Mientras las selecciones buscan un lugar entre las cuatro mejores del mundo, en las calles de las ciudades anfitrionas se disputa otro torneo. Uno sin árbitros, sin eliminaciones y sin campeones.

Hay una escena que se repite todos los días en una Copa del Mundo: un colombiano le pide una foto a un escocés, un inglés recomienda dónde comer a una familia mexicana, un grupo de neerlandeses cambian una bufanda por una camiseta argentina, mientras unos aficionados de Haití cantan y bailan alrededor de un parlante.
Muchos de ellos no hablan el mismo idioma, probablemente nunca vuelvan a verse, pero durante unos minutos eso deja de importar.
Mientras el torneo entra en su etapa decisiva, fuera de los estadios se juega otro partido, uno donde no existen favoritos, ni tablas de posiciones, ni eliminaciones. Solo personas que llegaron desde distintos lugares del mundo para acompañar a su selección.

Entre tantas conversaciones, hubo una pregunta que terminó repitiéndose una y otra vez. Bastaba con acercarse a cualquier aficionado para descubrir que, sin importar el país de origen, todos tenían una historia distinta, pero una emoción muy parecida.
¿Qué significa el fútbol para usted?
Danish, un aficionado escocés, respondió casi sin pensarlo.
“Para mí el fútbol lo es todo. En Escocia hace parte de nuestra cultura, especialmente cuando juega la selección. Une al país. En este Mundial muchísima gente viajó para acompañar al equipo y eso demuestra la pasión que sentimos”.
A pocos metros estaba Lincoln, que lleva siguiendo a Inglaterra desde Sudáfrica 2010. Ha vivido eliminaciones dolorosas y también grandes victorias, pero ninguna cambió su manera de ver este deporte.

“En Inglaterra el fútbol nos representa. He seguido a mi selección desde 2010. Algunas veces ganamos, otras perdemos, pero eso no cambia nada. Venir a un Mundial sigue siendo una de las mejores experiencias que he vivido”.
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Las palabras cambian según el país, pero la emoción suele ser la misma.
Daan, llegado desde Países Bajos, lo resumió de una manera sencilla.
“El fútbol une a las personas. Durante el Mundial dejamos por un momento los problemas de lado y solo pensamos en apoyar a nuestro país”.
La historia de Nat, una aficionada haitiana, tiene otro matiz. Su selección llegó sin el peso de ser favorita, de hecho, muy pocos la imaginaban en un Mundial. Pero para ella, eso nunca fue lo más importante.
“Para nosotros ya es increíble estar aquí. Sabemos que no teníamos muchas posibilidades, pero el mundo conoció a Haití por algo bueno. En nuestro país hay fiesta gracias al fútbol, así estemos eliminados”.
Después de escuchar respuestas tan distintas, encontramos un punto en común: Nadie habló primero de títulos, nadie mencionó estadísticas, nadie empezó hablando de sistemas tácticos.

Todos hablaron de su familia, de los amigos con los que viajaron, de las personas que dejaron en casa viendo los partidos por televisión y del orgullo de ver la bandera de su país entre miles de aficionados.
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Eso es lo que termina convirtiendo al Mundial en algo diferente.
Durante un mes, las ciudades han dejado de pertenecer únicamente a quienes viven en ellas. Los países anfitriones se llenaron de camisetas de todos los colores, de himnos que se mezclan en una misma calle y de personas que descubren que pueden celebrar juntas, aunque hayan nacido a miles de kilómetros de distancia.
Al final solo habrá un campeón, los demás volverán a casa con una eliminación sobre los hombros.
Pero cuando pasen los años, es probable que muchos no recuerden el resultado de un partido. En cambio, sí recordarán al desconocido con el que terminaron abrazados después de un gol, la conversación con alguien que vivía al otro lado del mundo o esa sensación de descubrir que, durante noventa minutos, todos estaban alentando con la misma intensidad.
Y esa, quizá, sea una de las pocas cosas que el fútbol sigue haciendo mejor que cualquier otro deporte.














