Publicado por: Editorial
Bajo la escarpa occidental de la meseta de Bucaramanga avanza un proceso clandestino que, de no enfrentarse con decisión, puede convertirse en toda una tragedia, pues allí la minería ilegal excava sin permiso, sin control y sin vergüenza, como un parásito que devora los huesos frágiles de la tierra. Los hechos recientes y las cifras históricas de las autoridades son una demostración clara de que esto no es una exageración ecologista, sino un saqueo que incluye el uso de dinamita, mercurio y una codicia ilimitada.
Los indicios policiales y los relatos de la comunidad sugieren que existen mafias bien armadas que controlan la extracción y el tráfico del material robado, y con ellas aumenta la violencia urbana que sufrimos cotidianamente. Esto implica también la formación de una economía criminal que se cruza con el microtráfico, las extorsiones y los ajustes de cuentas, y que alimenta un mercado negro que impulsa la corrupción generalizada mediante amenazas a comunidades enteras, lo que significa, finalmente, que la inseguridad que padecemos tiene una de sus raíces en esos socavones clandestinos.
Pero la sangre no es lo único que corre. Las quebradas y ríos que bajan de la meseta arrastran ahora un cóctel tóxico de mercurio, cianuro y sedimentos sueltos.
El agua, que antes era potable, se está convirtiendo en veneno para los campesinos, los animales y la agricultura de buena parte del área metropolitana.
Lo más aterrador, sin embargo, es el suelo que pisamos. La escarpa occidental es una estructura frágil, una sucesión de estratos que apenas se sostienen, por lo que, como lo explican los expertos, cada explosión ilegal genera microfracturas que se acumulan y cada túnel mal excavado vacía el soporte natural. Los propios mineros ilegales hacen la ruleta rusa bajo tierra, un juego mortal para ellos, pero que también puede serlo para la ciudadanía por la posibilidad de arrastrar viviendas, colegios y vías públicas que se asientan sobre las temblorosas escarpas.
No se puede creer que las autoridades no hagan lo suficiente para evitar que una tragedia de estas vaya a ocurrir, sabiendo que esto lo indica no el alarmismo, sino la geología elemental, porque los huecos internos crecen, las grietas superficiales se ensanchan y nadie tiene un registro confiable de la magnitud ni la dirección del daño interior que se va acumulando. No es difícil, entonces, suponer y temer que, con el paso de los años y el aumento de la minería ilegal, estamos caminando hacia una desgracia mayor.
Sobre esto, lo cierto es que la acción gubernamental y policial, hasta ahora, ha sido claramente insuficiente. Por eso es que se necesita una contundencia mayor y un trabajo conjunto entre el municipio, la Policía y el aparato de justicia.
Sellar bocaminas con concreto sirve de muy poco si no se hace una labor continuada y no se persigue a las redes financieras que compran el material robado, pues detrás de cada gramo de oro ilegal hay un comprador que lava dinero.
Hay que seguir el recorrido del dinero y aplicar todo el peso de la ley contra todos los que estén en esa ruta.
Bucaramanga no gana nada con esta actividad; al contrario, pierde su agua, su suelo, su seguridad y su futuro. Gana, en cambio, el estigma de ciudad violenta, el miedo a caminar sobre tierra hueca y la miseria que traen los ríos envenenados.











