Con obras en óleo, acrílico y materiales no convencionales, Carlos Eduardo Rodríguez Carrizosa abre al público una exposición donde la contemplación del mundo natural se convierte en color, forma y emoción.

Publicado por: Redacción Cultural
Antes de que hubiera una sala, un título y 35 obras colgadas bajo una misma apuesta estética, hubo un gesto sencillo, casi doméstico: un ingeniero civil que entró a una galería buscando cuadros para una casa de recreo y salió con una decisión inesperada. Le parecieron demasiado costosos. Entonces pensó que podía pintarlos él mismo. No era un arrebato de vanidad, sino una vieja pulsión que llevaba décadas esperando turno. Mucho antes de esa escena, Carlos Eduardo Rodríguez Carrizosa ya había aprendido a mirar la pintura en silencio, viendo trabajar a su primo, el maestro Jorge Iván Arango, sin atreverse siquiera a pedirle un pincel.
Hoy, esa intuición demorada toma forma en “Naturaleza Emocional”, una exposición que propone un recorrido por paisajes, abstracciones y atmósferas donde la naturaleza deja de ser telón de fondo para convertirse en una experiencia sensible, casi interior. La muestra no solo presenta una serie de obras recientes; también revela el momento en que una vida dedicada a transformar el territorio desde la ingeniería encuentra otra manera de intervenirlo: a través del color, la materia y la emoción.
“Yo realmente llevo muy poco en la pintura”, dice Rodríguez Carrizosa con una mezcla de modestia y asombro. Pero esa afirmación necesita matices. Aunque apenas en el último año retomó de forma rigurosa su trabajo pictórico, su relación con este lenguaje viene de mucho más atrás. “Estuve vinculado a ella desde muy chico porque tenía un primo artista y yo iba con mucha frecuencia a verlo pintar”, recuerda. Ese primo era Jorge Iván Arango, de quien no solo heredó una cercanía con el oficio, sino una comprensión profunda de la pintura como acto emocional. “Yo entendí que todo eran emociones. Él era una persona muy emocional y todo lo que hacía era en base a lo que sentía en presencia de la naturaleza”.
Esa frase parece condensar el espíritu entero de la exposición. En “Naturaleza Emocional”, los paisajes no están ahí para reproducir fielmente un lugar, sino para traducir una vibración. Hay obras de corte más clásico, otras cercanas a una sensibilidad moderna, y también piezas abstractas. Pero todas parten de una misma certeza: la naturaleza no es solo un motivo visual, sino una fuerza que conmueve, altera y organiza la mirada. “La naturaleza le da a uno casi que la base para pintar cualquier obra”, afirma el artista. Y por eso, explica, el nombre de la exposición no es decorativo ni metafórico: responde a la raíz misma de su proceso creativo.
En varias de las piezas reunidas en la muestra hay cielos que parecen respirar, manchas que se expanden como si todavía estuvieran ocurriendo, árboles o montañas que no buscan el parecido exacto sino la intensidad. La naturaleza aparece filtrada por una sensibilidad que no teme deformarla para volverla más verdadera. Una de las obras más elocuentes en ese sentido es “Otra noche estrellada”, nacida de la admiración de Rodríguez Carrizosa por Vincent van Gogh. “Está basada en una admiración por Van Gogh. Él tiene un cuadro que se llama La noche estrellada y este lo bauticé Otra noche estrellada, porque aunque es diferente, es el mismo concepto de la distorsión que él veía en el cielo, de las estrellas y las nubes y la oscuridad”, explica.
La referencia no es menor. En lugar de intentar una cita servil, el artista toma del pintor neerlandés una lección más honda: la de entender el paisaje como un estado del alma. Así, el cielo deja de ser una superficie contemplativa y se convierte en un campo emocional donde la penumbra, el movimiento y el color disputan sentido. Esa voluntad de traducir una impresión afectiva, antes que una escena literal, atraviesa buena parte de la exposición.
Lo singular del caso es que esta pulsión pictórica convivió durante décadas con otra disciplina aparentemente distante. Rodríguez Carrizosa es ingeniero civil y dedicó cerca de 50 años de su vida al ejercicio profesional. Sin embargo, para él no hay una fractura tajante entre un oficio y otro. Por el contrario, encuentra un puente directo entre la ingeniería y la pintura: ambas, a su modo, transforman la naturaleza. “El trabajo de ingeniería es básicamente cambiar el aspecto natural dándole algún ingrediente de creatividad, ya sea del arquitecto o del mismo ingeniero”, afirma.
No se trata de una idea abstracta. En su memoria aparecen proyectos como el Ruitoque Golf Country Club, donde presenció de cerca cómo el paisaje podía ser intervenido, diseñado y reinterpretado. También evoca la experiencia de Luis Arango Restrepo, familiar suyo, creador de Paragüitas y de la hacienda San Luis, un espacio que describe como una suerte de jardín botánico nacido de la imaginación y de una estrecha relación con el entorno. Todo eso fue sedimentando una forma de ver: la naturaleza como materia viva, pero también como escenario de creación.
Publicidad
Aun así, la pintura permaneció durante años en el territorio de lo aplazado. “Yo queriendo pintar, por mis ocupaciones siempre aplazaba ese proyecto”, reconoce. La vida laboral impuso otras prioridades, hasta que aquel episodio en la galería abrió una pequeña grieta. Tomó los pinceles, pintó algunos cuadros para esa casa y volvió a guardar el impulso. El tiempo pasó. La carrera siguió. Y solo después del retiro, ya pensionado, regresó la pregunta decisiva: “¿Qué me voy a poner a hacer si yo solo sé ser ingeniero?”.
La respuesta llegó desde un deseo persistente. “Yo sentía toda la vida una atracción grande por la pintura y fue así como me animé otra vez a sacar los pinceles y los lienzos para arrancar”, dice. Lo que vino después no fue un pasatiempo improvisado, sino un proceso disciplinado de estudio y producción. Rodríguez Carrizosa trabaja con un profesor que lo acompaña los sábados, en un aprendizaje que él mismo asume con seriedad. “En esto hay que estudiar y ser muy juicioso en el aprendizaje, porque si no, no progresamos”, señala.
Ese rigor explica en parte la contundencia de la muestra: 35 obras exhibidas, casi todas realizadas en el último año, a las que se suman otras diez fuera de sala. La cifra impresiona no solo por el volumen, sino por la intensidad del proceso: formatos diversos, búsquedas técnicas distintas y una voluntad permanente de probar. Hay cuadros pequeños, otros de mayor escala, superficies más tradicionales y soportes menos previsibles. Aunque el óleo sobre lienzo domina la exposición, el artista también ha trabajado sobre madera y ha incursionado en el acrílico sobre corcho.
Pero quizá lo más sugestivo de su exploración está en la relación con los materiales. Allí vuelve a asomar el ingeniero, no como un pasado superado, sino como una sensibilidad que encuentra otra salida en el arte. “Toda la vida en mi profesión hice eso de investigar el manejo de materiales y entonces estoy entusiasmado en crear algo de arte con un poco de innovación en el uso de los materiales”, explica. Esa curiosidad se hace visible incluso en piezas pequeñas, como una obra realizada con asfalto. “Aquí hay un cuadrito pequeñito que, por ejemplo, está hecho con asfalto. Es una obra manchada, un paisaje manchado con el asfalto”, cuenta con entusiasmo.
La imagen es potente: un material asociado a la dureza de la infraestructura, al peso de la carretera y la obra civil, transformado aquí en materia pictórica para construir un paisaje. No es solo una ocurrencia técnica; es casi una síntesis biográfica. Como si Rodríguez Carrizosa estuviera tendiendo un puente entre los dos lenguajes que han marcado su vida: el de quien modifica físicamente el territorio y el de quien ahora intenta captar su reverberación emocional.
En ese sentido, “Naturaleza Emocional” puede leerse también como la exposición de una segunda vocación, o mejor, de una vocación que encontró finalmente su tiempo. No hay en estas obras el gesto ansioso de quien quiere demostrar algo a destiempo, sino la serenidad de quien llega a un lenguaje después de haberlo contemplado durante años. La naturaleza que aparece aquí no es solo la del paisaje exterior, sino la de una sensibilidad que maduró despacio, entre planos, jardines, memorias familiares y una admiración antigua por la pintura.
Lo que el público encuentra en esta muestra es, en últimas, el resultado de esa sedimentación: una serie de obras en las que el color no decora, la forma no ilustra y la naturaleza no se limita a ser representada. Todo está atravesado por una emoción que busca cuerpo. Y eso quizá explique la fuerza silenciosa de la exposición: la de alguien que pasó buena parte de su vida construyendo afuera y que ahora, por fin, empezó a pintar desde adentro.















