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Miércoles 05 de septiembre de 2012 - 11:42 AM

El día que en Bucaramanga no dejaron nadar a Moisés Fuentes

Moisés Fuentes García consiguió ayer una medalla de plata en los Juegos paralímpicos de Londres. Pero ese no es su mayor logro. Vanguardia.com cuenta un pedazo de su vida entregada a ayudar, junto con su entrenador, a los discapacitados de Santander. Ese es su gran triunfo. El que pocos conocen.

El día que en Bucaramanga no dejaron nadar a Moisés Fuentes (Foto: Tomada de internet/VANGUARDIA LIBERAL)
El día que en Bucaramanga no dejaron nadar a Moisés Fuentes (Foto: Tomada de internet/VANGUARDIA LIBERAL)

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Publicado por: JUAN CARLOS GUTIÉRREZ

Ya es hora. Moisés Fuentes García, ‘Moiso’, sale a la piscina principal del Centro de Deportes Acuáticos de Londres. William David Jiménez, su entrenador, empuja la silla.

Se anuncia la final de 100 metros pecho, categoría SB4. A Colombia le corresponde el carril número tres. Los restantes ocho competidores se acomodan en los partidores. Moisés mueve en círculo los brazos y sonríe. Baja de su silla de ruedas y se acomoda en el borde del estanque.

Los jueces están en sus lugares, cuando se oye:

- Take your marks. (A sus marcas). Al segundo, el sonido de una chicharra ordena saltar al agua. Algunos se lanzan impulsados por los pies. Le toman ventaja al santandereano.

‘Moiso’ debe empujarse sólo con los brazos. No tiene voluntad en sus piernas. Sicarios hace 20 años, en Santa Marta, asesinaron a su hermano. Moisés, quien lo acompañaba, recibió varios impactos de bala que le generaron una lesión a nivel de las vértebras 9 y 10.

Mueve los brazos, entierra su cabeza en el agua, avanza como felino acuático que prepara su zarpazo, y otra vez entierra su cabeza.

Su olfato de bestia lo manda adelante. Su corazón aumenta el ritmo. Antes de cumplir los primeros 50 metros ocupa el segundo puesto. Detrás está el español Ricardo Ten.

Ten, sin extremidades superiores, toca la orilla y se impulsa con sus piernas. Gana más terreno.

 

Ustedes en esta piscina no nadarán

A 8.214 kilómetros de Londres, en Bucaramanga, 28 años atrás, William David Jiménez se quedó callado. Nada podía hacer. Nada. Sólo mirar y escuchar. Con resignación llamó a sus nadadores y les comunicó que no los dejarían competir.

Los organizadores del certamen departamental que se desarrollaba en uno de los clubes más exclusivos de la ciudad, a mediados de 1984, se negaron a dejarlos meter al agua.

“En ese tiempo el discapacitado se veía como un enfermo. Pensaban que ellos andan a toda hora ‘popiados’ y orinados. Eso no es cierto. Quien no domina su cuerpo aprende a hacer uso de la sonda. Van al baño y desocupan la vejiga. Esa era una de las cosas que la sociedad no entendía. En varios lugares hubo rechazo”.

William David Jiménez siguió entrenando a sus niños y muchachos invidentes y no caminantes, hasta el próximo torneo de natación. La respuesta, meses después fue la misma.

- Ellos no pueden competir.

“Dijeron que los otros niños que iban a competir se podían traumatizar. Que no era permitido que personas con discapacidades nadaran con niños que no tenían problemas físicos. Que eso sería un choque tremendo...”.

En una ocasión se permitió un diálogo entre discapacitados, nadadores convencionales y público. Entonces, un niño caminante preguntó a un joven nadador que no tenía brazos.

- ¿Cómo haces para limpiarte la cola cuando vas al baño?

La respuesta fue sencilla. El joven explicó que su cuerpo se acostumbró a acudir al sanitario sólo en las mañanas. Después no se limpiaba con papel higiénico, sino que inmediatamente se duchaba. Así ocurría todos los días.

William David, licenciado en educación física, economista y sociólogo, decidió que sus nadadores tenían el derecho a competir.

“Nos abrimos paso a las malas. Los inscribí en un campeonato como si fueran deportistas convencionales. A nadie le dije que eran discapacitados. Fueron avalados por la Liga de Natación. Así que no tenían la opción de rechazarnos. A los organizadores de los torneos les obligaba a recibirlos. Así empezamos, a la brava...”, recuerda William David, con más de 14 años dedicados a entrenar deportistas discapacitados, de los cuales los distintos gobiernos le han pagado sólo tres meses, y eso, sólo el año pasado.

“Los discapacitados no me pagan nada. Recibimos a los que quieran llegar a entrenar...”, sentenció.

 

Me defiendo en el agua

Los seis disparos que recibió el cuerpo de Moisés, como un eco irremediable, le agrietaron por días el alma. De Santa Marta llegó a una casa de arriendo en Campohermoso. Allí, en cuestión de horas se le envejecieron sus ganas de vivir. Doliente, persuadida, frustrada, silenciosa, la idea de morir le clavaba las uñas en las noches, cuando en un silencio abismal no podía conciliar el sueño.

“Lloraba como un niño. No salía de la habitación. Recordaba ese día una y otra vez. Quería morirme. No tenía ganas de nada. No me suicidé porque no podía…”.

El dolor redondo, paciente y agrio le oxidó dos meses la vida a Moisés, hasta que entendió que no poder caminar, para nada es sinónimo de fracaso.

“Conocía a personas del Club de Parapléjicos de Santander, Padesan. Me invitaron a jugar baloncesto. Aún así pensaba que podría caminar. Pasó el tiempo. Conocí más personas y entendía… al fin entendí. Acepté que no podría volver a caminar y que mi vida continuaba y debía asumirla con responsabilidad”.

‘Moiso’ empezó a jugar baloncesto hasta que en 1993 acudió con su equipo a un torneo en Bogotá para policías discapacitados, donde dejaban que algunos civiles no caminantes compitieran.

Orlando Duarte, el entonces entrenador de Moisés, le hizo una pregunta que lo marcaría hasta la actualidad.

- ¿Qué tal es usted para la natación?

- Me defiendo. Tomo agua, pero llego, respondió.

Sin preparación o técnica alguna, Moisés manoteó en el agua y ganó dos medallas de plata y una de bronce. Al finalizar, el mismo técnico le hizo otra pregunta.

- Usted como que es bueno para eso. ¿Quiere seguir?

- Claro, profe.

Orlando relacionó a Moisés Fuentes, de 19 años, con un profesor boyacense que gratuitamente entrenaba a discapacitados en Bucaramanga.

- Mucho gusto profe, Moisés Fuentes.

- Mucho gusto, William David Jiménez. Aquí estamos para servirle. Todo depende de usted. Estoy para colaborarle, vaya caliente...

Los entrenamientos ocurrían todos los días en el parque Recrear de Las Américas. Rodaba desde Campohermoso hasta el polideportivo de Las Américas, y viceversa.

Hace 18 años Moisés y David trabajan por nadar mejor. En este tiempo ‘Moiso’ clasificó a tres paralímpicos (Sydney 2000, Atenas 2004 y Pekín 2008). Además de obtener medallas en torneos regionales y nacionales, su pecho ha lucido la medalla de oro en los Parapanamericanos de Mar del Plata, en 2003, y en los Juegos Nacionales. En el mundial de Durban (Suráfrica), fue medalla de Bronce y en Manchester (Inglaterra) sumó una medalla de plata.

Pero así como subió al podium también ha querido dejarlo todo, entre otras cosas por la falta de apoyo para una legión de deportistas que por muchos años ha estado en el anonimato de la sociedad.

Al menos así lo pensó cuando logró clasificarse con mucho esfuerzo al mundial de natación en Argentina, y los directivos nacionales lo hicieron viajar hasta Bogotá para contarle a escasas horas de tomar el avión, que no competiría.

“Le dijeron que no había dinero para los pasajes. La frustración fue grande...”, recordó su entrenador William David Jiménez.

 

Su labor

La Organización Mundial de la Salud, OMS, estima que 500 millones de personas en el mundo tienen algún tipo de discapacidad.

Según estadísticas del DANE, el 10% de la población en Colombia tiene alguna discapacidad; lamentablemente muchos de ellos provienen de familias en condiciones económicas muy bajas, sin acceso a tecnología o acompañamiento médico permanente que mejore su calidad de vida.

Eso lo entendió Moisés cuando decidió comprar un álbum de fotitos y pegar cuanto recorte de periódico registraba sus logros como deportista. Al salir a la calle y rodar, buscaba siempre a personas con discapacidad.

- Hola.

- Hola.

- Me llamo Moisés, soy deportista. ¿Me permite mostrarle lo que hago? Es un álbum con fotos...

Segundo Pineda, un hombre que tiene un puesto de comidas en el barrio Ciudadela Real de Minas, recuerda cuando Moisés se le acercó y preguntó por su hija de 13 años en silla de ruedas.

“Yo no lo conocía. Él la vio y se nos acercó. Nos mostró las competencias en que había estado y dijo que lleváramos a la niña. Desde entonces es nuestro amigo. Él aconseja a la niña. Moisés es una persona de buen corazón, que nos ha ayudado mucho”, aseguró Pineda.

Igual piensa Víctor Ruiz, de 28 años, quien hace tres sufrió un accidente que lo dejó en una silla de ruedas.

“Moisés llegó a mi casa. Vivo en el último barrio del Norte, en Los Ángeles. En ese tiempo estaba muy mal. No tenía ganas de vivir. Moisés me empezó a dar consejos. Me invitó a practicar un deporte. Me cambió la vida y me ayudó un 80% a salir de la depresión”, aseguró Víctor Ruiz, quien hace parte del equipo de baloncesto en silla de ruedas de Santander.

Entonces las clases de William David Jiménez se llenaron de personas discapacitadas, invitadas en los encuentros callejeros. Muchos llegaron. Algunos se quedaron y otros no volvieron.

 

Explotados sin misericordia

“Esa labor la seguiré haciendo. El deporte inyecta motivación para ser mejor persona. Es una forma de ayudar a las personas que lo necesitan. Así seguiré...”, aclara Moisés, quien también conoce casos tristes donde los no caminantes son explotados sin misericordia.

Así sucedió en unas elecciones. Un candidato llegó a una plaza de mercado de Bucaramanga. Una vendedora tenía un hijo discapacitado que carecía de una silla. El candidato, por ganar votos, le donó la silla en un acto público y muy aplaudido. Cinco meses después de los comicios, el político, que no salió elegido, llegó a la plaza de mercado y le pidió la silla a la señora, quien no tuvo más remedio que devolverla.

“No puedo dar una silla de ruedas buscando votos. Ese fue un caso triste que ojalá nunca se repita”, señala ‘Moiso’, antes de meterse a la piscina, en cuyo extremo permanecen solitarios las sillas de ruedas, los metálicos caminadores, los monótonos bastones, las estrujadas férulas, todo porque el agua (con cloro) mutila sin piedad cualquier parálisis.

Ahora, en Londres, Moisés se lanza. Mueve sus brazos y nada con fuerza. Quiere la medalla.

 

La final

En la competencia de Londres 2012 Moisés va de segundo. El brasileño Daniel Dias lidera. El  español casi lo alcanza. ‘Moiso’ no se deja vencer. Son muchos años en una piscina, y quiere más.

Nada indomable, incontrolable, fiero, mientras una granizada de ojos con sus pepas negras lo siguen en Colombia por televisión.

Al tocar el borde no sabe de qué llegó. Mira el tablero. Es segundo y sonríe. Es medalla de plata. Es la primera medalla para el país en Londres, es una más en su larga carrera. Colombia goza, su esposa e hijas se abrazan orgullosas  en el barrio Mutis y un país, que muchas veces discrimina a las personas en situación de discapacidad, aplaude al hombre que pasa sus días en una silla de ruedas.

Publicado por: JUAN CARLOS GUTIÉRREZ

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