Roberto Burgos Cantor, el gran amante de las letras, entró al Olimpo de los grandes escritores que no solamente le cantaban al Caribe, sino al país entero.

Publicado por: JIMMY FORTUNA
La última vez que Bucaramanga tuvo la maravillosa experiencia de verlo con vida fue en la pasada Feria del Libro, Ulibro 2018. El eslogan, “Leer para vivir”, se convertirá en el pasadizo secreto para ingresar a su mundo literario. Cada vez que se quiera revivir su figura, su imagen y su impecable don de la palabra, no habrá sino que abrir una de sus afamadas obras, tales como “Ver lo que veo”, con la que ganó recientemente el Premio Nacional de Novela, o “La ceiba de la memoria”, finalista del codiciado concurso Rómulo Gallegos y ganadora del Premio de Narrativa Casa de las Américas.
Por los pasillos de Ulibro se veía su delgada figura, caminando lentamente, con los pasos de la sabiduría y esa sencillez que siempre lo acompañaron. La poesía fue siempre su debilidad, tanto como su amada Cartagena, ciudad que estuvo en su narrativa, compartiendo ese sitial de honor con su entrañable amigo Gabriel García Márquez o con las ficciones del laureado Germán Espinosa.
En ese canto a la vida de cumplir 70 años, su mejor manera de celebrarlo fue con la publicación de “Ver lo que veo”. En esta obra, retomando las bases de la tragedia griega, el personaje que va perdiendo la vista se convierte en el ojo que devela toda una realidad: Otilia de las Mercedes Escorzia, de la mano de un grupo de personajes desposeídos. Muy al estilo del Premio Nobel José Saramago, la sabiduría se fue gestando con el paso lento del tiempo, aquel que deja sus frutos en cada uno de sus hijos de la literatura. Cada obra representa ese legado que ahora nuevas generaciones recogerán y alimentarán para comprender esa visión de mundo que el maestro Burgos Cantor tenía sobre la vida, sobre su país y, en especial, sobre Cartagena, como metáfora universal.
Su envidiable disciplina le permitía no solamente continuar con su labor en las letras, sino también seguir dirigiendo la maestría de escrituras creativas en una universidad en Bogotá y crear la cátedra en honor a su leal compañero Gabriel García Márquez. En su universo todos tenían cabida, desde los marginados hasta los que engrosaban los anaqueles de la historia, retratando de mil y una formas el Caribe.
Es notorio que el vacío que deja en la literatura colombiana y latinoamericana no podrá ser ocupado por nadie. Sin embargo, la mejor manera de homenajearlo, en medio de la tristeza, es retomando sus cuentos, sus novelas y sus múltiples notas, y dejándose sorprender por esa inenarrable capacidad de retratar al país.













