Mientras el debate agrícola se concentra en fertilizantes y rendimientos, un factor esencial permanece relegado: la salud del suelo.

Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz: El Campo en Tacones
Hay momentos en la vida que son excepcionales: la complicidad de tiempo y lugar que nos ofrecen una oportunidad única para vivir una experiencia renovadora y recuperar la magia de aquello que parece olvidado, porque nos acostumbramos a lo tradicional o simplemente creemos, desde nuestros propios egos, que lo que hacemos está bien y no necesitamos otra opinión. ¿Y por qué lo digo?
En mi artículo anterior hablé de cómo la agroecología puede ser rentable. Hoy quiero ir un poco más lejos. Le propongo que incline la mirada hacia abajo, hacia lo que está justo debajo de sus pies: sí, el suelo. Ahora, iniciemos una experiencia verdaderamente transformadora. Pero antes, una pregunta sencilla, pero ponderosa a cada agricultor y productor pecuario: ¿conoce usted realmente cuál es la vocación de su suelo?
Muchos campesinos sienten que la tierra ya no es como antes. Y no es una simple percepción: es una señal, una advertencia silenciosa, de que nuestros suelos están perdiendo materia orgánica, que es su fuente de capacidad productiva. Sin materia orgánica, el suelo pierde estructura, humedad y resiliencia. Entonces, ¿cómo lo regeneramos?
Lo primero es conocer el tipo de suelo que tenemos: sus necesidades, sus limitaciones y su vocación productiva. Solo así podremos construir una economía campesina inteligente, capaz de producir respetando la naturaleza y aprendiendo de ella.
Santander es un mosaico de suelos y climas. Basta recorrer sus cintas de tierra y asfalto para conocer 87 municipios con una diversidad topográfica privilegiada. Iniciando desde los 60 metros sobre el nivel del mar, en la ribera del río Magdalena, hasta los 4.500 metros en el majestuoso Cerro del Almorzadero, donde el suelo actúa como una esponja que atrapa el agua de la niebla.
Entre los 1.200 y 2.000 metros se extiende el clima de la eterna primavera, corazón productivo del departamento. La excepción imponente del Cañón del Chicamocha rompe la uniformidad y nos recuerda la fuerza del relieve. Como lo describe Mayerling Sanabria en “Uso del suelo en Santander: cartografía y sistemas de información geográfica” (Nov. 14 de 2023).
Cada altura, clima, pendiente o valle tiene una vocación distinta. Sin embargo, durante años hemos tratado los suelos como si todos fueran iguales y, en ese error, hemos ido perdiendo materia orgánica, volviéndolos más frágiles frente a las sequías, menos eficientes para absorber lluvias intensas y menos capaces de sostener cultivos productivos.
Durante décadas aprendimos que, si bajaba la producción, la solución era aplicar más fertilizante: más nitrógeno, más fósforo, más potasio. Tratando el síntoma, pero no la causa. Alimentamos la planta, pero olvidamos alimentar el suelo. Esa lógica nos dio resultados inmediatos, pero también generó dependencia y deterioro progresivo.
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Santander posee una diversidad climática privilegiada y una tradición agrícola resiliente. Sin embargo, el futuro del campo no dependerá solo de más insumos, sino de entender la vocación de cada suelo y regenerar su materia orgánica. La verdadera inteligencia productiva comienza bajo nuestros pies.
Entender para qué es apto un suelo implica conocer su pH, su estructura, su nivel de compactación, su humedad y su composición mineral. No es un lujo técnico; es una necesidad productiva básica para tomar decisiones responsables y económicamente viables.
Es momento de hacer un punto de inflexión en nuestras prácticas tradicionales y diseñar sistemas armónicos con los ecosistemas. Porque no se trata solo de nutrir un cultivo, sino de devolverle al suelo su materia orgánica y estimular la vida del suelo.

Cuando hablamos de vida del suelo, hablamos de microbiota: bacterias, hongos, protozoos y algas que descomponen la materia orgánica y transforman los nutrientes minerales en formas disponibles para las plantas. Hablamos de mesofauna, como ácaros y colémbolos, que fragmentan residuos vegetales. Y macrofauna: lombrices, escarabajos, hormigas, verdaderos “biotractores” naturales que airean, dan estructura y porosidad a los suelos.
Producir con coherencia significa reconocer que el suelo no es un insumo más dentro de la finca. Es el capital más importante del campesino. Sin suelo sano no hay sostenibilidad posible. Hoy los suelos están hablando, nos muestran erosión en las laderas, compactación, sobrepastoreo y la idea equivocada “del volteo del suelo”, que han causado menor fertilidad, pérdida de microorganismos y de cobertura vegetal. Nos hablan a través de cultivos débiles, enfermos, con rendimientos inestables. Y debemos aprender a escucharlos, no se trata de producir menos, se trata de producir mejor.
La taxonomía de los suelos y los cambios climáticos nos están orientando hacia una agricultura climáticamente inteligente. Es imperativo construir suelos más esponjosos, capaces de retener agua en tiempos de sequía y drenar adecuadamente en temporadas de lluvia intensa, reduciendo así riesgos productivos. Necesitamos sistemas con cobertura vegetal, rotaciones planificadas, incorporación de abonos orgánicos y reducción del uso indiscriminado de herbicidas que deterioran la vida del suelo y empobrecen su biología.
Hablar de cobertura vegetal es hablar de protección contra la erosión.
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Hablar de abonos orgánicos es hablar de devolver carbono al sistema.
Hablar de regeneración es hablar de futuro.
No estamos llamados a pelear con la tierra, sino a trabajar con ella desde el sentido profundo de la agroecología, entendiendo que cada finca es un ecosistema y cada decisión agronómica tiene consecuencias ambientales y económicas.
No se trata de producir menos, sino de producir mejor. La agroecología propone reconciliar rentabilidad y sostenibilidad a partir de una premisa básica: devolverle vida al suelo.
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Si comprendemos la vocación de nuestros suelos, podremos planificar cultivos acordes con cada territorio, optimizar recursos, reducir costos y fortalecer la economía campesina, sin sacrificar la salud ambiental. Esa es la verdadera inteligencia productiva: la que armoniza rentabilidad y sostenibilidad.
Santander tiene todo para convertirse en referente de producción agroecológica y llegar a ser el departamento verde de Colombia. Posee diversidad climática, tradición agrícola y campesinos resilientes. Lo que necesitamos es cambiar la mirada. Inclinarla hacia abajo, porque el futuro no comienza en los mercados ni en las cifras de exportación: comienza bajo nuestros pies. Si aprendemos a escuchar lo que el suelo nos está diciendo, no solo regeneraremos la tierra, sino también nuestra manera de producir, de vivir y de habitar el territorio. El futuro empieza bajo nuestros pies, la tierra nos está hablando.















