Entretenimiento
Sábado 01 de noviembre de 2025 - 10:26 AM

Mujeres que se miran, se filman y se cuentan

¿Qué pasa cuando las mujeres no solo protagonizan, sino también filman y narran? El Festival de Cine Enfocados la ensanchó, al poner en el centro las preguntas del feminismo, los cuerpos disidentes y el poder de contarse desde otro lugar.

Libia Stella Gómez, directora de cine santandereana. Foto suministrada/VANGUARDIA
Libia Stella Gómez, directora de cine santandereana. Foto suministrada/VANGUARDIA

Compartir

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

La escena es íntima: una mujer de espaldas en medio de la selva, frente a una cámara que no la juzga. Es Amazona, el documental de Clare Weiskopf sobre su madre que abrió una grieta en la narrativa tradicional del rol de las mujeres y la maternidad. “En la vida, lo más importante es la vida de uno”, dice la mujer en la película. Esa frase, que alguna vez habría escandalizado al melodrama latino y que todavía controvierte a muchas y muchos, hoy se vuelve faro para nuevas miradas. No se trata solo de contar historias “sobre” mujeres, es permitir que esas mujeres narren con su propia voz, con sus preguntas, desde lugares que el cine, como industria, como lenguaje, como institución, les había negado por siglos.

Y de eso se trató precisamente la tercera edición del Festival de Cine Enfocados, realizado los días 21 y 22 de octubre en la Universidad de Santander (Udes), bajo el lema “Mujer y Género”. Fue un encuentro entre proyecciones, conversatorios y prácticas formativas que reunió a estudiantes, docentes, creadoras, activistas y periodistas para pensar el cine no como espectáculo, sino como territorio político y pedagógico.

“El festival nació como una forma de contrarrestar la invisibilización y los estereotipos que históricamente se han tenido en la industria cinematográfica”, explica Óscar Rodríguez, profesor del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Udes. En esta edición, la curaduría buscó dar lugar a historias contadas por mujeres, o que abordaran las experiencias disidentes desde una mirada sensible y crítica.

“Lo que intentamos fue proponer una versión más inclusiva, más diversa, con todas las formas de ser mujer y todas las expresiones de género que existen en esta sociedad”, añade Rodríguez. Y no solo en pantalla: los estudiantes del programa fueron parte activa del proceso, generando contenido, cubriendo el evento y creando más de 40 piezas digitales en tiempo real, que alcanzaron más de 18.000 visualizaciones en redes sociales. “Este festival es un laboratorio vivo de aprendizaje”, resume.

Para Catalina Serrano, periodista, guionista y moderadora invitada al conversatorio central del evento, el corazón del diálogo fue claro: “Estamos viendo más mujeres en cargos de poder dentro del audiovisual: directoras, guionistas, productoras. Y eso cambia todo. Se están contando nuestras historias desde nuestra mirada, con sensibilidad de género y con justicia narrativa”.

En Santander contamos entre nuestras directoras a Libia Stella Gómez y a Diana Ojeda. Libia Stella Gómez es, en muchos sentidos, una cineasta hecha en lo público. Su filmografía se ha construido desde el rigor académico, la pasión autoral y una obstinación por contar historias que incomodan o que, simplemente, no se suelen contar. En sus películas, hay mujeres mayores, ciudades que ya no existen, héroes sin épica, y una cámara que observa con compasión pero sin complacencia. Desde Santander, desde la universidad, desde el set o el aula, su cine insiste: se puede hacer cine en Colombia, y se puede hacer con voz propia.

Libia Stella Gómez Díaz, nacida en El Socorro en 1969, es una destacada cineasta y docente colombiana que ha forjado una trayectoria sólida desde lo público. Formada y luego directora de la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad Nacional, ha impulsado un cine autoral con mirada crítica y sensibilidad social. Su filmografía incluye obras como La historia del baúl rosado (2005), Ella (2015) y Un tal Alonso Quijano (2020/2021), que exploran desde el thriller hasta la intimidad y la relectura literaria. Comprometida con la formación actoral, editó en 2024 un volumen sobre dirección de actores para la Cinemateca de Bogotá, reafirmando su idea de que el buen cine nace de la confianza en el set.

Diana Ojeda, directora de cine santandereana. Foto suministrada/VANGUARDIA
Diana Ojeda, directora de cine santandereana. Foto suministrada/VANGUARDIA

Por su parte, Diana Ojeda, nacida en Bucaramanga, ha convertido el cine en un espacio desde el que visibilizar las resistencias de mujeres y comunidades marginadas. Estudió en la Universidad Autónoma de Bucaramanga y en 2013 fundó Cine Latina, desde donde ha construido documentales y ficciones sobre defensores del territorio, víctimas del conflicto y mujeres que disputan espacios tradicionalmente masculinos. Entre sus primeros trabajos se cuenta Los hijos del Catatumbo (2014), que retrata a sobrevivientes de la violencia paramilitar en el Catatumbo. Más adelante dirigió proyectos como Pantaleón (2019) y, de forma más reciente, el documental Las Bravas, que muestra la historia de tres mujeres barristas del Atlético Bucaramanga y fue la producción santandereana seleccionada en el Festival de Cannes 2022. Por esta obra recibió el Premio Princesa Grace en cine en 2022, lo que la situó en el radar internacional como una de las voces feministas más notables del cine colombiano.

Publicidad

Pero no todo son avances. Catalina fue enfática en que aún persiste la etiqueta de “cine para mujeres”, que marca con tono menor cualquier historia protagonizada o escrita por ellas. “Es como si se asumiera que los hombres no pueden identificarse con esos relatos, cuando en realidad son historias humanas. Todavía hay una resistencia fuerte a salirse del modelo masculino como centro de todo”.

En el conversatorio también participaron la actriz y activista Alejandra Borrero, la comunicadora y defensora de derechos humanos Manari Figueroa, y la economista Noelia Ortiz, quienes reflexionaron sobre cómo desde el arte, los medios y el derecho puede hacerse pedagogía feminista. “Todos deberíamos ser feministas, dice Catalina, y necesitamos que los hombres también estén de este lado, entendiendo que el machismo les hace daño a ellos también”.

Fredy Higuera, uno de los coordinadores del festival, recuerda que en la edición anterior ya se había tocado superficialmente el tema de género, al proyectar Nosotras, un documental que aborda la violencia sexual en el conflicto armado: “ahí entendimos que el cuerpo de las mujeres había sido territorio de guerra. Y que merecía un festival completo para pensarse”.

La decisión de dedicar esta edición a género no fue fácil: “sigue siendo un tema que incomoda. Hay gente que todavía lo ve como una amenaza. Pero eso es precisamente lo que buscamos: que incomode, que remueva, que cuestione. Porque cuando una historia incomoda, es porque está haciendo visible algo que siempre se ha querido callar”.

En su lectura, el festival no solo debe proyectar películas: debe abrir grietas en el relato hegemónico. “No es que estas historias no existieran”, dice. “es que nunca se contaron. O no se dejaron contar. Y ahora que se cuentan, hay quienes las tachan de ‘forzadas’. Pero no lo son. Son necesarias”.

Mujeres que se miran, se filman y se cuentan. Foto suministrada/VANGUARDIA
Mujeres que se miran, se filman y se cuentan. Foto suministrada/VANGUARDIA

Desde su formación en fotografía y arte digital, Rafael Prada, artista visual y coordinador de creación artística y cultural de la Udes, ha trabajado en la construcción de relatos que parten de imágenes, pero no terminan en ellas: “yo creo que hoy tenemos una oportunidad tremenda: la tecnología está democratizada. Cualquier persona puede escribir, grabar, editar. Lo que hace falta es motivación y espacios como este que validen y difundan esas voces distintas”.

Para él, el reto está en que esas historias no se queden en nichos: “muchas veces el arte popular, como el reguetón, por ejemplo, es el que más impacto tiene. Pero hay otras formas de arte que también tienen derecho a circular, a emocionar, a hacer pensar. Y en eso, el cine feminista y disidente tiene mucho que decir”.

Publicidad

Si algo dejó claro este festival es que hablar de cine y género no es solo un asunto estético: es un posicionamiento político: “no es perder un privilegio, es ganar humanidad”, dice Fredy Higuera, recordando una conversación con Alejandra Borrero sobre la brecha salarial. “A los hombres nos han hecho creer que equidad es perder. Pero no se trata de que alguien gane menos, sino de que todos tengamos las mismas oportunidades de contar nuestras historias”, explica.

Esa es, tal vez, la mayor potencia del cine con enfoque de género: que permite imaginar futuros donde otras vidas también importen. Donde las mujeres ya no sean adornos, víctimas o silencios, sino protagonistas complejas. Donde lo disidente no sea amenaza, sino lenguaje. Donde el deseo no sea castigo y donde la justicia no solo se administre, sino también se narre.

Sí, el cine siempre ha sido una ventana para mirar el mundo, pero es también un espejo que deforma. Las mujeres estuvieron ahí desde el principio: Alice Guy-Blaché dirigía películas cuando los hermanos Lumière aún eran un experimento visual y Lois Weber filmaba temas sociales en la era muda. Sin embargo, el modelo hollywoodense las sacó de los créditos. El control económico trajo consigo el control narrativo: los hombres dirigían, filmaban y escribían; las mujeres eran retratadas.

Durante la “edad dorada” (1930-1950), el Código Hays dictó qué cuerpos podían desear, sufrir o rebelarse… y en qué medida. La mujer era madre, esposa o adorno; y si osaba desviarse, el guión la castigaba. No obstante, géneros como el melodrama o el “cine negro” ofrecieron grietas: heroínas trágicas, mujeres complejas, aunque siempre filmadas bajo el “male gaze”, esa mirada masculina que Laura Mulvey teorizó en 1975, en un ensayo que se volvió hito del análisis cinematográfico feminista.

Publicidad

Mujeres que se miran, se filman y se cuentan. Foto suministrada/VANGUARDIA
Mujeres que se miran, se filman y se cuentan. Foto suministrada/VANGUARDIA

Con la mayor publicación y difusión de las teorías feministas en los años 70, las mujeres comenzaron a preguntarse: ¿por qué solo ocupamos la pantalla y no la cámara? Fue el inicio de una contraofensiva visual: Agnès Varda, Chantal Akerman, Marta Rodríguez o Sara Gómez comenzaron a contar desde otros lugares y otros cuerpos. Luego vinieron los cruces: raza, clase, sexualidad, migración. Es claro que no todas las mujeres viven lo mismo ni son representadas igual.

En los años 80 y 90, el feminismo negro, chicano y del sur global nos hizo repensarnos. Ya no bastaba hablar de mujeres sino de qué mujeres aparecen, quién las filma. En América Latina, el cine político y el documental comenzaron a mostrar a las trabajadoras, madres buscadoras y lideresas no como víctimas sino como sujetas políticas.

Después, la crítica de género se expandió hacia las sexualidades no normativas. El “New Queer Cinema” puso en pantalla cuerpos y deseos expulsados por el canon. Ya no era solo el problema de “cuántas mujeres”, sino de qué cuerpos pueden amar, luchar, criar, sobrevivir… y ser narrados.

En el siglo XXI, Hollywood descubrió que “la diversidad vende”. Llegaron las heroínas, las directoras premiadas, las cuotas. Pero muchas veces, como advierten las voces críticas, se trató de inclusión sin transformación. La estructura seguía siendo patriarcal, solo que con rostros distintos.

Elija a Vanguardia como su fuente de información preferida en Google Noticias aquí y únase a nuestro canal de Whatsapp acá.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Publicidad

Publicidad

Noticias del día

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad