Dago García, creador de algunas de las producciones más recordadas de Colombia reflexiona sobre la creatividad, la televisión popular, la inteligencia artificial y el país que ha retratado durante más de tres décadas en su nuevo libro, Creatividad y Escritura.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
En este junio atravesado por la fiebre del Mundial, para muchos colombianos es imposible no recordar “La pena máxima”, aquella película escrita por Dago García y Luis Felipe Salamanca, dirigida por Jorge Echeverry, que convirtió un partido de fútbol en una radiografía cruel y divertida del país.
Estrenada en 2001, la cinta sigue a Mariano Concha, un empleado público para quien el fútbol es una forma de delirio. Después de que la Selección Colombia consigue un empate frente a Argentina en Buenos Aires, Mariano decide hacer todo lo posible para asistir al partido de vuelta en Bogotá. En el camino, arriesga su trabajo, su economía doméstica, su matrimonio y hasta su propia tranquilidad. Es una comedia negra sobre la colombianidad, sobre esa manera nuestra de convertir el fútbol en destino, excusa, tragedia y celebración.
Más de dos décadas después, “La pena máxima”, sigue ocupando un lugar especial en la memoria del cine colombiano porque Dago García ha sabido plasmar las historias populares como un juego de espejos de una sociedad. En sus personajes hay humor, torpeza, deseo, frustración, ternura y una verdad reconocible. Éxitos de audiencia y también relatos que se quedaron instalados en la conversación cotidiana del país.
Darío Armando García Granados, conocido como Dago García, es uno de los nombres decisivos del entretenimiento colombiano. Guionista, productor, escritor y docente, ha estado detrás de algunas de las producciones más recordadas de la televisión, el cine y las plataformas digitales en Colombia. Su firma aparece asociada a títulos como Pedro el escamoso, Pecados capitales, La saga, El paseo, La primera vez y claro, La pena máxima, entre muchas otras obras que han dialogado con el país desde sus lenguajes, sus obsesiones y sus contradicciones.
Ahora, con su libro Creatividad y Escritura, García abre una parte de esa caja de herramientas que ha construido durante más de tres décadas de oficio. No lo hace desde la solemnidad de un manual, sino desde la experiencia acumulada entre la escritura, la producción audiovisual y la docencia. En esta conversación habla de cómo nació el libro, de la diferencia entre arte y entretenimiento, del impacto del streaming, de la inteligencia artificial y de dos estrategias que, según él, explican mucho de la cultura colombiana: el olvido y el humor.
En entrevista con Vanguardia, Dago habló con sobre su libro.
¿Qué descubrió sobre la creatividad en todos estos años de carrera que lo motivó a escribir este libro precisamente ahora y no antes?
Realmente no puedo decir que hubo un momento específico en el que se me ocurrió escribir este libro. No fue así. Fue más bien el resultado del último trabajo que hice para Netflix, Cómo perderlo todo, una adaptación de la novela de Ricardo Silva Romero.
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Desde hace casi 30 años he combinado mi actividad profesional con la actividad académica. He sido profesor toda la vida en universidades de Bogotá y también profesor invitado en universidades de otras ciudades. Siempre he tenido la costumbre de reflexionar mucho sobre lo que hago para preparar mis clases. Uso las mismas cosas que hago profesionalmente como material para mis clases y acostumbro escribir pequeños ensayos sobre esos procesos.
Cuando empezamos a escribir Cómo perderlo todo, que hicimos a cuatro manos con Ricardo, hice ese ejercicio: escribí unas memorias sobre el proceso, porque fue muy interesante. Un día le dije: “Oiga, mire, escribí esto sobre lo que hicimos, échele una leída a ver qué piensa”. Él lo leyó y me dijo: “Oiga, eso está muy chévere. ¿Tiene más cosas de esas?”.
Yo tenía algunas, las recopilé y se las mandé. Él se las envió a la editorial, a Penguin, y allá Jairo Patiño, el editor, dijo: “Esto está para hacer un libro”. Ahí surgió todo. Empecé a recopilar muchas de esas cosas que ya había escrito, a darles unidad y estructura. Algunas las escribí nuevas, pero la base ya estaba. No fue un momento de decir: “Voy a hacer un libro”. La idea incluso fue de Ricardo Silva. Yo venía haciendo desde hace mucho tiempo esos ejercicios de reflexión sobre mi oficio.
En el libro analiza historias que han permanecido en el tiempo. Si tuviera que identificar un elemento común entre Pedro el escamoso, El paseo o La primera vez, ¿cuál cree que es esa conexión que sus historias han logrado con el público colombiano?
Creo que hay algo fundamental cuando uno escribe y quiere comunicarse con grandes audiencias: los trabajos deben ser una especie de acto de sinceridad.
La identificación del público pasa porque el público crea en lo que está viendo. Que los personajes y las historias tengan un nivel de verdad. Esa verdad proviene del escritor. En ese sentido, el escritor se parece un poco al actor. El actor le presta su sentimiento, su físico y su sensibilidad a los personajes. Cuando la gente ve una actuación cargada de verdad, la agradece y la aplaude. Y cuando siente que el actor no lo está haciendo bien, se aleja.
A los escritores nos pasa algo parecido. Nosotros tenemos que dividirnos en casi todos los personajes que escribimos, pero sigue siendo un acto de sinceridad. Eso no quiere decir que todas las historias tengan que ser autobiográficas, porque no lo son. Pero si uno logra ser sincero en el papel, si las cosas que escribe y los personajes que diseña tienen ese nivel de verdad, alguien lo va a disfrutar, alguien se va a sentir identificado y se va a conectar.
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Yo sí creo que la materia prima del entretenimiento es la sinceridad. Es el corazón, es la verdad. Eso es algo que he descubierto con el paso de los años: cada vez que invierto parte de mi sensibilidad en algo, normalmente eso termina conectando con alguien.
Durante muchos años, algunos sectores de la crítica han cuestionado lo que llaman televisión popular. ¿Cómo responde a quienes consideran que el entretenimiento que llega a grandes audiencias tiene menos valor cultural?
Ese prejuicio parte de establecer una división antagónica entre entretenimiento y arte.
El entretenimiento, desde su origen, siempre tiene en cuenta al tercero. Tiene en cuenta a ese público que luego va a ver el contenido. En el arte, normalmente, la relación que se respeta es entre el autor y su obra. En el proceso de génesis del arte no necesariamente se tiene en cuenta al otro. Yo no creo que los grandes artistas, cuando están haciendo sus obras, estén pensando: “Esto le va a gustar a alguien” o “esto le va a gustar al público”. No. Es un acto de sinceridad de ellos con su obra.
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El entertainer, en cambio, sí está pensando: “¿Esto le gustará?, ¿esto no le gustará?”. Son dos formas de creatividad. No se puede decir que una sea mejor que la otra. Son formas diferentes y complementarias.
Una sociedad necesita tanto arte y reflexión como entretenimiento. Necesita las dos cosas. La sanidad mental de una sociedad depende de un buen equilibrio entre esas dos formas de expresión.
Desde la perspectiva de la academia y de los intelectuales, hay más afinidad con el mundo del arte, porque se parecen más. Eso ha hecho que una parte de ese sector establezca una relación valorativa entre estas dos formas de expresión y piense que el arte es el deber ser, mientras el entretenimiento es como un mal que deambula por la cultura.
Desde mi perspectiva, esa es una mala interpretación. Son dos formas diferentes y complementarias. No pueden ser antagónicas ni caníbales. La historia de la cultura ha demostrado que ambas son absolutamente necesarias.
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Usted vivió la época de las programadoras, la televisión privada y ahora las plataformas de streaming. ¿Cuál ha sido el cambio más profundo en la manera de contar historias durante esa transición?
Todo esto ha conducido a una especie de hacinamiento de contenido. Hoy hay muchas formas de consumir y muchas formas de relacionarse con el contenido.
La televisión abierta era la que decía cuándo, a qué horas y cuánto contenido se podía consumir por noche. Decía: “El capítulo de la telenovela es de 9:00 a 10:00 y solamente va a ser una hora”. En cambio, la forma de los streamers se parece más al libro: uno puede ver el contenido cuando quiera, donde quiera y en la cantidad que quiera.
Todas estas formas de distribución y consumo han creado un ecosistema donde cada persona hace su propio menú. No creo que alguien diga: “Solo veo plataformas”, “solo veo canales abiertos”, “solo veo cable” o “solo veo YouTube”. Uno mismo arma su mezcla. Puede ver noticias en televisión abierta, fútbol en cable, telenovelas en televisión abierta y series en plataformas.
Lo que sí es cierto es que las narrativas, incluso las de televisión abierta y las telenovelas, han tenido que transformarse por la lucha por la atención. En medio de ese hacinamiento de contenido, lo crítico es capturar y retener la atención. La gente le da muy poca oportunidad a los contenidos. Si empieza a ver algo y en 30 segundos no la captura, cambia.
Eso ha obligado a que la narrativa se vuelva más frenética. Hace 25 años, cuando hacíamos una telenovela, el planteamiento inicial era de 120 episodios. Hoy el planteamiento inicial puede ser de 60, pero con el mismo material con el que antes hacíamos 120. Tienen que pasar más cosas, debe haber más desarrollo de trama, más emociones por capítulo. Esa es una consecuencia de este nuevo paisaje audiovisual. Las narrativas se han vuelto más intensas, más frenéticas y, a veces, más histéricas.
En el libro también se habla de que escribir se puede aprender y perfeccionar. Durante mucho tiempo se pensó que era un talento innato. ¿Cuál es el error más frecuente que encuentra en quienes sueñan con escribir guiones o historias?
Yo creo que todos tenemos una dimensión creativa. A todos se nos ocurren historias. Eso hace parte de la naturaleza humana.
Hay un filósofo israelí, Yuval Harari, que dice que lo que diferencia al ser humano del resto de las especies es que el ser humano es capaz de inventar ficciones narrativas y vivir en ellas. Y es cierto. Siempre estamos inventándonos nuestras propias películas. Decimos que estamos “empeliculados”.
Ahora, hay algunos que tienen un don especial. Yo los llamaría escritores: personas con una habilidad especial para transformar esas historias que ocurren en la cabeza en guiones, dramaturgia o relatos. Hay otros que no tienen esa habilidad innata. Yo los llamaría personas que escriben y que necesitan formación.
Creo que todo el mundo puede escribir. Todo el mundo puede convertir en realidad sus ideas creativas. Algunos lo tendrán más fácil porque tienen cierta habilidad innata. Los que no la tienen necesitan acercarse a herramientas teóricas para lograr los mismos efectos con un poco más de esfuerzo.
Eso es posible. En el libro se explica cómo existen teorías, estructuras, paradigmas y modelos de construcción de historias y personajes que le permiten a quien no tiene esa habilidad tan desarrollada hacer sus propias historias, escribir sus propios guiones y sus propias obras.
El trabajo creativo también pasa por reconocerse: saber si uno es un escritor con habilidades innatas o si es alguien que tiene creatividad, pero necesita herramientas teóricas para convertir en realidad lo que ronda en su cabeza.
Sus historias han conectado mucho con la cultura colombiana. En un momento en el que vemos series de todo el mundo, incluso asiáticas o tailandesas, ¿siente que esa identidad local se puede perder?
No. Yo creo que nos exponemos a otras culturas y a otras formas narrativas, pero eso incluso nos obliga a reafirmarnos en nuestra propia cultura. Los streamers lo tienen muy claro. Cuando encargan un producto, insisten en que necesitan que funcione en el país de origen. Y para que funcione en el país de origen tiene que hablar en las claves del país de origen.
Si uno mira La primera vez, ve que es una serie muy colombiana. Los referentes, los caracteres, las relaciones y los espacios son profundamente locales. Ahí se reafirma esa idea de que el camino más expedito hacia la universalidad es la localidad: hablar desde la pequeña sociedad en la que uno ha vivido.
Nuestro escritor más universal es García Márquez, y él habló de su pueblo en el Caribe. Nuestros directores de cine más universales son Víctor Gaviria, que habla de la Medellín marginal que conoce, y Ciro Guerra, que ha hablado de la Amazonía y de La Guajira. La música colombiana empezó a internacionalizarse a partir de Carlos Vives, que le dio una forma más moderna al vallenato, pero seguía siendo vallenato.
Ante una oferta globalizada, cada vez se hace más urgente que los productos de origen reflejen su sociedad y marquen una diferencia. No creo que el hecho de estar expuestos a contenidos de todo el mundo implique despersonalizar nuestro contenido. Todo lo contrario. El mercado y la competencia demuestran que ese es el camino.
Ahora que se habla tanto de inteligencia artificial y de lo que puede pasar con el trabajo de escritores, diseñadores y creadores, ¿cómo ha visto ese tránsito?
Creo que nadie la tiene clara. Las tecnologías digitales tienen un problema: avanzan a velocidades tan grandes que la reflexión ética, teórica, filosófica y legal siempre se queda retrasada.
Cada día surge una nueva línea de estas tecnologías y nosotros todavía estamos tratando de reflexionar cuatro pueblos atrás, a todo nivel. En este momento, jugar al adivino sobre lo que va a suceder es muy complejo.
Creo que mientras estas tecnologías sigan bajo el dominio del ser humano, mientras las grandes decisiones creativas sigan en manos de los creativos humanos, probablemente serán herramientas que faciliten ciertos procesos.
El problema empieza cuando se delegan en estas tecnologías las decisiones. Todo eso pasa por un asunto de voluntad. Claro que puede ser más fácil delegar decisiones creativas en estas inteligencias, pero si no somos cautos, a la vuelta del tiempo vamos a terminar trabajando para ellas y no ellas para nosotros.
Todo depende de la voluntad y de la actitud que cada uno tenga frente a estas nuevas tecnologías. Desde mi perspectiva, trataré de que las grandes decisiones estén siempre en mi cabeza y en la cabeza de la gente con la que trabajo, y que estas tecnologías tengan un uso puramente instrumental.
Trato de acercarme a ellas con una amable desconfianza. Pero en este momento sacar conclusiones o sentar posiciones firmes es demasiado complejo, porque es algo que está sucediendo. Siento que estamos en un periodo de caos, donde cada día una certeza se cae, cada día aparece una nueva posibilidad y cada día también muere una posibilidad. Es un momento complejo, pero por eso mismo maravilloso en la historia de la cultura audiovisual.
Para finalizar, después de tantos años escribiendo sobre los colombianos y para los colombianos, ¿qué ha aprendido de este país? ¿Hay alguna producción que sienta que conectó especialmente con lo que somos?
Eso es complicado, porque he tenido muchas producciones con una respuesta masiva de la gente: El paseo, Pedro el escamoso, Pecados capitales, La saga, La pena máxima, La primera vez. En teatro, Cepeda en tablas también fue una locura.
Lo que sí puedo decir, después de todo este tiempo, es que los colombianos vivimos una realidad muy compleja, llena de violencias y de cosas a veces no tan agradables. Frente a eso hemos desarrollado dos estrategias de supervivencia.
La primera es el olvido. Nosotros olvidamos muy rápido lo que sucede. Siento que, si estuviéramos recordando todo lo que nos pasa, nos volveríamos locos.
La segunda estrategia es el humor. Creo que los colombianos nos reímos de todo lo que nos pasa también como una medida de supervivencia.
Entonces, olvido y humor son para mí dos estrategias que nos definen como sociedad. Por eso, si uno mira muchas de las cosas que han funcionado en nuestra cultura de entretenimiento, encuentra que están atravesadas por el humor. Incluso cuando hicimos las series sobre narcos, hicimos narcos chistosos: El Cartel, Guadaña, Anestesia, hasta Escobar. Es inevitable que el humor atraviese nuestra cultura, porque si no nos reímos y no olvidamos, nos volvemos locos.
















