Nombrar las cosas es darles importancia. Las palabras nos representan, nos indican lo que somos, muestran de lo que estamos hechos. Hablar y escribir son particularidades del ser humano, no importa si es un hablar descuidado o elucubrado, nuestras palabras dicen más que nosotros mismos. Hice el ejercicio de revisar en el Plan de Desarrollo de Bucaramanga “Bucaramanga avanza segura” que tan importantes son aquellas palabras que tienen que ver con la cultura, pero sobre todo con la lectura y las bibliotecas. A no ser que mi buscador esté dañado, en el Plan la palabra “Biblioteca” aparece 2 veces. Una hace parte del diagnóstico y otra no recuerdo. En el de Barranquilla, por ejemplo, aparece 12 y en Medellín muchas más.
Claro, alguien dirá que esto no es determinante para las inversiones y el desarrollo de esos espacios, pero creo que es al contrario, nombrar es tan importante en la planeación cultural ya que permite entender y visionar las acciones que el Instituto Municipal de Cultura y Turismo de Bucaramanga tiene en ese sentido. El legado del saliente alcalde, deja mucho que desear, las metas propuestas fueron además poco ambiciosas específicamente en este tema y al no ser ni siquiera nombradas es entendible lo que realmente significa para su administración la lectura y las bibliotecas.
Ahora entiendo por qué no sienten que es a través de la lectura que se pueden lograr verdaderas transformaciones. Por ejemplo, hay una meta de realizar en el cuatrienio “17 talleres anuales para fomentar, mejorar y fortalecer las habilidades de lectura, escritura y oralidad en la ciudad de Bucaramanga”. Si, yo también quiero creer que es un error de digitación.

Es incomprensible, además, que la ciudad tenga hoy 1 biblioteca por cada 77.000 habitantes. Es como si ella sola prestara servicios y garantizara el derecho de acceso a la información y la cultura para 3 veces el Américo Montanini a tope. Esta ciudad llegó a tener 20 puntos de lectura o bibliotecas, hoy funcionan 8. Como si fuera poco este déficit, en una ciudad con tantas necesidades de este tipo, la solución de la administración fue reducir puntos de lectura y no siendo suficiente, durante la mitad del mandato estuvo cerrada una biblioteca clave en el centro de la ciudad, la Yolanda Reyes. Es más, en su rimbombante reapertura se les olvidó decir que fue trasladada al segundo piso del Centro Cultural del Oriente y que allí no hay acceso para personas con reducción de movilidad. Dato curioso: de la colección de libros que tenía, inigualables, pensados específicamente para público infantil, hay poco rastro, prácticamente en la biblioteca Yolanda Reyes, no hay libros de Yolanda Reyes. Hay que sumar a este desastre, una evidente reducción en los talleristas que impulsan el programa Leo, casi que una ausencia de interés por motivar realmente la lectura, por articular acciones que vayan más allá de la lúdica.
Decisiones como estas son las que normalizan el que la cultura se sienta como una carga, se piense que es un gasto, que no es un trabajo ser escritor, o pintor o músico, que la creación artística es menor que la educación o que es mejor una vía que un museo o un teatro.
Ahora que lo pienso, de hecho, la biblia lo advierte, dice: “de la abundancia del corazón, habla la boca”, y esto se traduce en que si no se nombran las bibliotecas es que no están en su corazones.














