crucigramas de Vanguardia Liberal, grita enérgico, con su inconfundible acento argentino “Marta acuérdate que hoy juega el Atlético y tenemos que visitar a Doña Gloria”.

La del medio de sus tres retoños ya sabe que debe acelerar el paso, porque antes de las 2:00 p.m. su padre tiene que estar desocupado para asistir al estadio y hay varias actividades por hacer, entre ellas, ir al cementerio, preparar la comida favorita de papá (las pastas), cumplir la cita con el juego de cartas y alistar la pinta amarilla para respaldar al equipo ‘leopardo’.

Después de revisar en el periódico el posible equipo titular que tendrá Bucaramanga contra Bogotá FC, la nostalgia lo invade, tras observar el retrato de su casamiento. El amor de su vida, su única novia, única esposa y madre de sus hijas, Doña Gloria, falleció cinco años antes y es inocultable el vacío que le dejó.

Pero prefiere seguir adelante, prefiere gambetear los lamentos y acomodar en el ángulo de su corazón los recuerdos del gran amor para no ahogarse en la melancolía.

Minutos antes del juego

Si hay algo que le dejó el balompié fueron grandes amigos, porque como dice entre risas “plata nada, nosotros jugábamos porque éramos unos apasionados y antes se cobraba muy poco”.

El reloj marca las 1:45 p.m. y en el restaurante La Carreta lo recibe Roberto Janiot, un aliado en aquellas faenas futboleras de los años 50 y los 60, con quien además comparte el gusto por el juego de cartas. Ese pasatiempo, al igual que ir a ver jugar billar en el centro de la ciudad, es una de las citas ineludibles en su vida.

Tras una partida de chinchón, que le permite ganar 20.000 pesos, emprende camino hacia el escenario donde inmortalizó cientos de enganches, túneles y goles, no sin antes recordarle a su amigo, que lo anima a quedarse otro rato, que “no me pierdo ningún partido ni me lo perderé hasta que Dios diga. Soy hincha a morir del Atlético”.

Luego de parquear su Mazda Allegro de color blanco en el estacionamiento del ‘Alfonso López’, inicia la procesión. En su paso cansino y con muchos vaivenes se evidencia, además del inexorable paso de los 81 calendarios quemados, las secuelas de las heridas adquiridas durante su carrera como futbolista. Como aquella que sufrió en su natal Argentina, cuando jugaba para River Plate y le rompieron el quinto disco lumbar en un cotejo contra Newell’s Old Boys del Rosario, que lo alejó durante dos años de las canchas.

Sin embargo, el pequeño en estatura, pero grande en riqueza técnica regresó, así como vuelve al estadio cada vez que actúa el conjunto ‘búcaro’: con ganas, sentimiento y sentido de pertenencia.

Alguna vez Hernán Peláez, reconocido periodista, sostuvo que era tan enorme el talento de Montanini, que después de tanto tiempo sin jugar logró acomodarse al fútbol colombiano y lo hizo con una manera única y particular para manejar la pelota. “Era un mago con el balón, además de gol, era un organizador nato”.

Al mejor estilo de sus endemoniadas gambetas, pero en cámara lenta, esquiva con delicadeza los cables de los medios radiales y se escabulle errante entre los periodistas que cumplen con las entrevistas de rigor, previo al encuentro deportivo.

Se filtra en el camerino local, ese que tantas veces fue testigo de las arengas a sus compañeros para hacer respetar la casa, y saluda con fervor a la camada ‘leoparda’, orientada por Bernardo Redín.

Después de los respectivos consejos para algunos jugadores y una corta charla con el DT, emprende la estoica lucha contra las escaleras que lo conducen a la tribuna.

La artrosis es sus rodillas, una enfermedad degenerativa producida por el desgaste del cartílago, le hace mella, pero no hay mejor paliativo que ver a su equipo y recibir el cariño de los hinchas, esos seguidores que al verlo no vacilan en gritarle “grande don Américo” y que le comentan a los chicos las gestas del ‘10’.

Rueda la ilusión

Los primeros minutos de Bucaramanga son fogosos. Hay aroma de buen fútbol y todo indica que Bogotá no podrá evitar la celebración del club dueño de casa.

Cae la primera anotación y por ende la calma se apodera de él. Es momento de pedir un tinto y acompañarlo con una hojaldra.

Pero la serenidad se empieza a disfrazar de impaciencia, ante las opciones dilapidadas y la notoria reacción del rival.

Sus manos le arropan el rostro y los fantasmas de 1960 lo abruman. Aquel Bucaramanga pintaba para campeón, pero cayó 5-1 en Bogotá contra Santa Fe, en un compromiso clave, y soportó los mismo reproches que la afición le hace a los dirigidos por Redín, luego del empate ‘capitalino’ sobre la hora.

Con el sinsabor de la igualdad, pero con la fe intacta, José Américo Montanini empieza el retorno a casa, pero antes, le confiesa a un periodista que se despacha en críticas contra el equipo que “hay que seguir apoyando, no tengo dudas de que este equipo me cumplirá el sueño de ver al Atlético Bucaramanga en la A”.

Publicado por: NÉSTOR GONZÁLEZ ÁLVAREZ

Publicidad

Publicidad

Noticias del día

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad