“Yo creo que eso lo deben tratar las autoridades en las cárceles, por supuesto, pero de mí no esperen declaraciones contra la paz”.
Las declaraciones del candidato a la presidencia Iván Cepeda sobre la fiesta en la cárcel de Itagüí no pueden generar más que angustia y temor, pues revelan su postura frente a la paz en un eventual gobierno. Lo más preocupante es la narrativa que se instala: la idea de que la paz exige silencio frente a situaciones que involucran a estructuras criminales. Esa visión no construye paz; la distorsiona. Y cuando se distorsiona el lenguaje, se debilita el proceso entero.
Sus palabras retumban en mi interior; con una tristeza profunda veo cómo él encarna el resentimiento que no nos ha permitido avanzar en una conversación seria y fructífera para alcanzar la paz en el país. Me recuerdan a Jesús Santrich cuando en 2012 pronunció el tan doloroso “quizás, quizás, quizás”, en tono de burla, cuando le preguntaron si las Farc pedirían perdón a las víctimas. En 2019, Santrich fue abucheado en la plenaria de la Cámara de Representantes, donde se rechazó su presencia; solo después pidió perdón a las víctimas por su declaración de 2012. Esto quiere decir que se tardó siete años en reconocer que se había equivocado y que solo lo hizo ante un rechazo generalizado en el Congreso.
De un modo similar, hoy cabe preguntarse: ¿cuánto le tomará a Iván Cepeda y qué se necesitará para que reconozca que está equivocado? El país no puede permitir voceros de este calibre. La paz debe tomarse en serio, con responsabilidad y con las víctimas como prioridad.
Para empeorar la situación, el propio Cepeda escribió en su cuenta de X: “Ahora los amigos y las amigas de toda la vida de los jefes de las ‘oficinas’ y ‘clanes’ están escandalizados por la fiesta en una cárcel. Pero cuando compraron tierras y ordenaron masacres no se escandalizaban. Hipócritas disfrazados de gente honorable”.
Esta salida en falso confirma su desprecio por el cuestionamiento público. Iván Cepeda sigue destilando el discurso de odio que tanto daño le ha hecho a Colombia. Según esto, cualquier persona que se indigne con la fiesta en la cárcel es un “hipócrita disfrazado de gente honorable”.
No podemos permitir que el gobierno en curso y los que pretenden ser sus sucesores sigan tergiversando el significado de la paz; debemos impedir que sea un relato unilateral el que domine la narrativa nacional. Lo que está en juego no es un debate coyuntural, sino el sentido mismo de la paz como proyecto nacional. La paz se construye entre todos, desde la neutralidad y evitando cualquier sesgo que alimente la polarización.












