En los parques de Bucaramanga, el Tai Chi florece en silencio. Una comunidad guiada por el maestro Mauricio Barajas transforma cada movimiento en un acto de equilibrio, sanación y encuentro con lo esencial.

Publicado por: Redacción Cultural
A veces, cuando el bullicio se calma y la ciudad respira más despacio, se abre un pequeño portal hacia la serenidad. Es fácil pasarlo por alto si uno va de prisa. Pero si se detiene, si se permite observar, verá cuerpos que se mueven como si flotaran entre la luz y la sombra, guiados por una respiración profunda y antigua. Son los practicantes de la Escuela Colombiana de Tai Chi Estilo Yang, ECOTAY, guiados por el maestro Mauricio Barajas, o como se le conoce en su rol tradicional: Sifu. Lea también: ‘Tienda MAMB’ abre sus puertas con 53 emprendimientos de todo el país
Sifu Barajas tiene una presencia serena y una mirada honda de quien ha caminado con paciencia los senderos del arte interno. Para él, el Tai Chi es más que una disciplina física: “es un encuentro entre el cielo, el ser humano y la tierra”, dice. “Por eso trabajamos 80 % mente y 20 % cuerpo. Lo físico es solo la puerta de entrada a algo mucho más grande: una misión de vida”. Y en una época donde lo urgente atropella lo esencial, esa propuesta adquiere un valor urgente.
Elsy Arias, monitora de Segundo Duan, conoció al maestro en 2016, cuando él llegó a Bucaramanga. En ese entonces, ella estudiaba medicina china y apenas había oído hablar del Tai Chi. Un día, por intuición, se acercó al Museo de Arte Moderno donde se dictaban las primeras clases, y bastó ver al maestro en movimiento para comprender que había encontrado su camino. “Dije: esto es lo mío. Aquí me quedo”, cuenta. Desde entonces no ha dejado de practicar. Ha recorrido parques, cambiado de escenarios, pero la práctica se volvió su brújula. “Uno aprende a no desperdiciar la vida. Esto da energía, claridad, discernimiento”.

Elsy es una de las que, desde la experiencia, entiende que el Tai Chi no se enseña, se contagia.
Andrés Paillié llegó al Tai Chi durante la pandemia, en un momento de caos global y crisis personal. Descubrió, desde su casa, que el cuerpo podía moverse con sentido incluso en espacios mínimos. Que la lentitud no era un defecto, sino una medicina. “Yo soy hiperactivo, siempre quiero hacer mil cosas al tiempo, y eso me agota. El Tai Chi me ayudó a hacer las cosas en orden. A estar”, confiesa.
Su relato no es solo personal, también es generacional. Representa a muchos que han sido atrapados por el vértigo digital, por el multitasking eterno, por el cansancio sin nombre. Para él, el Tai Chi fue más que una práctica física: “Es una conexión espiritual. Un camino para reconectarme con algo superior, algo que antes no entendía. Y no, no es una religión. Es simplemente volver a creer.”
Laura Vila encontró en el Tai Chi una prolongación de su amor por las artes escénicas. La atrajo la conciencia corporal, pero se quedó por todo lo demás: la autoestima, la sanación, la posibilidad de soltar memorias que dolían. “Para mí, el Tai Chi es un renacer”, dice con emoción. Hoy es monitora de Segundo Duan y quiere que otros vivan lo que ella vivió. Por eso enseña, acompaña, multiplica.
Por ejemplo, el sábado después de la semana Santa, el 26 de abril, se celebrará el Día Internacional del Tai Chi en la UIS, en la Perla, a partir de las 9:00 a.m.
Publicidad
Laura insiste en algo que no debería olvidarse: “El Tai Chi es como el amor, uno lo quiere expandir. Estamos rodeados de cosas feas, hace falta el abrazo… y el Tai Chi es eso. Un abrazo.”
ECOTAY no es una escuela como las demás. No tiene muros fijos ni horarios rígidos. Se mueve con el viento y se acomoda al ritmo de sus practicantes. Es una comunidad, un espacio de encuentro, una trinchera contra la prisa. En cada forma, en cada respiración, sus integrantes descubren que lo lento también transforma. Que moverse con intención es una manera de vivir con sentido.
El Sifu lo resume con sabiduría ancestral: “El ser humano ha perdido el rumbo en lo material. Pero estas artes nos ofrecen una oportunidad. Son una práctica de vida. Una misión”.
Y en cada amanecer bumangués donde ECOTAY despliega su danza invisible, esa misión se vuelve visible. Basta con detenerse y mirar. Basta con respirar.
















