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Editorial
Martes 12 de mayo de 2026 - 01:00 AM

Santander pierde mientras sus líderes se dividen por cuotas

Publicado por: Editorial

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La reciente queja de alcaldes y gobernadores ante la Federación Nacional de Departamentos contra el centralismo es justa y necesaria, pues es cierto que llevamos décadas sometidos a un sistema injusto e inequitativo, que hace que desde Bogotá se decida todo lo que tiene que ver con las regiones, que suelen vivir con muy poco presupuesto, conseguido generalmente con demasiadas súplicas.

En lo que tiene que ver con Santander, tenemos muy claro que esa nociva tradición ha frenado nuestro desarrollo, ha empobrecido los municipios y las provincias, ha postergado hospitales, colegios, obras básicas y, sobre todo, ha retrasado durante décadas el estado de nuestra malla vial departamental, por lo que no se puede hacer nada distinto que respaldar el reciente reclamo de los gobernantes santandereanos.

Pero no basta con denunciar el centralismo, pues esa es solo una de las causas de nuestros problemas estructurales como departamento. La historia regional está llena de oportunidades perdidas por culpa de nuestras propias disputas. No puede aceptarse que gobernantes de un mismo departamento sostengan rivalidades absurdas, o que alcaldes vecinos prefieran hundir proyectos conjuntos antes que ceder un minuto de protagonismo, mientras los partidos políticos, antes que mediar y resolver las diferencias en bien de la gente, se devoran entre sí por cuotas burocráticas.

Con todo este ánimo de confrontación y antagonismo permanente durante siglos, lo único que hemos hecho es servir a la causa del centralismo en lugar de combatirlo, porque un poder central fuerte solo puede perpetuarse cuando enfrente tiene a las regiones divididas y enfrentadas. Es muy sencillo entender que, si tenemos a cada municipio por su lado, a cada líder con su agenda personal, a cada partido rompiendo la unidad, se hace imposible negociar de igual a igual con el presidente y su círculo, y terminamos rogando favores, en lugar de exigir derechos.

Otro resultado muy inconveniente de esta situación es que, gobierno tras gobierno, los altos cargos del Estado se nos escapan. Rara vez un ministro, un director de departamento administrativo o un superintendente viene de nuestras tierras y, cuando llega alguno, suele ser por fidelidades personales, no por representación territorial, por lo que nuestras necesidades nunca suben a la mesa del poder. El centralismo no es solo culpa del sistema, es también culpa de nuestra incapacidad histórica de unirnos y hacer valer nuestros derechos.

No se trata solo de señalar la falta de voluntad política de los gobiernos nacionales. Si queremos avanzar, tenemos que reconocer que hay una carencia profunda de liderazgos políticos regionales capaces de anteponer el interés colectivo al cálculo partidista. Hay gobernantes que no saben negociar en bloque, que desconocen el arte de la alianza estratégica, y también hay un sector privado que no ha ganado suficiente espacio para impulsar una causa común. Así, el centralismo se vuelve un vicio de doble vía.

La queja contra el centralismo será estéril si no cambiamos nuestra forma de actuar, creando mecanismos permanentes de coordinación entre gobernadores, alcaldes, partidos y empresarios. Se necesita una mesa de trabajo constante, con vocería única y capacidad de presionar al gobierno central con propuestas claras y respaldo ciudadano, no solamente con quejas intrascendentes.

Esa voz unida debe llegar hasta los círculos más altos del poder, sin complejos ni timideces, a reclamar lo que nos corresponde: presupuesto, autonomía, decisiones compartidas y diligencia en la ejecución de las obras. Si logramos actuar como un solo cuerpo, con una sola voz, frente a cada gobierno nacional, la historia será otra, porque el centralismo se combate con mucha más eficacia cuando quien habla es toda una región con la fuerza de sus líderes y su gente.

Publicado por: Editorial

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