Pamplona convoca el XIII Encuentro Nacional de Patrimonio: tres días de debate sobre ciudades vivas y memorias en riesgo, con entrada gratuita e inscripción previa.

Publicado por: Redacción Cultural
Entre el 30 de septiembre y el 2 de octubre, el Hotel Cariongo se convirtió en una especie de ágora moderna: allí confluyeron expertos, académicos, líderes comunitarios, indígenas, afrodescendientes y funcionarios, todos convocados por el XIII Encuentro Nacional de Patrimonio.
Afuera, la ciudad, con su Centro Histórico declarado Bien de Interés Cultural nacional, recordaba a los asistentes que el patrimonio no es solo ruina ni postal: es territorio habitado, cruce de memorias y también escenario de tensiones. Adentro, bajo el lema “Patrimonios en tensión: ciudades vivas, memorias en riesgo”, la conversación fluyó entre las paredes coloniales y los pasillos donde se cruzaban saludos en diversos acentos.
El primer día abrió con un acto de armonización y las palabras de bienvenida de Saia Vergara Jaime, viceministra de los Patrimonios, las Memorias y la Gobernanza Cultural. Pronto, la sala se llenó de preguntas urgentes: ¿Cómo se forja un Patrimonio Mundial en América Latina? ¿De qué manera las comunidades locales negocian el peso de la Unesco con sus propias formas de memoria? Representantes de Icomos Colombia y México, de Crespial y la Universidad de Playa Ancha de Chile tejieron respuestas con experiencias de lugares tan lejanos como cercanos: Salmona, Chiribiquete, la Sierra Nevada. Por la tarde, las voces de Cartagena, Mompox, San Agustín y Tierradentro se mezclaron con tambores y aplausos: allí, la música y la palabra fueron puente entre lo local y lo universal.
El miércoles, la agenda viró hacia las raíces de las ciudades, las fundaciones narradas y silenciadas. Se escucharon relatos de Santa María de La Antigua del Darién, la Hermandad de Jesús Nazareno de Pamplona, campesinos del Catatumbo y Kumpanias gitanas de Girón. El eco de la historia oficial se quebró al paso de la memoria afro, indígena y campesina, y en las mesas de la tarde, cinco, simultáneas y vibrantes, se tejieron discusiones sobre derechos culturales, resignificación de lo colonial, gestión comunitaria y la fuerza de las lenguas como patrimonio vivo. La programación cultural fue bálsamo y celebración.
El jueves, último día, la atmósfera era de urgencia y esperanza. Los paneles giraron en torno a los riesgos y amenazas: el conflicto armado, el cambio climático, el turismo desbordado. Casos de Zacatecas, Valparaíso, Tierradentro y Mompox sirvieron de espejo y advertencia. Luego llegó el turno del patrimonio en la frontera, la memoria en el conflicto, la voz de La Playa de Belén y Ocaña. Pero no fue solo diagnóstico: en un laboratorio participativo se redactaron lineamientos y, en la plenaria final, se selló el “Acuerdo por el Patrimonio Cultural de Colombia”. Como cierre, la música instrumental inundó el Museo de Arte Moderno Ramírez Villamizar, y los asistentes se despidieron entre notas de saxofón y promesas de regreso.
Más allá de la agenda, quedaron flotando los ejes del debate: ¿cómo articular la Convención de la Unesco de 1972 con realidades locales? ¿Cómo gestionar el patrimonio en tiempos de riesgo y cambio? ¿Qué gobernanza puede garantizar que la memoria sea también paz y no solo nostalgia? Al final, una hoja de ruta y un manifiesto sellaron el compromiso: Pamplona fue, por tres días, memoria en movimiento.
La participación en el encuentro fue gratuita y abierta, muestra de que el patrimonio es asunto de todos. El reto, ahora, será que esas voces, diversas, a veces contradictorias, siempre apasionadas, sigan resonando más allá de los muros del hotel, y de los días del encuentro.













