Cultura
Viernes 16 de enero de 2026 - 01:36 PM

El mural que puso a hablar de identidad a un colegio de Bucaramanga

Un mural apareció en la fachada de un colegio de Bucaramanga justo cuando el calendario escolar se apagaba. Lo inesperado fue lo que provocó después: un ejercicio de miradas, retratos y preguntas que terminó convirtiendo la identidad en conversación pública.

El mural que puso a hablar de identidad a un colegio de Bucaramanga. Foto suministrada/VANGUARDIA
El mural que puso a hablar de identidad a un colegio de Bucaramanga. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

La primera señal apareció en un detalle mínimo: dos estudiantes, sentados frente a frente, se miraron como si acabaran de descubrirse por primera vez. No era una clase de artes plásticas, al menos no en el sentido tradicional. Era un taller de retrato en parejas, una de las actividades pedagógicas que acompañaron la pintura de un mural. Cada uno debía dibujar a la persona de enfrente, pero antes había que hablar: preguntarse de dónde venían, si ya se habían visto, si vivían en el mismo barrio, qué tenían en común. Luego, lápiz en mano, el ejercicio obligaba a observar sin apuro: la forma de la cara, los ojos, la tez.

“En ese espejo primero observarse a ellos, luego observar al otro”, cuenta la artista María Fernanda Tarazona. La parte decisiva llegó al final, cuando los retratos se apilaron como un pequeño archivo de rostros: niños y niñas reconociendo, por sí mismos, que la diversidad no es una excepción sino la regla; que había distintos tonos de piel y colores de ojos, y que ninguna característica estaba “por encima” de otra. No fue un discurso impuesto, dice Tarazona: la conclusión se les reveló en el acto de mirar.

Ese momento, tierno y político a la vez, condensa el espíritu del proyecto “Todo se transforma”, una intervención de arte urbano que llevó el tema de la identidad al corazón de un lugar donde esa pregunta suele doler, confundirse y, a veces, volverse urgente: la escuela.

El mural que puso a hablar de identidad a un colegio de Bucaramanga. Foto suministrada/VANGUARDIA
El mural que puso a hablar de identidad a un colegio de Bucaramanga. Foto suministrada/VANGUARDIA

Muralismo y pedagogía

“Todo se transforma” fue uno de los proyectos ganadores de la convocatoria de estímulos “Cree en tu talento 2025”, en la categoría de “arte urbano gráfico individual”. En ese componente, el programa contempla estímulos dirigidos a procesos de creación en técnicas como graffiti, aerografía, muralismo y stencil, entre otras, con tres (3) estímulos para persona natural y un valor de $11.000.000 cada uno.

La propuesta de Tarazona se materializó en un mural de aproximadamente 70 m² y en dos actividades de socialización diseñadas como talleres pedagógicos complementarios. El escenario: una de las fachadas del Colegio Bicentenario de la Independencia, en su sede de primaria (la “sede B”, como la reconoce la comunidad educativa).

El proyecto empezó el 26 de diciembre, trabajó tres días, se suspendió por el cierre de fin de año y se retomó el 5 de enero para avanzar hasta el 9, cuando se cerraron jornadas de pintura y talleres. No es un dato menor: la intervención ocurrió en un “tiempo raro” del calendario escolar, cuando los espacios se vacían y, paradójicamente, se vuelven más disponibles para ser resignificados.

El mural que puso a hablar de identidad a un colegio de Bucaramanga. Foto suministrada/VANGUARDIA
El mural que puso a hablar de identidad a un colegio de Bucaramanga. Foto suministrada/VANGUARDIA

La temática central del mural parte de una idea: la identidad no es un rasgo fijo ni un atributo individual, sino un “proceso en permanente construcción” que se transforma en el encuentro con el otro y con el entorno. Se configura a través de la experiencia, el lenguaje, los vínculos y, sobre todo, de esa “mirada social” que, desde la infancia, empieza a modelar la pregunta: “¿quién soy y cómo quiero ser visto?“, explica Tarazona.

Por eso la escuela: porque es uno de los primeros espacios donde la diversidad se vuelve concreta, inevitable, cotidiana. Allí se confrontan diferencias de acento, barrio, cuerpo, clase, tono de piel, maneras de hablar, de caminar, de existir. Y allí, también, se aprende qué significa pertenecer o quedar por fuera.

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En ese marco, el mural no fue un “embellecimiento” aislado, sino un dispositivo para activar conversación y autoconocimiento. La primera actividad complementaria fue un taller de fanzine llamado “Retrato interior”, pensado como un librillo personal donde los participantes (niños y adolescentes entre 9 y 15 años) exploraban símbolos, emociones y cambios: qué cosas los hacen ser quienes son, qué se ha transformado con el tiempo y qué permanece.

La segunda fue el taller de retrato en parejas: el ejercicio de mirar y ser mirado, de dibujar y ser dibujado. Un rito simple que, en el contexto escolar, puede ser una forma de reeducar la percepción.

El mural que puso a hablar de identidad a un colegio de Bucaramanga. Foto suministrada/VANGUARDIA
El mural que puso a hablar de identidad a un colegio de Bucaramanga. Foto suministrada/VANGUARDIA

Una obra en un corredor visible de ciudad

El mural quedó ubicado en un punto estratégico: “justo al inicio de este sendero peatonal Bosque Encantado”, dice la artista, en una zona de alto tránsito y visibilidad. Ese dato lo ancla a un paisaje urbano con su propia historia: el Parque Metropolitano Bosque Encantado, en el barrio Álvarez, cuenta con varias entradas y se articula con otros espacios del sector Las Américas; es un parque abierto, con senderos, miradores y zonas de encuentro.

Instalar una obra en esta frontera entre colegio, parque y corredor peatonal tiene una potencia particular: además de intervenir un muro, también poner a circular una idea de identidad en un espacio que ya funciona como tránsito, cruce y convivencia. En otras palabras: el concepto del proyecto se parece a su geografía.

La apuesta de Tarazona dialoga con un proceso más amplio: en Bucaramanga, el arte urbano viene ganando presencia y legitimidad en los últimos años, tanto desde colectivos independientes como desde iniciativas institucionales. Un reportaje de Vanguardia describía en 2024 un “movimiento en constante crecimiento” donde los muros “ahora cuentan historias” y el graffiti se convierte en punto de encuentro entre arte y comunidad.

El mural que puso a hablar de identidad a un colegio de Bucaramanga. Foto suministrada/VANGUARDIA
El mural que puso a hablar de identidad a un colegio de Bucaramanga. Foto suministrada/VANGUARDIA

El mismo texto subraya algo clave: el apoyo institucional, logístico y financiero, ha sido parte del impulso reciente del muralismo en la ciudad. Esa tensión entre lo espontáneo y lo institucional marca hoy la conversación sobre cultura urbana: cómo sostener procesos sin desactivar su fuerza crítica, cómo entrar a la escuela sin domesticar el lenguaje de la calle, cómo hacer de un mural algo más que una postal.

Un ejemplo de esa ola es el festival “Pinta la Bonita”, que en su edición de 2024 intervino muros en la Calle de los Estudiantes (Real de Minas) y convirtió el sector en un gran lienzo: se habló de 2.500 metros cuadrados y de la participación de 60 artistas, con intervenciones en muros de cinco colegios públicos.

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En 2023, el mismo festival llevó obras a la fachada de la Cárcel Modelo con un discurso explícito de transformación social, reconciliación y segundas oportunidades.

En ese mapa, “Todo se transforma” enseña a mirar. Pone el énfasis en la identidad como experiencia compartida, y en la infancia como territorio donde esa pregunta se vuelve fundacional.

Redes de mujeres en el arte urbano

Tarazona subraya un componente que a menudo queda por fuera de la crónica muralista: el trabajo en red y el lugar de las mujeres en estas prácticas. Aunque el proyecto es de su autoría, lo realizó con asistencia y acompañamiento de Laura Marcela Belandia, quien firma como Mandala MC: psicóloga, cantante de rap y también muralista. En su lectura, una parte del gesto consistía en reactivar redes colectivas de trabajo de las mujeres dentro del arte urbano, un campo históricamente masculinizado en su visibilidad pública.

El mural, entonces, no solo habla de identidad en la imagen: también la encarna en la manera de producirse, en la alianza, en la colaboración, en la idea de sostenerse entre pares.

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La medida de una obra pública no está en su escala, 70 m², sino en la conversación que deja abierta. Para Tarazona, el mayor logro fue ver cómo los estudiantes llegaban, por su cuenta, a conclusiones sobre diversidad y respeto; cómo el retrato se volvía un espejo doble: hacia adentro y hacia enfrente.

El gesto de llevar esa lectura a la escuela y de convertirla en ejercicio pedagógico sugiere una pregunta de fondo: ¿qué pasaría si el arte urbano dejara de ser solo una intervención estética y se asumiera como una herramienta de formación emocional y ciudadana?

En el Colegio Bicentenario, por lo pronto, ya existe una respuesta pintada y caminable en el inicio de un sendero.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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