Publicado por: Editorial
El Hospital Universitario de Santander opera sus urgencias con un 177% de ocupación y, detrás de esta cifra, hay médicos agotados, enfermeras desbordadas y pacientes tendidos en pasillos esperando una atención que nunca llega a tiempo. La situación no es nueva ni fortuita, sino el resultado de años de ausencia de planificación estructural.
La sobreocupación crónica del principal centro asistencial del nororiente colombiano tiene como causa principal que pacientes con diagnósticos complejos llegan no solo del área metropolitana, sino también de otros departamentos. Es decir, el HUS recibe lo que el resto del sistema no puede ni quiere atender, convirtiéndose en un embudo donde la salud de muchas personas se estanca.
Pero ¿a qué hospital puede acudir un campesino de un municipio apartado cuando allí no hay siquiera un médico general disponible? La red de atención en el departamento presenta enormes vacíos que han convertido la salud regional en un sistema anarquizado.
El cuerpo médico del HUS trabaja en condiciones límite que ninguna vocación debería soportar. La formalización laboral de apenas un puñado de empleados está muy lejos de resolver la precariedad estructural de cientos de trabajadores que sostienen el hospital día a día. Sin personal dignificado y sin camas suficientes, cualquier intento de mejora es simplemente una ilusión.
Con la realidad actual del sistema de salud pública, construir un nuevo hospital de tercer nivel en Santander se ha convertido en una exigencia inaplazable. Ayudaría a descongestionar el HUS y distribuir la carga con criterios territoriales justos. Solo así se evitará que un solo colapso paralice la atención de millones de potenciales pacientes. No se puede seguir concentrando toda la complejidad en un único punto.
Pero el nuevo hospital de tercer nivel no basta si no va acompañado de una red robusta de centros de segundo y primer nivel en cada provincia. Los municipios requieren hospitales bien dotados y con personal estable que puedan resolver lo básico y estabilizar lo grave antes de remitir pacientes. Una deficiente red de atención convierte cualquier urgencia menor en una virtual catástrofe, de donde se desprende que la descentralización sanitaria es una salida ineludible.
Fortalecer la red de atención en el departamento significa dejar de pensar en instituciones aisladas y empezar a diseñar un sistema eficiente y funcional. Esto implica invertir con decisión en infraestructura, equipamiento y talento humano en todas las escalas de complejidad.
La lección que deja el HUS con su ocupación al 177 % es suficientemente clara: seguir concentrando allí la atención llevará el sistema al colapso. Mientras no exista un nuevo hospital de alta complejidad y mientras los centros periféricos sigan careciendo de recursos suficientes, las urgencias del nororiente seguirán desbordadas. Los médicos continuarán extenuándose, los pacientes seguirán esperando y la indignación ciudadana crecerá sin encontrar eco en acciones concretas.
Las autoridades departamentales y nacionales tienen en sus manos la posibilidad de un cambio profundo en la atención de Santander. No se requieren más diagnósticos, mesas técnicas ni promesas de campaña, sino partidas presupuestales firmes y licitaciones ejecutadas con velocidad y transparencia. Un nuevo hospital de tercer nivel y una red de segundo y primer nivel fortalecida son la única respuesta seria y de largo plazo a lo que desde hace rato es una crisis endémica.











