Publicidad

Columnistas
Miércoles 13 de mayo de 2026 - 01:00 AM

Después del exceso

Compartir

En una época marcada por la ansiedad, la hiperconexión y el vacío existencial, un detalle inesperado de la Met Gala 2026 acabó expresando más que cualquier discurso filosófico. Mientras los reflectores perseguían trajes excéntricos y joyas millonarias, el rosario de Georgina Rodríguez suscitó una conversación distinta.

Entre el brillo efímero y la frivolidad, atuendos que buscan viralizarse y apariciones que parecen diseñadas para provocar, Georgina llegó a la gala con un vestido de Ludovic de Saint Sernin, inspirado en la Virgen de Fátima, y un rosario elaborado en oro blanco de 18 quilates, con perlas naturales y 64 diamantes; convirtiendo un símbolo religioso en el centro de una de las noches más relevantes de la moda mundial.

Más allá del lujo, el gesto tuvo una carga simbólica poderosa. En un escenario dominado durante años por el cinismo, el exceso y la provocación vacía, alguien decidió llevar la fe al cuello.

Muchos se apresuraron a criticarlo, argumentando que este acto no era más que minimizar la religión, convertir la fe en un accesorio o usar lo sagrado como estrategia estética. Y quizá haya algo de razón en esas críticas, pero reducir el fenómeno únicamente a eso sería ignorar una realidad mucho más profunda: el regreso de la necesidad espiritual.

Hoy el auge de la fe atraviesa culturas, generaciones e ideologías. Jóvenes europeos vuelven al catolicismo tradicional después de décadas de secularización. En América Latina aumentan las iglesias cristianas con una fuerza impresionante. En Estados Unidos, donde las cifras de ansiedad y depresión alcanzan niveles históricos, miles de personas buscan refugio en prácticas espirituales, rituales ancestrales, meditación o comunidades religiosas. Incluso quienes rechazan las religiones institucionales terminan buscando “algo”: astrología, energía, retiros de silencio, mindfulness o ceremonias de conexión emocional.

¿La razón? El ser humano no fue diseñado únicamente para producir, consumir y sobrevivir; necesita propósito, esperanza y creer que existe algo más grande que él mismo.

La gran crisis de esta generación no es económica ni tecnológica; es existencial. Hemos construido una cultura obsesionada con el rendimiento y la validación instantánea, pero incapaz de responder preguntas esenciales: ¿Para qué vivir? ¿Qué hacer con el sufrimiento? ¿Cómo encontrar paz? ¿Qué sentido tiene todo esto?

Y cuando una sociedad pierde las respuestas trascendentales, inevitablemente aparecen el vacío, la desesperanza y la desconexión emocional.

Quizás por eso el rosario de Georgina impactó tanto, porque apareció en el lugar menos esperado: el templo moderno de la imagen, el lujo y el ego. Y aun allí recordó algo profundamente humano: el alma sigue teniendo hambre.

Tal vez el verdadero símbolo de esta época no sea la inteligencia artificial ni las redes sociales, sino el silencioso regreso de millones de personas buscando nuevamente algo en qué creer.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día